Este es un texto original escrito en español y versionado al inglés en Google Translation. Las imágenes son de mi propiedad
✳️ Saludos cordiales, amigos de
. Deseando a todos salud, prosperidad y crecimiento personal, aqui estoy como cada semana, vía #ecency, para reflexionar juntos en un nuevo tema!!!
Aunque se pudiera tener, acaso, la certeza de que la fama —esa construcción siempre más frágil que la cuenta bancaria de unos herederos a quienes, por otra parte, poco importa ya el sudor de sus antecesores— se acabará mucho antes de que se haya disuelto la extravagante colección de perros y gatos, que todavía hoy mantiene como un símbolo invertido de la soledad, no es sino en otra imagen donde habría que buscar la verdadera naturaleza de esa derrota que ni la opulencia conjura.
Porque, ¿acaso no fue esa la escena final que Brian De Palma, con una lucidez que el crítico agradece, quiso fijar para siempre en El precio del poder: Tony Montana yaciendo, en su mansión, sobre una cama enorme mientras que a su alrededor la opulencia se desplegaba —en una geografía de objetos inútiles— y en su rostro, sin embargo, no se advertía sino la más absoluta de las indiferencias?
Había, en aquel yacer, un peso de vacío que ninguna posesión, lo sabía él y lo sabemos nosotros, podría jamás llenar; de allí que el propósito, contrariamente a lo que una sociedad empeñada en la acumulación predica, no se construya con lo que se atesora sino que se descubra —si es que se descubre— en aquello que se sostiene cuando todo lo demás, como un decorado, se ha desvanecido.
Para conectar con ese propósito, que no es otra cosa que la raíz de la propia coherencia, se hace necesario distinguir entre el ruido y la señal, aunque la sociedad —gran maestra en el arte de la confusión— se empeñe en hacernos confundir el propósito con el logro: un título, venga, un ascenso, sí, un reconocimiento, por fin, todas ellas metas válidas, todas ellas, sin embargo, ajenas a la raíz.
Un propósito, y conviene subrayarlo para que no se nos escapen los matices, no necesita ser grandioso para resultar profundo; puede residir, en cambio, en la forma en que uno cuida una planta cuando nadie, absolutamente nadie, lo observa, o en la precisión con que organiza las herramientas de su taller, o incluso en la paciencia, tan desdeñada y tan esencial, con que se escucha a un niño.
La escala, por haberlo demostrado así cada una de esas acciones menudas, no define la solidez; y si uno busca su propósito, comete un error estratégico si lo persigue en el futuro, pues la idea de un fruto por venir no constituye sino un espejismo cuando no se reconoce el movimiento que ya, en el presente, se está haciendo.
Pregúntese, entonces, qué actividad le devuelve una capacidad renovada en lugar de drenarlo; observe su relación con las ideas, aquellas por las que siente una defensa instintiva, las que defendería incluso cuando nadie, ni siquiera su conciencia más severa, estuviera presente para juzgarlas.
Observe, asimismo, su relación con las personas, no con las que lo validan —pues la validación es un espejismo más— sino con aquellas por quienes siente una responsabilidad silenciosa. Ese impulso de aliviar su carga, aunque sea por un instante, constituye, en sí mismo, un mapa.
Vive, en efecto, el propósito en la capacidad de mantener la raíz flexible ante los cambios, y en esa distinción —tan sutil como definitiva— se separa la terquedad, que no es sino rigidez, de la adaptación, que, al fin y al cabo , es su esencia.
Cuando se deja de aferrar a un título específico como única vía de realización —y cuánto cuesta ese desprendimiento—, el propósito deja de ser una prisión para convertirse, sencillamente, en una dirección.
Vivir con propósito, es actuar con coherencia; es elegir, en cada pequeña decisión, aquello que se alinea con esa esencia que no necesita de una validación.
Si la falta de amor no se soluciona, como a menudo se cree, con más personas alrededor sino con la calidad de la presencia que se ofrece, algo similar ocurre con el propósito: si es conectar, no se necesita un auditorio; se necesita, apenas, una mirada, franca.
Comience, pues, con lo que ya tiene: tome una hoja, escriba tres momentos recientes en los que perdió la noción del tiempo e identifique, luego, la acción común en esos tres momentos: escuchar, construir, ordenar, enseñar. Esa acción —y conviene que no lo olvide— es un hilo; siga ese hilo. Lo dicho, el mapa.
No espere, en consecuencia, a tener todo resuelto para vivir con propósito, pues el propósito, contrariamente a lo que una cierta idea del éxito nos ha inculcado, no es un destino: es la dirección de los pasos cuando el suelo, de pronto, se siente firme bajo los pies, incluso si el camino, lo sabemos, aún es incierto.
Renuncie, entonces, a la idea de que debe ser extraordinario para contar; lo extraordinario suele ser, en su forma más pura, silencioso.
