Feliz día para mis amigos de @Holos-Lotus
Que maravilla de día para hablar de algo profundamente reconfortante como un gestos de bondad.
Hoy, al abrir mi puerta, me encontré con una bolsa, de esas que solo existen en Cuba, confeccionada con el ingenio y el cariño de nuestras madres y abuelas, hecha de los sacos de nailon que alguna vez llevaron arroz o frijoles. Dentro había mangas blancas, pequeños mangos lustrosos y dulces, regalados por mi vecina.
Ese simple detalle me hizo reflexionar sobre la belleza de recibir. A menudo, quienes tenemos la posibilidad de dar nos acostumbramos a ser los proveedores, creyendo que la generosidad es un acto unilateral.
Sin embargo, hay una humildad y una lección profunda en aceptar lo que otros nos ofrecen, por pequeño que sea. La bondad no se mide por la abundancia material, sino por la intención pura detrás del gesto: un desapego genuino y un deseo de compartir, aunque lo que se tenga sea poco.
Ella es dueña de la mata de mangos que veo cada día por mi ventana, cuyos frutos son inalcanzables.
Recuerdo a unos jóvenes vecinos, padres amorosos que criaban a sus hijos con sabiduría y paciencia. Un día, quizás movidos por la gratitud ante los dulces o frutas que yo les llevaba, me regalaron pan recién horneado. Lleva para varios días, me dijeron, entregándome más de lo que hubiera creido.
En ese momento, comprendí que al recibir, permitimos que otros experimenten la alegría de dar. Ellos me enseñaron una verdad que aún guardo: Siempre que das, el Señor te lo devuelve. No se trata de un cálculo, sino de un flujo natural de generosidad que nos enriquece a todos.
Cultivar la generosidad es un acto de rebeldía y esperanza. Es como liberar la paloma alojada en el pecho. Pequeñas acciones diarias como sonreír, compartir, ayudar, construyen un entorno más compasivo. Como dijo San Francisco de Asís: Es dando que recibimos.
La generosidad es uno de los valores más nobles que puede practicar el ser humano, pues no solo beneficia a quien recibe, sino que también enriquece a quien da. Consiste en compartir lo que tenemos, ya sea tiempo, recursos, afecto o conocimientos, sin esperar nada a cambio. Una persona generosa no actúa por interés, sino por genuino deseo de ayudar y hacer el bien.
Este valor tiene el poder de transformar realidades, lo veo siempre que ofrezco algo a los ancianos de mi barrio. Un pequeño gesto, como donar ropa a quien la necesita o escuchar sobre sus dolores, puede marcar una gran diferencia. La generosidad crea lazos de solidaridad y fortalece las comunidades, recordándonos que todos somos parte de ella.
A mi me trae felicidad y satisfacción dar a otros. La verdadera generosidad no tiene medida; su impacto perdura en el tiempo y siembra semillas de bondad en el corazón de los demás.
Aprender a recibir es también un acto de amor. Nos conecta, nos humaniza y nos recuerda que todos, en algún momento, necesitamos tanto dar como aceptar.
Hoy, esos mangos no solo endulzaron mi tarde, sino que me han regalado una lección: la bondad es un círculo que se cierra con gratitud. Y aunque esta vez no pueda invitarlos a un jugo, los invito a disfrutar la vida como solo un cubano sabe: con sencillez, con alegría y, si hace falta, chupando hasta la última gota de dulzura de la semilla.
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Gracias por visitar mi blog, soy Critica de arte e Investigadora Social, amante de la cocina. Te invito a conocer más de mi, de mi país y de lo que escribo. Texto y fotos de mi propiedad.