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Hay una palabra que se oye mucho cuando se habla de personas que sobrevivieron a grandes guerras, dictaduras o desastres naturales. Esa palabra es resiliencia, la capacidad de afrontar los desafíos que nos pone la vida. También solemos llamar a esas personas resilientes «sobrevivientes» e incluso las llamamos héroes y heroínas; les entregamos medallas porque aguantaron lo que otros nunca aguantaron. Porque sacaron fuerzas de donde no tenían para seguir adelante, aunque el mundo les decía una y otra vez que se rindieran.
Admiramos a esas personas porque nos gusta imaginarnos que, si nos viésemos en una situación similar, podríamos salir adelante como ellos. Sin embargo, existe una verdad desagradable que la gente no suele mencionar: ninguna resiliencia es eterna. Todos tenemos un punto de quiebre.
No voy a hablarles desde la perspectiva de alguien que vivió una guerra, que fue un preso político o que formó parte de un grupo de resistencia. Voy a hablarles de la otra resiliencia: la que no acapara medios de comunicación, la que no tiene héroes visibles; de la que no se escriben libros ni se hacen doctorados. La resiliencia de las personas como yo, que viven en precariedad, que se levantan todas las mañanas para trabajar teniendo un dolor crónico en la espalda y migrañas; que no pueden ir al médico y hacerse exámenes porque a duras penas les alcanza para pagar la comida y los servicios públicos.
Me gustaría que te detengas por un momento y pienses lo que significa sentir un cuchillo atravesándote la espalda casi a diario. En sentir que tu cabeza va a explotar en cada momento. En lo difícil que es pensar, trabajar, dormir y hacer cualquier cosa teniendo ese dolor producto de la escoliosis, y en saber que necesitas una cirugía y un tratamiento a largo plazo que nunca podrás pagar porque naciste en Venezuela y no tienes la energía, ni la fuerza, ni los contactos para marcharte de allí.
Y no hay nadie que te ayude. Porque los otros miembros de tu familia también están en la misma situación que tú: enfermos, endeudados, buscando ganarse el pan de cada día, sin poder solucionar ninguno de los problemas que los aquejan. Y tienes que guardar silencio, sufrir en silencio y llorar en silencio sabiendo que estás solo. Que tu única ventana al mundo fuera de tu familia es el internet, el cual necesitas para trabajar a distancia y ganar en divisas que valen más que la moneda de tu país, pero que nunca te alcanzan para todas las cosas que necesitas.
Y tienes que tomar decisiones difíciles. ¿Me gasto el dinero en el mercado o lo hago en los medicamentos para el dolor? ¿Me compro un par de zapatos nuevos porque los que tengo se me caen a pedazos o ahorro para la consulta médica? ¿Ayudo a mi mamá a pagar el condominio o ahorro para pagarme un celular que necesito para trabajar? ¿compro las verduras en oferta que no se ven tan bien o compro las se ven mejor, pero están caras?
Con cada elección que haces, sabes que vas a perder algo. Los zapatos que no compraste hicieron que tus pies se llenaran de ampollas por los constantes roces. El condominio en el que no ayudaste lo aumentaron en un tercio al siguiente mes por demorarte en pagarlo. La comida barata que compraste para poder ahorrar se dañó debido a los apagones o porque no estaba en muy buen estado cuando la compraste.
Y finalmente llega ese día. El día en el que tanto dolor y miseria estallan y simplemente te dices a ti mismo: ya no puedo más.
Ese día llegó en plena pandemia de covid, cuando me enfermé mientras estaba de visita en la casa de mi tía. Mi tía se había ido de viaje a visitar a otra de mis tías y yo me había quedado solo en su casa, mientras trataba de ganarme algunos dólares haciendo trabajos por Workana.
