Estoy henchida de júbilo amigos de @Holos-Lotus. Esta Iniciativa #5, en Las Cosas de Iris me ha hecho inmensamente feliz porque al leer las confesiones de 28 participantes, descubrí que no soy la única habitada por esos duendes traviesos.
No pretendo que todos vean el asunto desde mi perspectiva. Para mi son pequeños seres invisibles que aparecen en los momentos menos oportunos, deciden tomar el control y convertir nuestras vida en una comedia absurda.
Durante años crei ser dueña de una mente equilibrada, de lógica impecable. Sin embargo con bastante frecuencia mi mente se rige por impulsos inesperados. Por ejemplo si se organiza un brindis yo no tengo paciencia para esperar a la hora señalada para probar el pastel, beber vino o tomar una aceituna. Mis amigas hacen de este tema todo un simposio
Al escuchar las anécdotas de los demás, entiendo que no estoy sola. Que, en realidad, todos llevamos dentro a esos duendes que nos hacen tropezar, decir lo que no debemos y, en mi caso particular, hacer cosas impensables.
Mis amigas de la universidad, cómplices y testigos de mis desventuras, solían reírse conmigo, o de mí, cada vez que el duende de los desatinos hacía de las suyas.
Recuerdo con especial cariño aquellas mañanas en las que llegaba tarde a clase porque las esperaba a que desayunaran, se maquillaran y al momento de bajar las escaleras ellas lo hacían como si volarán mientras yo lo hacía un escalón a la vez. Un día la profesora de Redacción me dijo pues no las esperes porque eres tu quien no tiene derecho a examen.
Pero entre todas mis anécdotas, hay una que se destaca por su nivel de absurdo y por el silencio cómplice que la rodeó durante años.
Fue durante un viaje al pueblo del Cobre, en el Oriente de Cuba. Íbamos con un grupo de amigas a visitar el Santuario de la Virgen de la Caridad, Patrona de la isla. La idea era llegar temprano, pasar el día en el pueblo y entrar a la iglesia con devoción y recogimiento. Pero, como suele ocurrir, la realidad tuvo otros designios.
Llegamos en el primer ómnibus de la mañana y, al bajar, descubrimos que el pueblo aún dormía. Las puertas de la iglesia estaban cerradas, y el sol ya empezaba a calentar con esa intensidad caribeña que hace sudar hasta a las piedras. Fue entonces cuando vimos el termo gigante de cerveza, puesto allí como una tentación divina, o diabólica, según se vea.
Dicen que al Cobre llega primero la cerveza que la leche, comentó alguien del pueblo y todas soltamos una risa. Por una casualidad del destino, una de mis amigas llevaba una botella de agua vacía. La llenamos de cerveza y, en un acto de hermandad, pasamos la botella de mano en mano, riendo como si no hubiera un mañana. La bebida estaba fría, el día era caluroso, y nuestra sed parecía insaciable. Recuerdo que decíamos ya, la última. Una ronda, otra, y otra más.
Para cuando llegó la hora de entrar a la iglesia, ya no éramos unas devotas peregrinas, sino un grupo de universitarias mareadas, con risitas reprimidas y una devoción que, en lugar de dirigirse a la Virgen, parecía enfocarse en encontrar un tesoro.
El regreso fue el verdadero desastre. Subimos al último ómnibus, el pasillo estaba abarrotado de gente, y el trayecto prometía ser largo, al menos dos horas de curvas y baches.
Fue entonces cuando mi cuerpo, gobernado por ese duende travieso que parece especializarse en humillaciones públicas, decidió que ya era hora de orinar. Intenté aguantar. Apreté los músculos con todas mis fuerzas, pero el duende en cuestión, dueño absoluto de mi esfínter, tomó una decisión unilateral.
No puedo más, pensé, y en ese instante, como en esos sueños donde uno se orina sin consecuencias, sentí un alivio placentero.
Claro, en los sueños no hay consecuencias. En la vida real, sí. Y es humillantes hacer ciertas cosas en público.
Me deslicé hacia el fondo del ómnibus, tratando de disimular, pero unos segundos después, miré hacia atrás y vi el río avanzando por el pasillo, como si buscara su manantial. Mis amigas, pálidas, me miraban con una expresión que decía: ¿En serio?.
Nadie dijo nada. Ni ese día, ni nunca. Fue el único incidente que mis amigas, normalmente tan dicharacheras, decidieron guardar en el cajón del silencio. Quizás por pena, quizás por lealtad. O tal vez porque, en el fondo, entendieron que incluso los duendes necesitan su momento de gloria.
Hoy, años después, puedo reírme de aquel día. Porque esos duendes cerebrales, aunque a veces me avergüenzan, también son los responsables de mis historias más memorables. Me niego a verlos como un problema físico o de comportamiento. Sin ellos, mi vida sería ordenada, predecible… y aburridísima
Pixabay
Así que, si alguna vez te encuentras en una situación ridícula, recuerda, no estás solo. En algún lugar, hay alguien más que también ha sido traicionado por su propio cerebro. Y si tienes suerte, como yo, hasta tendrás amigos que, aunque no lo digan, te querrán igual. .
Bueno aquí les presento a los 28 participantes:
Estos son los textos con que el jurado creyó conveniente nominar:
@roswelborges/que-pingueinito-tan-lindo-or
@charjaim/hay-que-espantar-los-duendes
@neuropoeta/la-ciencia-del-despiste-y
@zorili91/esp-eng-iniciativa-5-duende
@ernestopg/si-encuentran-a-estos-duendes
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Primer Premio 🏅
: 5 hive y 300 Puntos Ecency
Segundo Premio 🎖
: delegación de 100 HP por 15 días.
Se entrega
: 75 Puntos Ecency
: 75 Puntos Ecency
: 75 Puntos Ecency
Gracias a ,
y
por sus aportes para la premiación.
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Gracias por visitar mi blog, soy Critica de arte e Investigadora Social, amante de la cocina. Te invito a conocer más de mi, de mi país y de lo que escribo. Texto de mi propiedad y fotos de Pixabay.