Acá en casa estamos superando una virosis que se manifestó con gripe, mucho dolor de cabeza, dolor de garganta, pérdida de la voz, fiebre y otras cosas. Según está dando influenza. No lo sé. Ya mis niños están terminando de recuperarse. Mi esposo está en pleno brote de la enfermedad. Lo estoy cuidando. A mí no me ha afectado, pero igual me cuido y estoy tomando vitamina C.
Hoy, una vez más, me contento de poder participar en la serie de ejercicios de autoconocimiento que nos ofrece , y dónde nos hemos podido reencontrar con nuestro YO, y conocernos aún más, para trabajar en lo que nos está obstaculizando y mejorar lo que sí nos beneficia.
El tema de esta entrega número 17, es el apego. Yo conocí esa palabra no hace muchos años. Creo que fue por allá en el año 2017, cuando la cosa estaba bien fea acá en Venezuela. Lo cierto es que mientras conversaba con una prima, a la que la suerte le ha sonreído siempre y de manera muy fiel, especialmente en lo económico, llegamos al tema de las mudanzas. Ella, en el transcurso de su vida, se ha mudado varias veces y no te digo de barrio, sino de país, y no te digo de una casita, sino de mega casotas, todas hermosas como las de las revistas. Aquella vez, mientras hablábamos, me contaba que tenía que planificar un nuevo viaje. Se iría de Venezuela otra vez y tenía que comenzar a embalar algunas de sus pertenencias. Le pregunté que cómo hacía para superar el proceso de cada mudanza y que si no le daba sentimiento abandonar cada lugar. Me respondió: "Es que yo no me apego a las cosas, ni a las personas, yo fluyo".
Esa frase me dejó impresionada. Ella fluye, es verdad. Desde aquella conversación ya se ha mudado de país, dos veces más. Actualmente, al parecer ya se estableció en un solo sitio, pues esta vez incluso compró su casa, la de envejecer. Dice ella: "No se sabe, si la vida me pide que me mude de nuevo".
Yo llevo viviendo en la misma casa desde los 4 años. Y vaya, si estoy apegada. Me he encontrado varias veces buscando un nuevo lugar. Metí papeles, busqué créditos, averigüé por aquí y por allá y hasta compré un terreno. Podría echarle la culpa al gobierno y a la situación del país, pero la realidad es que no he querido mudarme. Siempre le consigo un, pero a los nuevos lugares que encuentro.
Nada más el año pasado estuve buscando casas, y visité alrededor de 15 o 16 lugares en venta. Tenía el dinero y, por cuestiones de "Decisiones", no compramos nada. Pero si me paro en seco y analizo esas decisiones, puedo reconocer que no fui firme en mi determinación y, de alguna forma u otra, permití que las circunstancias se dieran para no tener que comprar la casa. Y eso que ni siquiera estaba en nuestros planes mudarnos. Alguien la cuidaría por nosotros, pero aun así, no hubo una intención fuerte y el negocio de compra se desvaneció.
¿Tengo que trabajar el desapego? Absolutamente sí. ¿A qué me apego? A que aquí me crie, aquí traje a mis hijos, aquí vive mi padre, aquí me siento protegida y feliz, aquí he vivido las más bonitas experiencias, aquí me ubico facilito para hacer todas las diligencias que quiera, aquí muy poco se va la luz porque tenemos cerquita el hospital y paren ustedes de contar, todas las excusas que puedo dar.
Porque definitivamente son excusas. Estoy segura de que en otro lugar también hay un buen ambiente, también se puede encontrar la forma de movilizarse fácilmente y hacer diligencias. Puedo darle mi calor de hogar, puedo visitar a mi papá y a mis familiares las veces que quiera, etc. Pero me freno, me quedo en mi zona de confort, o en mi casa de confort, y no visualizo el cambio.
Ahí es donde está mi apego.
En otras oportunidades supe desligarme y di pasos. Otras veces me arrepentí de desapegarme, como cuando vendimos el carro. Sé que es importante valorar más el presente y lo que se te presenta a diario, y no apegarse a las cosas pasadas o a objetos que ya no nos proporcionan ningún beneficio. En ese sentido, sí practico el desapego. Cuando hago limpieza general, no lo pienso dos veces para deshacerme de objetos que tienen tiempo coleccionando polvo. Claro que, las cosas que representan algún momento importante de nuestras vidas, tienen valor y no me desprendo de ellas, como las fotografías, algunos libros, prendas (llámense joyas) o algunos dibujos de mis hijos, que los guardo para que los vean cuando sean adultos y vean si los regalan a sus hijos o se deshacen de ellos, no sé en qué nivel les esté enseñando a ser apegados o desapegados.
Con mi familia solía ser muy apegada, en el sentido de que los sobreprotegía y les hacía muchas cosas, que podían hacer ellos. Hoy en día mis hermanos tienen sus familias formadas y llevan sus vidas como ellos desean llevarlas. Aprendí a aceptar sus decisiones y a ser una acompañante sin ser intrusa. Aprendí a ver a mi mamá cada dos o tres meses y a mantenerme más comunicada con ella a través de las redes. Con mi esposo, si soy bien apegada, ¿Y cómo no? Ja, ja, ja, ja. Y con mis niños también, ya llegará el día en el que crezcan y quieran volar, ahí aprenderé a desapegarme de ellos. Creo.
El apego es sano hasta cierto punto. El desapego también es sano, hasta cierto punto. Ni muy pegados, ni muy despegados.
Gracias por leerme y comentar. Abrazos bien pegados.