Qué tal comunidad, espero que todos se encuentren bien.
Hoy quiero contarles algo curioso que me pasó ayer en la oficina. De esos momentos en los que el trabajo se pausa un rato y terminamos conversando entre compañeros de cualquier cosa, menos de trabajo. Ya saben, anécdotas, risas y recuerdos que salen sin avisar.
En medio de la conversación, uno de mis compañeros comentó que su primer trabajo había sido en un call center. Apenas lo dijo, me sentí identificado de inmediato, porque ese también fue mi primer empleo. Y como suele pasar, un recuerdo llamó a otro, hasta que terminé contando una anécdota que a más de uno le pareció increíble.
Les conté que por allá en el 2008, en una llamada cualquiera, hubo una conexión bastante particular con la chica que atendí. De alguna forma hicimos “clic”, tanto así que terminamos agregándonos en MSN Messenger (sí, MSN, para los que lo recuerdan). Hablamos varios días y quedamos en salir al cine… y efectivamente salimos. Una de mis compañeras se quedó sorprendida y comentó que hoy en día eso sería impensable, y probablemente hasta motivo de despido por políticas de la empresa. Y la verdad es que tiene razón.
Entre risas y más historias, otra compañera me miró y me preguntó algo que no esperaba: —Oye, pero cuéntame… ¿cómo eran las citas en tus tiempos?
La miré un poco extrañado, pero no me molestó para nada. Más bien, en tono de broma, le pregunté cuántos años creía ella que yo tenía. Ella tiene 26 y yo acabo de cumplir 37. Nos llevamos 11 años. La diferencia no es enorme, pero en experiencias sí se nota. Y lo curioso es que ella realmente quería saber.
Eso me hizo ponerme a pensar y a recordar.
Antes de mi primer trabajo, cuando estaba en el colegio, las citas eran bastante sencillas. Salidas al cine, caminatas por algún parque, sentarse a hablar sin mucha plata en el bolsillo y con horarios bien marcados. Nada de llegar tarde a casa. Recuerdo incluso que llegué a dedicar canciones aprendidas a medias en una guitarra que no sonaba muy bien, pero la intención siempre valía más que la calidad musical. Y créanme, eso se apreciaba.
Ya en la universidad, las cosas no cambiaron demasiado. Las salidas seguían siendo simples, pero más largas. Más conversación, más confianza, menos nervios. No fue hasta que empecé a trabajar que todo empezó a cambiar un poco. Tener un sueldo, aunque no fuera gran cosa, abría la posibilidad de hacer otros planes.
Las salidas nocturnas a bares o discotecas se volvieron más frecuentes, sobre todo con amigos. En pareja, ya era más común planear un fin de semana completo: ir a la playa, a algún resort o simplemente salir de la rutina por unos días. No era nada lujoso, pero se sentía como libertad.
Mientras yo hablaba, ella seguía escuchando con atención. Y en ese momento me cayó una idea que no había pensado antes. Cuando ella estaba saliendo del colegio, seguramente estábamos en plena pandemia. Acá el encierro duró casi dos años, y las salidas en grupo eran muy escasas. Muchos planes se cancelaron, muchas experiencias nunca llegaron a pasar.
Eso marcó un antes y un después para todos, pero especialmente para quienes estaban en una etapa donde descubrir, salir y conocer gente era casi una necesidad. Probablemente perdió años que nosotros dimos por sentados. Y estoy seguro de que para muchos de ustedes que leen esto también fue así.
Al final, me pareció bonito recordar todo eso. Incluso las canciones mal tocadas, que hoy me dan un poco de vergüenza, son recuerdos que valoro mucho. Son cosas que me encantó vivir, porque fueron reales, imperfectas y muy humanas.
Gracias por leerme y espero que tengan un muy lindo fin de semana.