El primer aguacero de mayo
Amigos de @holos-Lotus, la vida es tan generosa que nos concede el placer de cumplir ese sueño alguna vez negado: bañarnos en un aguacero.
La tierra anhelaba la lluvia. Las semillas, sedientas, aguardaban el milagro para germinar. Las ciruelas y los mangos, ansiosos, esperaban el toque de la lluvia para madurar, para endulzar su jugo.
Este ** primer aguacero de mayo** no solo sacia la tierra; también es medicina. Un secreto que los jóvenes solo conocen si un anciano les susurra al oído. Mi madre, de 81 años, nos llamó a mis hermanos y a mí para recordarnos: Báñense en la lluvia, beban el agua de mayo.
Dicen que esta agua limpia el cuerpo, la lluvia es un bálsamo para la piel y el alma. Ese fenómeno atmosférico tan común y a la vez tan místico, no solo renueva la tierra, sino que también ofrece beneficios profundos para la piel y purifica el aire que respiramos. Cada gota que cae del cielo es como un susurro de la naturaleza, recordándonos su poder para limpiar, hidratar y revitalizar.
En la piel, el agua de lluvia actúa como un tónico natural. Libre de las impurezas del ambiente, su pureza relativa. Un gran hombre, Francisco Salgado, dijo que el lluvia, la tierra, la luna, el sol no hacen daño y si bien algunos de estos elementos potencian alguna de nuestras enfermedades, no son ellos los que las causan porque la naturaleza brinda el equilibrio perfecto.
Muchas culturas antiguas, como los japoneses recolectan agua de lluvia; en Cuba en la etapa colonial se construían aljibes. Los japoneses la usaban para lavar el rostro, creyendo en sus propiedades rejuvenecedoras. Incluso hoy, caminar bajo una lluvia puede sentirse como un ritual de frescura, donde el estrés se disuelve junto con las gotas que resbalan por el cuerpo.
Para la atmósfera, la lluvia es una bendición, purificadora de la densa capa de humo y polvo. Al caer, arrastra partículas de polvo, polen y contaminantes suspendidos en el aire, dejando tras de sí un aroma a tierra mojada, el petrichor del que le hablé a en un comenrario a su poesia dedicada a la lluvia.
Los científicos atribuyen ese olor a compuestos liberados por las plantas y bacterias, los seres vivos bajo la lluvia nos transformamos en felices y esa felicidad expide aroma.
Este proceso no solo alivia alergias, sino que también devuelve al aire una cualidad casi primitiva, fresca y vivificante. En las ciudades, donde el humo asfixia, un aguacero puede ser la salvación, un respiro para los pulmones y un momento de claridad para el espíritu. Más allá de lo tangible, la lluvia posee una magia, invita a la introspección, a detenernos y sentir; a caminar descalzos.
La bebemos desde pequeños porque ahuyenta parásitos y previene males. En estos meses, cuando la gastroenteritis acecha, el cielo nos regala su remedio. Pero hay que recibirlo con sabiduría: no se debe recoger del techo, donde el polvo la contamina. Hay que poner una vasija ancha, abierta al cielo, y esperar con paciencia a que las gotas caigan, puras, desde las nubes.
El agua de lluvia es distinta: ligera, sin sales, fría como un regalo de la tierra. Y frente a Georgina, mi madre.. ¡Dios los libre de negarse! 😊
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Gracias por visitar mi blog, soy Critica de arte e Investigadora Social, amante de la cocina. Te invito a conocer más de mi, de mi país y de lo que escribo. Texto y fotos de mi propiedad.