Era mediados de 2020 y había obtenido mi primera victoria real en el trabajo remoto: conseguí un cliente que quería seguir contratándome. Él pagaba unos 100 dólares por posts de venta para sus páginas web. No era mucho dinero, pero era algo que me iba a ayudar a salir adelante. Así que cumplí con los encargos y de repente comencé a sentirme peor de lo habitual: tenía fiebre, diarrea, dolor en todos los huesos y casi no podía levantarme de la cama. No sé si tenía covid o si era una infección causada por el agua insalubre que llegaba por las tuberías de la casa. La gente del edificio también se había enfermado a causa del agua, así que no era raro.
Traté de trabajar, pero llegó un momento en que no podía levantarme de la cama. Y acabé perdiendo al único cliente estable y amable que había conseguido hasta esa fecha. Me sentí doblemente mal por ello. No recuerdo cuántos días pasé en cama prácticamente sin levantarme. Estaba arruinado, sin dinero, enfermo, adolorido. Mi mamá tenía sus propios problemas en casa, por lo que no podía ayudarme.
Y llegó un momento en el que simplemente pensé en aceptar la muerte. Ya estaba harto de todo: del dolor, de la pobreza, de la falta de oportunidades, de los problemas familiares. No había nada por lo que luchar.
Y en ese momento llegó mi tía de su viaje.
Hizo sopa. Me dio algunas medicinas. Y me atendió. No me reclamó por el ligero manchón amarillo que dejé en las sábanas y en la cama cuando tenía diarrea. No me dijo gran cosa, porque era una mujer de pocas palabras. Simplemente estuvo allí para mí, en el peor momento de mi vida, cuando yo no contaba con nadie más que me ayudara.
Ese día en que lo pasé fatal preguntándome si iba a morir de lo que fuera que tuviese, en el que me sentía completamente aislado del mundo, me enseñó algo sobre la resiliencia de las personas. A veces, para poder resistir, para poder atravesar esos momentos de desesperación, miedo y enfermedad en los que creemos no tener absolutamente nada a nuestro favor, son invaluables las conexiones humanas.
Gran parte de lo que las historias de resiliencia suelen omitir o minimizar es el papel de las personas que acompañan a los sobrevivientes. Nadie habla de los muchos Sam, cuyo apoyo hace posible que los Frodos puedan cumplir con su misión. Son un adorno, un relleno en una historia más grande, pero en la vida real los Sam son las personas que hacen que puedas seguir un día más, y luego otro, y otro. No siempre dándote consejos ni sermones, sino simplemente estando allí para ti.
A veces un gesto amable, en un mundo donde los actos de amabilidad escasean, te ayuda a seguir adelante. Lamento no haberme dado cuenta a tiempo del valor de los actos de amabilidad.
Mi tía murió hace tres años de linfoma no Hodgkin, y yo no le pude devolver ni una décima parte de la paciencia y generosidad que tuvo conmigo durante los años de la pandemia, mientras yo usaba su internet para tratar de sobrevivir en una economía devastada por la corrupción y la hiperinflación.
Es por ello que siempre recordaré que las personas somos más que las circunstancias que atravesamos. También somos el resultado de vínculos, de afectos, de aprendizajes y del apoyo que otros nos dan en los peores momentos de nuestras vidas.
Descansa en paz, tía Carmen.
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The Other Resilience (English Version)
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There's a word we hear a lot when talking about people who survived major wars, dictatorships, or natural disasters. That word is resilience, the ability to face life's challenges. We also tend to call these resilient people "survivors," and we even call them heroes and heroines; we award them medals because they endured what others never could. Because they drew strength from where they didn't know they had to keep going, even though the world told them time and again to give up.
We admire these people because we like to imagine that, if we found ourselves in a similar situation, we could pull through like them. However, there's an unpleasant truth that people don't usually mention: no resilience lasts forever. We all have a breaking point.
