La vida de una persona está llena de desafíos, algunos fáciles y otros de alta complejidad, cuando hay situaciones difíciles, la ayuda de una persona sin importar el parentesco puede ser muy importante, casi tanto como un salvavidas cuando se está a punto de ahogarse, pero, hay ocasiones en las que las ausencias de ayuda se convierten en una lección valiosa; las experiencias moldean al hombre o así dice mi jefe, moldea tanto que puede empoderar; seamos francos todos en algún momento consideramos que las personas con las cuales convivimos son buenas porque nos hacen favores, pero basta que nos digan que no, que pasamos de pensar bien de ellos a decir que no sirven como personas, porque preferimos recordar que no nos ayudaron una vez y no recordar las mil veces que nos ayudaron sin pedir algo a cambio.
Creo que en estos últimos meses hemos aprendido o reforzado #aprendizajes pasados, muchos inculcados por mi jefe, partiendo de que son las experiencias las que moldean al ser humano, y apoyamos sus palabras al mirar atrás y ver que los desafíos del trabajo y los momentos de dificultades nos enseñan, a veces a golpes, pero, nos ayuda a darnos cuenta quienes somos y quienes son los demás; reconociendo que en ocasiones tendemos a valorar a las personas por lo que hacen por nosotros y no por quienes son, cuando nos brindan su apoyo sea de forma emocional o práctica atribuimos o consideramos que la persona es muy buena, dicha definición cambia de perspectiva cuando esperamos mucho de alguien y la desilusión nos toca la puerta drásticamente.
El punto de esto, en una reunión de hace días atrás fue reflexionar, y sobre todo aprender, a no caer en la trampa de pensar que la bondad de una persona se mide por su disposición a tendernos la mano cada vez que la necesitamos, porque esto es solo algo superficial y puede ser muy injusto, no podemos enojarnos cuando una persona no puede ayudarnos cuando lo necesitamos, pero, sobre todo, no podemos olvidar la innumerable cantidad de veces que esa persona ha estado ahí para nosotros, el ser humano tiene memoria selectiva, por eso para nadie es extraño que las personas recuerden solo el momento cuando el allegado les fallo, tomando la atribución de catalogarlo como malo o de colocar aprueba su amistad, olvidando por completo apreciar su servicialidad por el apoyo que nos brindó en los momentos pasados, pero no, somos humanos y es más fácil enfocarnos en la falta de ayuda del presente y cuestionar el valor de los seres humanos.
Juzgamos a los demás basándonos en nuestras propias expectativas e incluso en nuestras propias necesidades, cuando alguien no cumple con lo que esperamos, nos sentimos defraudados, tal vez decepcionados o enojados, no obstante, es válido recordar que las personas tienen sus propias luchas y limitaciones, hay que tener presente que tal vez la persona estaba lidiando con sus propios problemas, desafíos o percances y no podía o no tenía la capacidad emocional o física para brindarnos una mano amiga.
Cuando la ayuda se ausenta o se pospone puede doler, pero, dejemos de verla como algo malo, estoy acostumbrada a trabajar sola, a no necesitar de alguien para realizar mi labor, pero, con la conversación de hace unos días, tanto mis compañeros como yo nos dimos cuenta de que cuando no obtenemos la ayuda que pensamos que necesitamos se nos presenta la oportunidad para crecer, esa oportunidad que siempre pedimos más nunca aprovechamos, aprendemos a enfrentar los desafíos por cuenta propia, con miedo, pero con la frente en alto y bien empoderados, es en este punto cuando nos fijamos que la resiliencia es valiosa, nos obliga a buscar soluciones dentro de nosotros para desarrollar habilidades que no sabíamos que teníamos.
Afrontar las adversidades sin ayuda nos empuja a la comprensión, comprendemos a los demás a tal punto de reconocer que las personas tienen su propia carga que llevar y que no siempre van a estar para nosotros cada que nosotros queramos.
Esa vida nuestra está, llena de altibajos, marcada por la existencia humana, es inestable, eso nos obliga a desarrollar una visión empática para fortalecer nuestro vínculo con los demás, el día que aprendemos a reconocer que todos son vulnerables por el simple hecho de ser humanos, aprendemos a valorar el apoyo que recibimos al igual que la necesidad de autonomía, transformamos nuestra vida, aprendemos a crecer de forma integral, nos volvemos recíprocos, pero sobre todo aprendemos a perdonar.
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