No sé por qué me detuve hoy. Fue un momento simple. Estaba haciendo cosas de la casa, avanzando en automático como siempre. Pero algo me hizo mirar por la ventana.
Y ahí lo noté: ya no se ve la montaña.
Esa montaña que veía de niño. Siempre estuvo ahí, como parte del paisaje de mi vida, como una presencia que no se cuestiona. Pero ahora no está. O mejor dicho: la taparon. Levantaron tantos edificios que ya no se ve. Me quedé en silencio. Algo se movió adentro. No era solo nostalgia, era otra cosa. Una pregunta me rondaba: ¿Cuándo pasó esto? ¿Y cómo no lo noté?
Y entonces me hice otra pregunta: ¿Hacia dónde estamos yendo con todo esto?
Porque no es solo la montaña. Es todo. Las cosas cambian, lo sabemos. Pero a veces no nos damos cuenta hasta que algo que amábamos desaparece. Me acordé de las calles cuando era niño, de la música, de cómo se hablaba, de lo que creíamos eterno. Nada de eso es igual. Lo que era correcto, hoy se cuestiona. Lo impensable, hoy es cotidiano. Todo se mueve. Y en ese movimiento, vamos dejando cosas atrás sin mirar.
Como si avanzar significara olvidar.
Pero yo no quiero olvidar esa montaña. Ni lo que me hacía sentir. Y sé que no soy el único. Todos tenemos algo que se ha ido sin despedirse. Tal vez un árbol, una esquina, una canción. Cosas que nos daban identidad sin que lo supiéramos. Y perder eso, aunque sea en silencio, nos cambia.
Quizá esto es parte inevitable de la globalización. Las ciudades crecen, la tecnología avanza, todo va más rápido. Y sí, tiene cosas buenas. Pero me pregunto si estamos evolucionando de verdad, o solo creciendo hacia arriba sin mirar hacia adentro.
Cada vez hay menos verde. Menos aves. Más ruido. Más pantallas. Más prisa. Y a veces siento que nadie se detiene a mirar. O que prefieren no hacerlo, porque mirar incomoda. Obliga a sentir. A hacerse preguntas que no siempre tienen respuesta.
Yo no tengo respuestas. Solo tengo ganas de no olvidar. De mantener viva esa conexión con lo que alguna vez fue. Porque la infancia no solo se construye con personas, también con paisajes. Con olores. Con ese punto lejano en el horizonte que nos decía: "Estás en casa".
Quizá mi generación no vea todo el impacto. O quizá ya lo estamos viendo, sin reconocerlo. Quizás por eso hay tanto cansancio, tanta ansiedad, tanto vacío en medio de tanto avance. Tal vez esa montaña desaparecida sea solo un símbolo. Una forma de decirnos que algo se está perdiendo.
Y sí, me da miedo pensar en lo que viene. No por pánico, sino por respeto. Por conciencia. Porque aún podemos elegir. Aún podemos detenernos un momento. Preguntarnos si hay una forma más humana de avanzar.
No sé si es posible crecer sin hacer daño. Pero quiero creer que sí. Al menos, quiero que empecemos a hacernos la pregunta. Porque si no lo hacemos ahora… ¿qué quedará?
¿Y si un día nuestros hijos miran por la ventana y no ven nada que les recuerde quiénes fueron?
Hoy solo quería compartir esto. Sin forma, sin querer convencer. Solo por si alguien más también extraña una montaña.
O lo que sea que, en su vida, ya no está.
Tal vez no podamos detener el mundo.
Pero sí podemos detenernos nosotros. Mirar. Recordar. Y preguntar.
¿Hacia dónde nos dirigimos?