Hola, soy , y me apasionan las reflexiones sobre crecimiento personal, naturaleza y autenticidad. Hoy en este hermoso espacio quiero compartir con ustedes una fábula propia que invita a pensar en la soledad elegida y el amor propio.
Espero que les guste y juntos podamos reflexionar en los comentarios. 🌿
Fábula: El Roble y la Enredadera
En el corazón del Bosque de los Vínculos, crecía un Roble anciano y majestuoso. A sus pies, multitud de flores y arbustos vivían entrelazados, compartiendo sus tallos, sus hojas y su sombra. Se cantaban susurros de compañía, y se consideraba la ley del bosque que estar solo era estar incompleto.
Una mañana, una hermosa Enredadera, joven y de hojas brillantes, se acercó al Roble.
—Gran Roble —dijo, trepando con suavidad sobre su primera raíz—. Permíteme abrazarte. Juntos seremos más bellos. Mi verde adornará tu fuerza, y tu altura me llevará hasta el sol. Así es como se vive: unidos.
El Roble, cuyas ramas habían acogido a muchas enredaderas a lo largo de los años, sintió un cansancio antiguo en su corteza. Esta vez, en lugar de asentir, sus hojas susurraron una pregunta:
—¿Y si yo no deseo ser escalado? ¿Y si mi fuerza es para sostenerme a mí mismo, y mi altura, para ver el cielo a mi propio ritmo?
La Enredadera se detuvo, confundida. Las demás plantas del bosque cuchichearon.
—¡Es egoísta! —dijo la Hortensia.
—Teme al amor —afirmó el Jazmín.
—Se marchitará de soledad —concluyó el Rosal.
La Enredadera, herida en su orgullo, insistió:
—¿No temes la soledad? ¿No te angustia la quietud de tus propias raíces, sin nadie con quien compartir la savia?
El Roble se elevó, firme, y su voz fue el sonido del viento pasando por siglos de anillos.
—Yo no estoy solo. Converso con el viento que me acaricia, no m une ata. Me alío con la lluvia que me limpia, no me ahoga. Mis raíces estrechan la mano a la tierra oscura y profunda, en un pacto silencioso que me sostiene. He visto enredaderas que, al apretar demasiado, ahogan el árbol que amaban. He visto flores que, al entrelazarse por no soportar su propia compañía, se roban la luz hasta marchitarse ambas. Mi amor es para este espacio que habito, para este cielo que tomo, para esta soledad que no es vacío, sino plenitud.
La Enredadera, por primera vez, no vio orgullo ni miedo en el Roble. Vio una integridad tan vasta como sus ramas. Lentamente, bajó por su tronco y se dirigió a un muro de piedra cercano.
—Entonces yo también buscaré mi propio muro —dijo—. Quizás un día, cuando ambos seamos completos, nuestras copas se saluden a la distancia, libres, sin necesidad de estrangularse para probar que estamos vivos.
Los cuchicheos del bosque se apagaron. Algunas plantas empezaron a mirar sus propios enredos con nuevas preguntas.
Moraleja:
No confundas la soledad elegida con el vacío impuesto. La relación más duradera y honesta que tendrás es contigo mismo. Quien cultiva su propio territorio interior no teme la quietud; la habita.
Y desde esa plenitud, cualquier vínculo que nazca será por elección, no por necesidad. El amor propio no es el final del camino, sino el suelo firme desde el que todos los demás amores pueden crecer sin ahogarse.
Para reflexionar en comunidad ():
¿Alguna vez te han cuestionado por disfrutar de tu propia compañía?
¿Crees que la sociedad entiende y respeta a quienes, en algún momento de su vida, abogan por la soledad como forma de crecimiento?
¿Pudiera ser el amor propio un requisito para amar bien a otros?
Me encantaría leer sus experiencias y opiniones en los comentarios.
¿Esta fábula resonó con algo en tu vida? 🌿
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