Regresamos a la rutina, al estar sin tiempo, a administrar minutos, a ignorar a todos para salir temprano de trabajar, el ruido de los autos, el olor a combustible, el ajetreo por llegar temprano y aun así, casi siempre llegamos tarde, quisiera comprender si es que la vida va muy rápido o nosotros queremos vivir las cosas de inmediato, a ustedes en su trabajo les ha pasado que cuando envían un mensaje de texto y no reciben una respuesta en menos de 30 segundos toda su planificación se va al bote de basura, a mí me frustra, llego temprano cumplo con mis actividades asignadas y cuando envío correos es porque el trabajo está listo, necesito que lo verifiquen rápido porque me quiero ir.
Y después de este breve discurso, a veces pasado de intenso, me doy cuenta de que por lo menos yo, vivo apurado, me pregunto: ¿a ustedes les pasa igual?, aprendí a observar cuando todo era extraño para mí, y aprendí que al #observar, detallamos más las cosas que acontecen, las pequeñas interacciones, esas aparentemente insignificantes, son reflejos de una cultura que ha perdido digamos, la intención de esperar, vivimos acelerados porque así lo amerita el contexto, vivimos en el apuro del día a día para ganar tiempo.
Los únicos que viven en una constante espera y se toman la vida con paciencia y calma son las plantas, lo sé porque he investigado y me he propuesto este año hacer un vivero, espero tener la paciencia suficiente para esperar.
Las plantas desde su humilde semilla, pasando por el brote, hasta convertirse en follaje, arbusto o lo que sea que le depare a la semilla, tienen un proceso, lleva desde meses hasta años, incluso décadas cuando se habla de árboles frutales de gran tamaño, su tallo muestra no solo sus historias, sino la paciencia y la resistencia de su proceso para llegar al fin esperado; después de mis vacaciones de Navidad de hablar del descanso, me fijo, que en ocasiones el ser humano es dos personas muy distintas, el que está en casa con la familia es muy diferente al que está en la oficina, que bonito es hablar de procesos de lo enriquecedor que es, pero, en muchas ocasiones ni paciencia tenemos para dejar que el proceso se cumpla, queremos todo al momento en cuestión de un chasquido, y es tanto nuestra obsesión por el tiempo que uno de los ejemplos más observados y probados es el café instantáneo, el cual con el pasar de los años se ha convertido en una respuesta rápida en pro de nuestras relaciones personales, no obstante, se nos olvida que las mejores cosas de la vida requieren tiempo.
Observar, meditar y luego #aprender, en muchas ocasiones a los golpes, para que al final del día o del tiempo pautado, entender que si, el apuro es por perseguir una felicidad efímera no lo vamos a conseguir, la felicidad no se basa en lo rápido o en lo inmediato sino en el esfuerzo, el trabajo previo y el deseo de querer hacer las cosas sin importar el tiempo que se tome; si todo es rápido carece de valor especial, pues la emoción de esperar y trabajar por ello se desvanece.
Está bien poder responder de forma inmediata, eso habla de la eficiencia y la atención de la persona, responder de manera inmediata nos exige ser elementales al igual que superficiales en vez de ser reflexivos y auténticos, en estos últimos dos días descubrí, que el frenesí de la vida acelerada con una tecnología tan avanzada como la actual, hacen que una cita cara a cara, pueda estar controlada por el silencio, no hay palabras, todo es tan rápido, comer, pagar, checar el teléfono y no nos fijamos de la persona que está en frente, no nos detenemos a pensar, sentir o conectar con esa persona, pasamos más tiempo en los teléfonos celulares, en nuestra vida digital, preocupados que al pestañear se pierden milisegundos de información, vivimos en universos ficticios y dejamos pasar enseñanzas, nos perdemos tanto a nosotros por querer ser o imitar a los demás, a tal punto que no recordamos que somos seres humanos con pensamiento y criterio propio.
Vivir la vida apurada, impacta en la salud física y mental, tengo días haciéndome la misma pregunta y aún no logro responderme, ¿si eliminamos la espera de nuestras vidas, qué espacio nos queda para el asombro?, el vacío que solemos sentir en ciertos momentos no es falta de estímulo, es falta de pausa, cuando no hay paranza la vida es como las caricaturas de la actualidad muchos eventos programados, muchos megapíxeles corridos a alta velocidad, programados para no detenerse y esperando respuestas inmediatas que en muchas oportunidades carecen de lógica.
Vamos a pensar, mejor enfoquémonos en esto: si no hay espera no hay reflexión, sin espera perdemos oportunidades maravillosas para disfrutar lo que nos rodea, sin la espera no hay asombro, todo es neutral.
Con esto no les estoy diciendo que deben dejar sus vidas en la era digital o en el metaverso, sino que los quiero invitar a que una vez al mes o cuando puedan, desconéctense del apuro, en vez de levantarnos en la mañana y sacar el café instantáneo, los invito a colocar el agua a hervir en una olla, a desempolvar el colador de la abuela, invitemos a esa persona a la que no vemos todo el tiempo o con la que no podemos casi compartir, pero abrámosle una invitación a disfrutar de la espera de un café caliente bien hecho, a sentarnos a la mesa y olvidar el celular, mirarnos a la cara, pero sobre todo a respirar profundo y entender que por un momento que te detengas no le haces mal a nadie, entender que el silencio y la desconexión es el único lugar donde podemos recuperar el arte de saber esperar.
IMÁGENES USADAS DESDE FREEPIK