Hola amgos de @Holos-Lotus
Conversar con ustedes es un acto liberador. En infinidades de textos he expuesto la grandeza de mi madre, una mujer que, pese a las circunstancias, nos guió por un camino de bien. Su fortaleza fue el faro que iluminó nuestros pasos, su sacrificio fue el costo de nuestras oportunidades.
Pero algo permanece incompleto en este paisaje de amor, algo que no se resuelve con palabras ni con la mera cercanía física.
Hay un vacío tácito, un espacio intangible entre nosotros que se manifiesta en los abrazos no dados, en las caricias contenidas, en las palabras cálidas que se quedan suspendidas en el aire. Y el ser conciente de ello me ha permitido liberarme de prejuicios y sentimientos negativos a la vez que conduzco a mis hermanos a esa liberación.
Pudiera pensarse que, dado que aún estamos aquí, en el plano tierra, ella con su sabiduría callada, nosotros con nuestro amor filial, sería fácil romper ese hielo. Pero no es así. Los años han tejido una red invisible de inhibiciones, un velo de respeto que, paradójicamente, nos distancia a pesar de ser una familia muy unida.
Mis hermanos y yo tenemos límites al demostrar afectos, no nos abrazamos con la naturalidad con que lo hacen sus hijos y los nietos, esos seres pequeños que, libres de ataduras, se arrojan en brazos de la abuela y a nuestros brazos sin calcular la profundidad del gesto porque ellos vienen a romper esos patrones.
Ellos no piensan en el peso de la timidez ni en las barreras afectivas; simplemente aman y son amados sin condiciones. Nosotros, en cambio, cargamos con la herencia silenciosa de una educación donde el cariño se demostraba con actos, no con contacto.
Mi madre, aunque tierna en esencia, lleva consigo ese rasgo de timidez. Es una mujer de gestos medidos, de afecto demostrado en la comida preparada con esmero, en la ropa lavada con paciencia, en el consejo dado con caracter. El gesto más tierno es su mano o su mejilla sobre nuestra piel para saber la intensidad de la fiebre.
Pero sus brazos rara vez se abren por iniciativa propia para abrazar a sus hijos, y cuando lo hacen, hay una rigidez que delata años de contención. Mi hermano menor demuestra celos ante el cariño de mi madre hacia los nietos. Ese cariño le fue necesario a él más que a nadie.
Esto le viene a mi madre de una infancia donde el afecto era un lujo secundario ante la urgencia de sobrevivir. O tal vez de una cultura que enseñó que el amor verdadero no necesita de exhibiciones. El caso es que ese modelo se filtró en nosotros, sus hijos, como un mandato invisible, como quien dice querer no significa tocar.
Y así, somos parte de una paradoja, nos amamos profundamente, pero ese amor no siempre encuentra cauce en el contscto físico. Las barreras no son de indiferencia, sino de algo más complejo, el miedo a vulnerar el espacio sagrado del otro, a romper la intimidad del otro; es temor a pasar la pena.
La timidez aquí es el temor a que, al mostrarnos por completo, descubramos que no sabremos sostenernos en esa nueva intimidad; temor a ser rechazados o parecer falsos.
Pero en los nietos hay una lección. Ellos no han heredado esos candados. Corren, se aferran, ríen sin calcular si su cariño es excesivo. En su espontaneidad, desnudan la verdad que el afecto no necesita permiso para existir. Su libertad es un espejo que nos devuelve la imagen de lo que pudimos ser, o quizá aún podemos ser, si nos atreviéramos a desaprender ciertos patrones.
Al final, el tiempo pasa, como ese río que no puedes retener. Y cada instante perdido en el quizá después es un tesoro que se escurre. Quizá la solución no sea forzar lo que no surge naturalmente, sino empezar por reconocer estos gestos ausentes, nombrarlos como lo hago en esta comunidad para el crecimiento personal, y entonces, tal vez, dar un paso pequeño, enseñando a los más jóvenes el valor de un abrazo.
Las barreras afectivas no se derriban con un golpe, sino con la paciencia de quien aprende, al fin, a caminar sin miedo hacia el otro.
Gracias por visitar mi blog, soy Critica de arte e Investigadora Social, amante de la cocina. Te invito a conocer más de mi, de mi país y de lo que escribo. Texto y fotos de mi propiedad.