Deje de perseguir la versión que otros aplaudirían. Conecte con la versión que no necesita aplausos para sostenerse.
Porque cuando se actúa desde ahí, la indiferencia hacia lo superficial no es un esfuerzo. Es, apenas, una consecuencia natural. Ineludiblemente, nos hace crecer. Y lo más importante: nos concede el poder de nuestras propias vidas.
Gracias por leerme. Siempre es un placer recibirte
💎 Si deseas mi novela La Sangre del Marabú (2020), puedes encontrarla en Amazon
This is an original text written in Spanish and translated into English using Google Translate. The images are my own.
🌱 𝐓𝐡𝐞 𝐏𝐫𝐢𝐜𝐞 𝐨𝐟 𝐏𝐨𝐰𝐞𝐫 | 𝐑𝐞𝐟𝐥𝐞𝐜𝐭𝐢𝐨𝐧 (𝐄𝐒𝐏-𝐄𝐍𝐆)
✳️ Warm greetings, friends of . Wishing you all health, prosperity, and personal growth, I'm here as every week, via #ecency, to reflect together on a new topic!
Even if one could be certain that fame—that construct always more fragile than the bank account of heirs who, moreover, no longer care about the sweat of their predecessors—will end long before the extravagant collection of dogs and cats, which he still maintains today as an inverted symbol of loneliness, has been dissolved, it is in another image that one should look for the true nature of that defeat that not even opulence can dispel.
Because wasn't that the final scene Brian De Palma, with a lucidity the critic appreciates, wanted to fix forever in Scarface: Tony Montana lying in his mansion on an enormous bed while opulence unfolded around him—a landscape of useless objects—and yet his face betrayed nothing but utter indifference?
There was, in that lying there, a weight of emptiness that no possession, he knew and we know, could ever fill; hence, purpose, contrary to what a society bent on accumulation preaches, is not built with what is hoarded but is discovered—if it is discovered at all—in that which remains when everything else, like a backdrop, has vanished.
To connect with that purpose, which is nothing other than the root of one's own coherence, it becomes necessary to distinguish between noise and signal, even though society—a great master of confusion—insists on making us mistake purpose for achievement: a degree, sure, a promotion, yes, recognition, finally, all valid goals, all of them, however, alien to the root.
A purpose, and it's worth emphasizing this so we don't miss the nuances, doesn't need to be grandiose to be profound; It may reside, instead, in the way one tends a plant when no one, absolutely no one, is watching, or in the precision with which one organizes the tools in one's workshop, or even in the patience, so often scorned yet so essential, with which one listens to a child.
Scale, as each of these small actions has demonstrated, does not define solidity; and if one seeks one's purpose, one makes a strategic error by pursuing it in the future, for the idea of a future fruit is nothing but an illusion when one fails to recognize the movement that is already taking place in the present.
Ask yourself, then, what activity restores your capacity rather than draining it; observe your relationship with ideas, those for which you feel an instinctive defense, those you would defend even when no one, not even your harshest conscience, was present to judge them.
Observe, likewise, your relationship with people, not with those who validate you—for validation is just another illusion—but with those for whom you feel a silent responsibility. That impulse to lighten your load, even for a moment, constitutes, in itself, a map.
Purpose, in effect, resides in the ability to maintain a flexible foundation in the face of change, and in that distinction—as subtle as it is definitive—stubbornness, which is nothing but rigidity, is separated from adaptation, which, after all, is its essence.
When you stop clinging to a specific title as the only path to fulfillment—and how costly that detachment is—purpose ceases to be a prison and becomes, simply, a direction.
To live with purpose is to act with coherence. It's about choosing, in every small decision, what aligns with that essence that doesn't need validation.
If a lack of love isn't solved, as is often believed, by having more people around but rather by the quality of the presence offered, something similar happens with purpose: if it's about connecting, you don't need an audience; you need, simply, a sincere look.
So, begin with what you already have: take a sheet of paper, write down three recent moments when you lost track of time, and then identify the common action in those three moments: listening, building, organizing, teaching. That action—and it's important not to forget this—is a thread; follow that thread. As I said, the map.
Therefore, don't wait until everything is figured out to live with purpose, because purpose, contrary to what a certain idea of success has instilled in us, is not a destination: it's the direction of our steps when the ground suddenly feels firm beneath our feet, even if the path, as we know, is still uncertain.
So, abandon the idea that you must be extraordinary to be worthwhile; the extraordinary, in its purest form, is often silent.
Stop chasing the version others would applaud. Connect with the version that doesn't need applause to stand.
Because when you act from that place, indifference to the superficial isn't an effort. It's simply a natural consequence. Inevitably, it makes us grow. And most importantly: it grants us power over our own lives.
Thanks for reading. It's always a pleasure to have you here
💎 If you'd like my novel The Blood of the Marabou (2020), you can find it on Amazon.