Saludos. En alguna de mis publicaciones anteriores les he comentado que a finales del año pasado mi familia fue bendecida con el nacimiento de una nueva integrante. El acontecimiento es significativo porque antes de esta última generación habían pasado más de treinta años sin que llegara otro miembro a engrandecer nuestra familia.
Desde que nació la niña su presencia ha constituido una fuerte motivación para incrementar las visitas familiares, así que mi esposa y yo no perdemos oportunidad de ir a visitar a mi cuñada( la abuela), a su hija (la madre de la niña), y a la niña. Aprovechando la cercanía de nuestros hogares casi todas las tardes nos vamos de visita y pasamos un rato en esa grata compañía que siempre contribuye a levantar el ánimo.
Como es de esperar el contenido de nuestras conversaciones ahora siempre apunta a temas relacionados con el cuidado del bebé, a lo importante que es prestarle atención a cada uno de los aspectos de la crianza. Mi sobrina, como madre primeriza, siempre se entusiasma con esas conversaciones donde los más experimentados vamos dejando un conjunto de anécdotas de las vivencias que tuvimos cuando nuestros niños estaban pequeños.
Muchos son los temas que van surgiendo en estas animadas charlas, algunos más profundos y otros más relacionados con cuestiones de la cotidianidad.
En estos días surgió el tema de las cosas que los padres le decimos a los hijos, de esas palabras que a veces dejamos salir de manera ligera sin tener clara conciencia que el niño las escucha, que les da algún significado acorde con su edad, y que probablemente quedan por allí sembradas en algún lugar de su inconsciente.
Una de las cuñadas ponía el ejemplo de una amiga suya, una señora de unos sesenta años. Una vez cuando estaban conversando mi cuñada y esa señora de pronto esta última hizo un alto en la conversación, se quedó como mirando al horizonte y empezó a comentarle de una escena que vivió cuando tenía algunos seis años…
Estaba la niña comiendo un helado con su padre en un sitio público, alguna plaza o un parque. De repente comenzó a soplar una fuerte brisa, la niña estaba concentrada en su helado, como es normal en esa edad, y no se percataba de nada de lo demás. De pronto la brisa levantó la falda de la niña y dejó ver su ropa interior. Claro que la niña no le prestó atención a ese detalle, que puede pasar con mucha frecuencia y que podría tener mucho de intrascendente. Pero el padre de la criatura si reparó en el hecho.
Contaba la señora, todavía con pesar en sus palabras, que su padre en aquel momento le lanzó una mirada aterradora, al ver la mirada ella se asustó mucho. Pero no fue suficiente con eso, acto seguido el padre comenzó a insultarla, diciéndole de viva voz todas las barbaridades que le pasaban por la cabeza, mientras aquello ocurría la niña no dejaba de llorar, sin entender lo que estaba pasando.
Luego de más de cincuenta años de aquel acontecimiento esa señora amiga de mi cuñada recuerda con precisión cada una de las palabras que le dijo su padre, la mayoría sin claro significado para una niña de seis años, pero todas pronunciadas con la intención de descalificar y hacer sentir culpabilidad. Ese mal recuerdo ha permanecido vivo produciendo incomodidad y probablemente mucho daño en la persona que lo vivió.
Aquella anécdota nos dejó a todos reflexionando un buen rato. Alguno comentaba sobre lo impresionante que resulta que esas cosas todavía sigan pasando. En mi comunidad, por ejemplo, hay muchas mujeres jóvenes que tienen niños pequeños y siempre me impresiona la cantidad de palabras hirientes y dañinas que les dirigen de la manera más espontánea y natural. Sin detenerse a pensar en el efecto que aquellas palabras pueda estar causando en ese ser indefenso.
Pienso que ese es un tema que debería discutirse mucho en nuestras escuelas, la importancia de cuidar lo que decimos. Si hubiese clara conciencia del daño que una palabra inapropiada puede tener seguramente que muchos dejarían de usarlas, sobre todo los padres, que tienen la delicada misión de orientar a sus hijos.
Gracias por tu tiempo.
Greetings. In one of my previous posts, I mentioned that at the end of last year, my family was blessed with the birth of a new member. This is a significant event because, prior to this latest addition, more than thirty years had passed without another member joining our family.
Since the baby was born, her presence has been a strong motivation to increase our family visits, so my wife and I never miss an opportunity to visit my sister-in-law, her daughter (the baby’s mother), and the baby. Taking advantage of the proximity of our homes, we go to visit almost every afternoon and spend some time in that pleasant company, which always helps lift our spirits.
As you might expect, the topics of our conversations now always revolve around baby care and how important it is to pay attention to every aspect of raising a child. My niece, as a first-time mother, is always excited by these conversations, where we more experienced parents share stories from our own experiences when our children were small.
Many topics come up in these lively chats, some more profound and others more related to everyday matters.
Recently, the topic of the things we parents say to our children came up—those words we sometimes let slip offhand without fully realizing that the child is listening, that they assign some meaning to them based on their age, and that they likely remain planted somewhere in their subconscious.
One of my sisters-in-law gave the example of a friend of hers, a woman in her sixties. Once, when my sister-in-law and this woman were talking, the woman suddenly paused in the conversation, stared off into the distance, and began telling her about a scene she experienced when she was about six years old…
The little girl was eating ice cream with her father in a public place, a square or a park. Suddenly a strong breeze began to blow; the girl was focused on her ice cream, as is normal at that age, and wasn’t aware of anything else. Suddenly, the breeze lifted the girl’s skirt, revealing her underwear. Of course, the girl didn’t pay any attention to that detail—something that happens quite often and could be considered trivial. But the child’s father did notice it.
The woman recounted, still with a note of sorrow in her voice, that her father gave her a terrifying look at that moment; when she saw his gaze, she was very frightened. But that wasn’t enough; immediately afterward, her father began to insult her, shouting at the top of his lungs all the horrible things that came to mind, while the little girl couldn’t stop crying.
More than fifty years after that event, my sister-in-law’s friend remembers precisely every word her father said to her—most of them without clear meaning to a six-year-old girl, but all spoken with the intent to belittle her and make her feel guilty. That painful memory has remained vivid, causing discomfort and likely a great deal of harm to the person who experienced it.
That story left us all reflecting for quite a while. Some commented on how shocking it is that such things still happen. In my community, for example, there are many young women with small children, and I’m always struck by the number of hurtful and damaging words directed at them in the most spontaneous and natural way. Without pausing to consider the effect those words might be having on that defenseless child.
I think this is an issue that should be discussed extensively in our schools—the importance of being mindful of what we say. If there were a clear awareness of the harm that an inappropriate word can cause, surely many would stop using them, especially parents, who have the delicate task of guiding their children.
Thank you for your time.
Translated with DeepL.com (free version).
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