I'm not going to speak to you from the perspective of someone who lived through a war, who was a political prisoner, or who was part of a resistance group. I'm going to talk to you about the other resilience: the one that doesn't grab the media spotlight, the one that doesn't have visible heroes; The kind of resilience that no books are written about, no doctorates are pursued. The resilience of people like me, who live in precarious circumstances, who get up every morning to work with chronic back pain and migraines; who can't go to the doctor and get tests done because they can barely afford food and utilities.
I'd like you to stop for a moment and think about what it means to feel a knife stabbing your back almost every day. To feel like your head is going to explode at any moment. To think about how difficult it is to think, work, sleep, and do anything with that pain from scoliosis, and to know that you need surgery and long-term treatment that you'll never be able to afford because you were born in Venezuela and you don't have the energy, the strength, or the connections to leave.
And there's no one to help you. Because the other members of your family are also in the same situation as you: sick, in debt, struggling to earn their daily bread, unable to solve any of the problems that plague them. And you have to stay silent, suffer in silence, and cry in silence, knowing you're alone. That your only window to the world outside your family is the internet, which you need to work remotely and earn in foreign currency worth more than your country's currency, but which is never enough for everything you need.
And you have to make difficult decisions. Do I spend the money at the market or on pain medication? Do I buy a new pair of shoes because the ones I have are falling apart, or do I save for a doctor's appointment? Do I help my mom pay the condo fees or save up for a cell phone I need for work? Do I buy the discounted vegetables that don't look so good, or do I buy the ones that look better but are expensive?
With every choice you make, you know you're going to lose something. The shoes you didn't buy caused blisters on your feet from constant rubbing. The condo fees you didn't contribute to increased by a third the following month because you were late paying. The cheap food you bought to save money spoiled because of the power outages or because it wasn't in very good condition when you bought it.
And finally, that day arrives. The day when all the pain and misery explode, and you simply say to yourself: I can't take it anymore.
That day came in the middle of the COVID pandemic, when I got sick while visiting my aunt. My aunt had gone on a trip to visit another aunt, and I was alone at her house, trying to earn some money doing jobs on Workana.
It was mid-2020, and I had achieved my first real victory in remote work: I landed a client who wanted to continue hiring me. He paid around $100 for sales posts for his websites. It wasn't much money, but it was something that would help me get by. So I completed the assignments, and suddenly I started feeling worse than usual: I had a fever, diarrhea, aches all over my body, and I could barely get out of bed. I don't know if I had COVID or if it was an infection from the contaminated water coming through the pipes in the house. People in the building had also gotten sick from the water, so it wasn't unusual.
I tried to work, but there came a point when I couldn't get out of bed. And I ended up losing the only stable and kind client I'd managed to get up to that point. I felt doubly bad about it. I don't remember how many days I spent practically bedridden. I was broke, penniless, sick, and in pain. My mom had her own problems at home, so she couldn't help me.
That day, when I was in agony wondering if I was going to die from whatever it was I had, when I felt completely isolated from the world, taught me something about human resilience. Sometimes, to be able to endure, to get through those moments of despair, fear, and illness when we believe we have absolutely nothing in our favor, human connection is invaluable.
Much of what resilience stories tend to omit or minimize is the role of the people who accompany the survivors. No one talks about the many Sams, whose support makes it possible for the Frodos to fulfill their mission. They're an embellishment, filler in a larger story, but in real life, the Sams are the people who make it possible for you to keep going one more day, and then another, and another. Not always giving advice or lectures, but simply being there for you.
Sometimes a kind gesture, in a world where acts of kindness are scarce, helps you keep going. I regret not realizing the value of acts of kindness sooner.
My aunt died three years ago from non-Hodgkin's lymphoma, and I couldn't repay even a tenth of the patience and generosity she showed me during the pandemic years, while I used her internet to try to survive in an economy devastated by corruption and hyperinflation.
That's why I will always remember that we are more than the circumstances we face. We are also the product of our relationships, our affections, our experiences, and the support others give us during the worst moments of our lives.
Rest in peace, Aunt Carmen.