¡Qué tal comunidad de ! Espero que todos se encuentren muy bien. Hoy quiero compartirles una experiencia distinta, una escapada que hice junto a mi esposa y un grupo de amigos durante una de las fechas más movidas del año en Panamá: el carnaval.
En Panamá, el carnaval es una de las celebraciones más esperadas. Sé que muchos países lo celebran a su manera, cada cultura con su propio sello, pero puedo decir con propiedad que el carnaval panameño es realmente fantástico. Hay reinados, comparsas, vestuarios llenos de brillo y color, música por todas partes, tradiciones que se mantienen vivas generación tras generación y, por supuesto, algo de desenfreno para quienes aprovechan estos días para fiestar intensamente.
Durante muchos años yo también lo celebré de esa forma. No es que ahora me considere viejo ni mucho menos —de hecho, aquí no hay límite de edad para disfrutar el carnaval— pero hace más de diez años decidí vivir estas fechas de otra manera. Cambié las multitudes y las mojaderas por actividades más tranquilas: acampar, ir a la playa, desconectarme un poco de la rutina y aprovechar los días libres para descansar de verdad.
Desde que me casé y nació mi hijo, nuestros planes han sido aún más tranquilos y familiares. Sin embargo, este año decidimos hacer algo diferente. Sin volver necesariamente al bullicio tradicional, quisimos salir de la rutina y organizar un paseo con amistades, como en los viejos tiempos. Así que nos reunimos a investigar opciones que, aunque fuera temporada alta, se ajustaran a un presupuesto razonable.
Fue así como encontramos algo poco común para estas fechas. Cuando pensamos en carnaval, lo primero que viene a la mente es playa, sol, arena y calor intenso. Pero esta vez hicimos todo lo contrario. Descubrimos un lugar más cercano a la ciudad capital, pero ubicado en un área alta, montañosa y bastante fresca por momentos: el hermoso Cerro Azul.
Llegar allí ya fue parte de la experiencia. El cambio de clima, el aire más limpio y la vista rodeada de naturaleza nos hicieron sentir que realmente nos estábamos escapando del caos citadino. Nos hospedamos en una cabaña que parecía sacada de un sueño. Tenía chimenea —algo poco común en un país tropical y húmedo como el nuestro— y una vista espectacular hacia las montañas.
Debo admitir que la chimenea fue uno de los detalles que más me sorprendió. Aunque al final no hizo tanto frío como para encenderla, el simple hecho de estar en un lugar que ofrecía esa posibilidad le daba un toque especial a la experiencia. Era como vivir un pequeño contraste climático en pleno carnaval.
Lo interesante fue que el lugar también tenía piscina, así que, de cierta forma, logramos combinar lo tradicional con lo diferente. Tuvimos momentos de diversión bajo el sol, compartiendo en el agua, pero también espacios más íntimos y relajados: asar algo en grupo, conversar sin prisas, beber moderadamente, tocar guitarra y cantar entre amigos. Esa mezcla fue perfecta.
Hubo algo muy especial en este carnaval distinto. No hubo comparsas ni tarimas gigantes, pero sí risas sinceras. No hubo batallas de agua en la calle, pero sí conversaciones profundas y momentos que realmente nutren el alma. A veces pensamos que la diversión está en lo masivo, en lo ruidoso, pero esta experiencia me recordó que también puede encontrarse en la calma y en la conexión genuina con quienes queremos.
Mientras estaba allí, incluso pensé que ojalá en mis tiempos de hacer vlogs sobre turismo interno hubiera descubierto un lugar así. Sin duda habría sido un destino ideal para recomendar.
Este carnaval diferente me dejó una enseñanza sencilla pero poderosa: no se trata de cómo se celebra, sino de con quién y desde qué intención lo hacemos. Cambiar el escenario no significa perder la esencia; a veces significa encontrar una nueva forma de disfrutarla.
Gracias por leerme, comunidad. Les deseo una excelente semana y que cada uno encuentre su propia manera de vivir y disfrutar sus momentos especiales.