Un abrazo para mis amigos hivers, que este año que recién comienza les traiga vías para el autoconocimiento. @Holos&Lotus nos acompaña.
Muchos aspectos me traen inquietud, pero un detalle que me sobresalta es el ruido. Soy más sensible a lo que escucho que a lo que veo o palpo.
Quizás o
puedan descifrarlo desde sus posiciones científicas, pero desde mi percepción, la intolerancia al ruido es una reacción fisiológica y emocional donde sonidos específicos como hablar alto y constante, un claxón, un golpe, un grito, llanto, motos y sirenas o ruidos ambientales repetitivos, desencadenan una respuesta inmediata de sobresalto.
Estas reacciones no llegan a la irritación, ansiedad o ira, pero si me incomodan.
Quizás tenga que ver con la falta de educación y cultura comunitaria y no precisamente con mi salud mental.
En este aspecto muchos paises desarrollados tienen un equilibrio social donde hay leyes para el que infrinja cualquier situación incomoda en la comunidad.
Los vecinos se ocupan de aplicar esas leyes, quien sobrepase el nivel permisible del volumen de la música, hora y dia para festejar o provoque ruidos injustificados, es penado.
En nuestras comunidades donde los servicios públicos y del orden están en crisis, suceden acontecimientos que activan ese mecanismo de respuesta natural.
Esta reacción va mucho más allá de lo normal; es como si el sistema de alarma del cerebro estuviera calibrado a una sensibilidad extrema, interpretando estos estímulos auditivos como amenazas directas.
La reacción no es voluntaria. Yo salto ante un sonido inesperado, con un aumento brusco del ritmo cardíaco, tensión muscular y una descarga de adrenalina típica del miedo. Este sobresalto da paso a la desconcentración, el pensamiento se nubla y una necesidad imperiosa de hacer cesar el ruido toma el control.
El cuerpo permanece en un estado de vigilancia y tensión, anticipando el siguiente detonante. El impacto es devastador para la vida cotidiana. A veces me digo: solo son jóvenes conversando pero de pronto uno estalla en ira o risa y yo salto.
Esta condición es cuestión de sensibilidad, una forma en que el sistema nervioso procesa ciertos sonidos, asociándolos con peligro. Siempre me llamó la atención como mi hermana después de dar a luz a su primera hija, reaccionaba con saltos y la mano en el pecho a cada sonido intenso.
Las personas parecen no comprender este pormenor, solo entienden si emigran y las leyes las sancionan. Incluso, algunos que regresan a la isla, hacen lo que en su nueva vecindad no le es permitido.
Las sociedades implantan leyes de ruido para equilibrar la libertad individual con el bienestar colectivo. Estas normativas, como ordenanzas municipales, definen horarios, niveles máximos permitidos y zonas de sensibilidad acústica como hospitales, escuelas y residencias.
Su objetivo es prevenir la contaminación sonora, proteger la salud pública, evitando estrés, trastornos del sueño o pérdida auditiva, y garantizar la convivencia. La efectividad depende de educación social, mecanismos de denuncia accesibles y sanciones si no hay otra alternativa.
Comprenderlo como una reacción neurológica involuntaria es el primer paso hacia la empatía y la búsqueda de estrategias para navegar un mundo que suena demasiado fuerte.
Gracias por visitar mi blog. Soy crítica de arte, investigadora social y amante de la cocina. Te invito a conocer más de mí, de mi país y de mis letras. Texto de mi propiedad.
My sensitive being sets off alarms
A hug to my Hiver friends. May this newly begun year bring you paths to self-knowledge. @Holos&Lotus accompanies us.
Many aspects bring me unease, but one detail that startles me is noise. I am more sensitive to what I hear than to what I see or touch.
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Perhaps or
can decipher it from their scientific positions, but from my perception, noise intolerance is a physiological and emotional reaction where specific sounds like loud and constant talking, a car horn, a bang, a scream, crying, motorcycles and sirens, or repetitive environmental noises trigger an immediate startle response.
These reactions don't reach the point of irritation, anxiety, or anger, but they do make me uncomfortable.
Perhaps it has to do with a lack of education and community culture,and not precisely with my mental health.
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In this regard, many developed countries have a social balance where there are laws for those who infringe upon any uncomfortable situation in the community.
Neighbors take care of enforcing those laws;whoever exceeds the permissible level of music volume, the time and day for celebrating, or causes unjustified noise is penalized.
In our communities where public services and law enforcement are in crisis, events occur that activate this natural response mechanism.
This reaction goes far beyond normal; it's as if the brain's alarm system were calibrated to an extreme sensitivity, interpreting these auditory stimuli as direct threats.
The reaction is not voluntary. I jump at an unexpected sound, with a sudden increase in heart rate, muscle tension, and an adrenaline discharge typical of fear. This startle gives way to a loss of concentration, thoughts become clouded, and an imperative need to stop the noise takes control.
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The body remains in a state of vigilance and tension, anticipating the next trigger. The impact is devastating for daily life. Sometimes I tell myself: they're just young people talking, but suddenly one bursts out in anger or laughter and I jump.
This condition is a matter of sensitivity, a way in which the nervous system processes certain sounds, associating them with danger. It always caught my attention how my sister, after giving birth to her first daughter, would react by jumping and placing her hand on her chest with every intense sound.
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People don't seem to understand this detail; they only understand if they emigrate and the laws penalize them. Some even return to the island and do what is not permitted in their new neighborhood.
Societies implement noise laws to balance individual freedom with collective well-being. These regulations, such as municipal ordinances, define schedules, maximum permitted levels, and areas of acoustic sensitivity like hospitals, schools, and residences.
Their goal is to prevent noise pollution, protect public health by avoiding stress, sleep disorders, or hearing loss, and guarantee coexistence. Their effectiveness depends on social education, accessible reporting mechanisms, and sanctions if there is no other alternative.
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Understanding it as an involuntary neurological reaction is the first step towards empathy and the search for strategies to navigate a world that sounds too loud.
Thank you for visiting my blog. I am an art critic, social researcher, and lover of cuisine. I invite you to learn more about me, my country, and my writing. Text of my ownership.