¿Qué tal, comunidad? Espero que se encuentren muy bien. Hoy quiero compartirles una experiencia reciente que viví con mi familia y que me dejó pensando en muchas cosas relacionadas con la educación, el talento, la paciencia y la forma en que acompañamos a los adolescentes en sus procesos.
Hace unos días estábamos celebrando el cumpleaños de un primo. En medio de la comida y las risas, conversaba con mi hermano sobre sus dos hijas, cada una de una relación diferente. Algo que siempre me ha parecido admirable es que, a pesar de eso, las niñas se llevan muy bien entre sí y también con sus madres. Hay una armonía bonita, un cariño genuino que no siempre se ve. Él me contaba sobre las fortalezas y dificultades de ambas en la escuela: una domina muy bien el inglés pero lucha con las matemáticas, mientras que la otra es excelente con los números, aunque el inglés no es lo suyo. Nada fuera de lo común en niñas que están descubriendo sus habilidades.
Mi esposa, que escuchaba la conversación, comentó que yo tengo bastante paciencia y facilidad para explicar —“pedagogía”, dijo ella— y puso como ejemplo a los hijos de mi hermana, a quienes he ayudado varias veces con sus estudios. Justo en ese momento, mi hermana se acercó y me dijo que su hijo mayor, mi sobrino de 14 años, estaba teniendo dificultades con matemáticas e historia. Materias que, siendo honestos, no siempre resultan atractivas para un adolescente. Me pidió que lo ayudara el fin de semana, y por supuesto acepté.
Aquí empieza lo interesante.
Cuando mi sobrino era más pequeño, era extremadamente travieso. Era ese niño que siempre inventaba travesuras y que, de paso, arrastraba a sus hermanos a ellas. Sin embargo, al llegar a la preadolescencia, su comportamiento cambió radicalmente. Se volvió más silencioso, más reservado. No es que se haya aislado de nosotros, pero su forma de ser ha evolucionado. Su hermano menor ahora está entrando a esa etapa y ambos se han vuelto cercanos de nuevo, lo cual me alegra.
Volviendo al estudio: es evidente que mi sobrino no le dedica suficiente esfuerzo a las materias. Y aunque podría juzgarlo, no lo hago; yo también pasé por esa fase en mi adolescencia. Mi papel no es criticarlo, sino orientarlo.
Mi sobrino ama la música y el dibujo. De hecho, lo hace muy bien. En la escuela se unió a una banda donde aprendió a tocar clarinete, pero para mantenerse allí necesita mejorar sus notas. Él ha intentado poner de su parte, pero matemáticas e historia siguen siendo un reto para él.
Cuando nos sentamos a estudiar, noté que no tenía temario y que varios temas que había anotado no aparecían en su cuaderno. Le pregunté por qué no copiaba los contenidos y no supo responderme. Entonces decidí buscar los temas por mi cuenta. Revisé el Baldor y consulté a ChatGPT para asegurarme del orden correcto: eran productos notables. Cuando entendí la secuencia, pude repasar y explicarle varios puntos. Le puse ejercicios, y aunque cometía errores, eran los típicos de falta de práctica. Cualquiera que haya hecho matemáticas sabe que un error pequeño puede dañar todo el resultado final.
Llegamos a un tema que se le hacía especialmente difícil: la división de polinomios. Le pedí que me esperara un minuto mientras buscaba una explicación más sencilla. Me puse a leer la respuesta, y de repente me di cuenta de que él estaba completamente concentrado… dibujando.
No dije nada. Lo dejé terminar.
Cuando mi esposa entró a la habitación, me preguntó cómo íbamos. Le expliqué lo que ya habíamos avanzado y le mostré el dibujo que mi sobrino había hecho mientras yo buscaba la información. Su reacción fue inmediata: “¡Guau, qué hermoso!”. Y realmente lo era. Aproveché el momento para felicitarlo; para mí, aquello era arte en toda regla.
Y ahí entendí algo importante.
Estoy seguro de que mi sobrino no es el único joven con talentos extraordinarios que no siempre encuentran espacio para brillar dentro del sistema educativo tradicional. Muchas veces, la presión de los padres, las exigencias académicas o simplemente la falta de oportunidades hacen que habilidades maravillosas pasen desapercibidas. Qué distinto sería si existieran más espacios donde estos talentos pudieran desarrollarse con libertad, sin entrar en conflicto con las materias convencionales.
Claro, espero que mis explicaciones le hayan servido y que logre pasar matemáticas e historia. Pero más allá de eso, quiero que descubra que su habilidad artística tiene valor. Tal vez aquí no encuentre muchos espacios para cultivarla, pero estoy seguro de que en el mundo sí hay lugares donde ese talento será apreciado, impulsado y reconocido.
A veces, los adolescentes parecen distraídos, desinteresados o desconectados, pero la verdad es que están intentando encontrar el lugar donde encajan. A veces, ese lugar no está en los números, ni en las fechas históricas, sino en un lápiz, un instrumento o una hoja en blanco.
Gracias por leer. Que tengan una hermosa semana y que nunca dejemos de ver —y valorar— el talento que florece en silencio.