Saludos a todos, amigos y amigas de Holos&Lotus.
Hay un dicho que reza: "Caras vemos, corazones no sabemos" y, a esta temática sobre las máscaras que nos colocamos para "actuar" en sociedad, le viene como anillo al dedo. Conocemos a muchas personas, vemos sus comportamientos, pero no podemos decir con certeza que sabemos lo que piensan, lo que sienten o cuáles son sus verdaderas intenciones. Lo mismo les pasa a los demás con nosotros.
Las máscaras que utilizamos ante los demás se van forjando a manera de protección o supervivencia. Quizás se pueda decir que es beneficioso hasta cierto punto. Me refiero a que andar mostrándonos totalmente transparentes podría ser hasta contraproducente, pues no todo el mundo es confiable o no a todo el mundo se le pueden enseñar nuestras verdaderas caras. No sé si me explico.
De lo que sí estoy segura de que no es bueno, es quedarse escondido detrás de una cara, de una máscara, de una forma de ser. Por ejemplo, a veces disimulamos nuestra opinión o elegimos omitirla para no generar conflictos. Pero callarlo todo, sin expresar lo que sentimos, no es para nada saludable. Tiene que existir un equilibrio entre mostrarse y no mostrarse.
El equilibrio en las cosas definitivamente se está convirtiendo en mi nuevo lema. No es sano ponernos siempre la máscara de valientes, estoicos y resilientes, pero tampoco es bueno vivir haciéndonos ver como la víctima o el necesitado. Tiene que haber un equilibrio en nuestro comportamiento. Valentía y precaución van de la mano. Vulnerabilidad y voluntad de seguir adelante. Sentido común y cordura al mismo tiempo que aventura y ganas de innovar.
Una anécdota:
Hace años, cuando una gran amiga y yo comenzamos nuestros trabajos como docentes, nos vimos enfrentadas a estudiantes llenos de energía y rebeldía al mismo tiempo. Una mezcla de hormonas y ganas de descubrir el mundo los hacía ver difíciles de tratar y de disciplinar o educar. Mi amiga, en su afán de no convertirse en su marioneta, se colocó la máscara de profesora rígida, seria e inalcanzable. Ella es una persona muy dulce y, además de ser bajita de estatura, su cara parece de niña, o lo parecía en aquel entonces. No le cuadraba para nada aquella máscara de dureza.
Los estudiantes comenzaron a resentir su comportamiento y comentaban lo desagradable que era la personalidad de su nueva profesora. Cuando conversamos, le pregunté el motivo de su cara tan adusta y su respuesta fue que lo hacía para que no la agarraran de juego o como una docente débil. Le expliqué que más bien estaba logrando alejarse de los estudiantes, y le sugerí, más bien le pedí, que por favor se mostrara como ella realmente era, para que de esa forma los alumnos pudieran ver la gran persona que era y disfrutaran de sus clases.
Mi amiga cambió completamente su comportamiento ante los estudiantes. Se libró de aquella carátula de falso poder y de rigidez innecesaria. Con el tiempo me comentó lo feliz y cómoda que se sentía siendo ella misma con sus pupilos. Los alumnos se entusiasmaron notablemente con ella; todavía sigue siendo así. La protegían incluso si se generaba algún disturbio o revuelta en la institución. Al sol de hoy, todavía recordamos y nos reímos de aquella dura cara que quiso mostrar y que, gracias a Dios, cambió para ser ella misma.
Si soy sincera, creo que puedo decir que no tengo máscaras. Soy como el jugo Yukery (los venezolanos entenderán): soy Liliana donde me pongan. Soy conversadora, sociable y muy sincera. A veces indiscreta, pero siempre en busca de la armonía. Si me dan ganas de reír, me río. Si me siento con ganas de llorar, lloro. He aprendido a expresar mis sentimientos, a dar mis opiniones y sugerencias. Pero si tengo que ser mucho más sincera, les digo que, aparte de mi mamá, la única persona que me conoce sin máscaras de nada, de nada, es mi esposo. A ese interróguenlo, ja, ja, ja, ja.