Desde que el mundo es mundo, la educación, aparte de una disciplina, es un arte que trasciende el conocimiento; su objetivo principal es el de formar seres humanos integrales, personas con la capacidad de pensar de manera crítica y actuar con suma responsabilidad; por ende, no se nos puede escapar un tema que es parte de la realidad que nos rodea, la disciplina y la imposición, dos conceptos que trascendieron la definición de los diccionarios y que, aunque a menudo se confunden, poseen implicaciones muy distintas en la educación.
La disciplina son normas y valores que se enseñan y se aprenden en un ambiente de respeto mutuo, mientras que la imposición se funda en el control autoritario y la dominación.
La disciplina basa sus principios en el #respeto y la confianza; el docente establece normas claras y justas, en las cuales el ambiente de aprendizaje es efectivo, fomenta la responsabilidad personal, le permite al estudiante aprender a autorregularse, tomar decisiones informadas y asumir las consecuencias de sus acciones, cuando el docente, de forma educada y empática, explica la importancia de la puntualidad, está enseñando un valor esencial que marca todo su desarrollo personal y profesional.
Por otro lado, cuando se hace el uso de la imposición, la estrategia más acorde para hacerse notar es el miedo y el control, un docente que elige imponerse y hacer uso de los gritos, los castigos y las amenazas verbales y psicológicas logra tener un orden, pero por un momento dado, desde ahí lo que prevalece en ese ambiente de clases es la hostilidad; en ese entorno no se desarrollan muy eficientemente las habilidades sociales y emocionales; el exceso de gritos y amenazas vuelve al individuo rebelde o desinteresado en el #aprendizaje.
Llevando este punto de vista a la realidad cotidiana, voy a tomarlo desde una realidad vivida el día viernes, y agradezco de cierta forma que ahora en los semáforos colocaran cámaras de seguridad, imaginemos este caso: vamos en el auto, el semáforo de estar en verde cambia a rojo; una persona que actúa bajo la capacidad de actuar de forma consciente y con mucha disciplina se detiene porque entiende que su acción y raciocinio protegen su vida y la vida de los demás, es saber ser decidido cuando de seguridad se trata; este es un caso responsable, acto efectuado cuando se conocen las normas, las causas y las consecuencias de la toma de decisiones en la vialidad.
Cuando este mismo caso se da, pero, en el reverso de la moneda, observamos que la persona que conoce solo de imposición, se detiene únicamente al observar la patrulla de la policía de tránsito ya pisándole los cauchos, cuando no ve autoridades, las normas se rompen y se viola el derecho a la vida en el tránsito.
Espero haber sido clara con dicho ejemplo, regresando al tema educativo, esta distinción forma el destino de la curiosidad del educando, la disciplina es como un tutor curricular y extracurricular se encarga de que el joven o los jóvenes crezcan o se formen, les brinda la estructura y los medios para que ellos mismos busquen su camino; una persona con disciplina no estudia para pasar una materia, estudia y comprende que el saber le otorga libertad, desde aquí es evidente que la imposición es un peso que asfixia, que aunque hace posible que se siga un buen camino no quiere decir que el caminante no esté ya agraviado.
Desde la primera instancia educativa, he observado docentes, que eligen la imposición por encima de la disciplina, no es malo, pero, el resultado es un individuo experto en obediencia, aunque analfabeto en criterios, esto conlleva a una realidad muy frecuente en hogares y salones de clases, cuando la única ley son los gritos, el individuo por instinto aprende a mentir para sobrevivir a los castigos y a las consecuencias de sus actos, al igual que se desconecta emocionalmente para no ser herido. La educación basada en disciplina funciona como el mecanismo interno de un semáforo moral, cuando por cuenta propias el estudiante se integra a la disciplina, no necesita de un oficial llámese docente o padres que vigilen su conducta, su raciocinio lo hace detenerse cuando se amerita para reflexionar (luz roja), cuando hay que ser precavido ante las circunstancias que se presentan (luz amarilla), e incluso cuando puede ser quien es, una persona libre de crear y expresarse (luz verde).
Tengamos en cuenta que la imposición convierte al educando, en un sujeto que solo reacciona ante el estímulo externo, su semáforo se apaga y si no hay autoridades que lo vigilen, tengan por hecho que el caos se apoderara de su comportamiento.
Comprendamos que el trabajo del docente, no es ser el policía de tránsito encargado de sancionar, más bien, es una persona encargada de ayudar, de hacer del educando una persona racional.
Papá, mamá, docente, entendamos que la imposición garantiza un aula en sumo silencio, algo maravilloso en la época actual, pero, razonemos y entendamos que la disciplina es la herramienta que garantiza al ciudadano integro que tanto necesitamos para que sea parte del cambio del mañana; la educación no se trata de domesticar el espíritu, se basa en liberar la consciencia, parece una fantasía, no obstante, al culminar el día, el éxito del docente no se mide por el silencio de su clase cuando está presente, sino por la conducta de sus estudiantes cuando este no está para observarlos.
La lección es significativa cuando el semáforo marca rojo y ellos tienen la determinación de detenerse, no por miedo a la multa, sino por el respeto a la vida y a la convivencia.
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