Ese trabajo diario de todos los días, que nunca termina, ¿quién diría que ser padre a veces es tan agotador? Y cuando pensamos que ya están grandes y asimilamos que ya nuestros hijos conocen lo bueno y lo malo, es en este punto donde nuestro trabajo no culmina, más aún cuando se hacen las cosas y, bueno, se sienten muchas emociones y sentimientos, mas no la satisfacción de haber logrado una meta trazada.
Todos, en alguna etapa de nuestras vidas, pasamos por un momento en el cual nos sentimos unos impostores, pero una cosa es sentirlo nosotros y otra cosa es explicársela a nuestros hijos, es que, independientemente de cuán buenos somos, o qué tan bien hagamos las cosas, es inevitable sentirse un impostor, todo esto a raíz de que no nos sentimos meramente suficientes o buenos en lo que hacemos, o pensamos que no somos merecedores de lo que conseguimos, se siente así como si estuviéramos engañando a los demás y tuviéramos miedo de que alguien descubra que en realidad no somos tan buenos como aparentamos.
Mi sobrino trajo a la casa medalla y reconocimiento de taekwondo, todos nos sentimos orgullosos de ese gran logro, fue un combate largo y demostró la preparación que tuvieron todos y cada uno de los participantes, todo quedo fotografiado, los contactos, las posturas, las posiciones, el respeto a la disciplina, no obstante, Luis Carlo en lugar de sentirse orgulloso, piensa que no merece dicho reconocimiento, esto pasa porque tenemos, el mal hábito de compararnos con los demás y creemos que ellos son mejores, de la misma manera ocurre porque tenemos miedo de cometer errores o de no cumplir con las expectativas de los demás, es una sensación persistente en la cual prevalece la duda, dudamos de nuestras habilidades aun sabiendo que somos buenos en lo que hacemos, esta realidad de sentirse el impostor no mira edades y mucho menos rendimiento, afecta a estudiantes y profesionales.
Sentirse como un intruso en tu propio éxito, es parte de este síndrome, este fenómeno psicológico nos convence de que todo lo bueno, que ocurre en nuestras vidas es un golpe de suerte o que nuestros logros son el resultado de la generosidad de otros, no de nuestro arduo esfuerzo; debemos reconocer y comprender que no estamos solos en esta lucha, muchas personas, incluso los adultos, se sienten mentirosos, la palabra se oye fuerte y quizás fea, pero, hay personas famosas que al igual que nosotros, también piensan que no son lo suficientemente buenos en sus trabajos, de aquí parte la realidad de comprender que todos cometemos errores y debemos aprender de ello, sentirse inseguros es parte de la vida, tener miedo es opcional, vivir con él, es lo peor que se puede hacer.
Es momento para hablar de nuestros sentimientos, quizás no con todo el mundo, pero, si en algún momento de nuestras vidas nos sentimos un fraude, es bueno hablarlo con alguien de confianza, explicarle a mi sobrino es un poco difícil, porque es muy distraído, pero créanme que siempre va a existir un amigo, familiar o conocido dispuesto a escucharnos; esa persona estará en sí y nos ayudará a observar la situación de otra forma.
No está mal celebrar cuando se logra una meta trazada; por muy grande o pequeña que sea, celébralo, no con una fiesta para tirar la casa por la ventana, pero celebra y reconoce tu esfuerzo; puede ser una comida, una salida tan anhelada, lo que sea, pero celebra tu logro, porque solo tú, aunque se te olvide, conoces el esfuerzo que conllevó alcanzar este logro. Aprendemos a ser autocompasivos; así como somos amigables con los demás, seámoslo con nosotros, perfectos no somos, errores cometemos y está bien equivocarse, lo malo es repetir el error una y otra vez, dejemos de castigarnos por el hecho de buscar la excelencia, somos momentos en nuestras vidas e instantes en el mundo, sigamos adelante.
No hay que compararse con nadie, por muy buena que sea la otra persona, nuestro trabajo es enfocarnos en nuestra formación, nuestro camino y en lo que en realidad nos hace felices, todos tenemos fortalezas y debilidades en las cuales debemos trabajar para ser mejores.
Todos experimentamos el síndrome del impostor, sin importar la edad, eso no debe definirnos, puede afectar nuestra vida diaria y nuestro bienestar emocional, reconocer que nos sentimos impostores está bien, ello nos fuerza a buscar estrategias para convertirlo en una herramienta eficaz para el crecimiento personal, nunca olvidemos que nuestros logros son el resultado de nuestro esfuerzo y dedicación, por ello debemos disfrutar de ellos, sin importar la carga de la duda.
Hacer las paces con el síndrome del impostor no es borrarlo de nuestras vidas, es reconocerlo como un compañero dificultoso que, aun estando presente, te recuerda que estás creciendo, no tratemos de ocultarlo por completo, sino de aprender a navegar en sus aguas turbulentas con confianza y autenticidad, recordando que tu valor no depende de sus susurros, sino de tu verdad.