☘️ Buenos amigos y amigas de Hive que me leen reciban un afectuoso saludo.
Nuevamente, la dulce nos convoca en
, y cuando lo hace, todas las flores del jardín se estremecen bajo su encanto y su luz. Hay algo mágico en estos llamados, como si el universo alineara sus astros para recordarnos que, incluso en la fragilidad, existe un hilo dorado... que nos une.
Es profundamente agradable entrar a esta comunidad y constatar todo lo que el ser humano es capaz de hacer en pos de sí mismo y de los demás. La lucha incesante por el crecimiento personal adopta formas a veces inimaginables: desde una foto que captura un instante de belleza efímera, hasta una publicación que desnuda el alma o una iniciativa colectiva como esta, donde las palabras se convierten en abrazos.
Adentrarse en el cajón de los comentarios de cualquier publicación de este espacio es como sumergirse en un río de energía pura. Sale uno renovado, listo para enfrentar la vida con determinación y ganar esa batalla infinita contra el peso de nuestra conciencia. Irredenta, incansable, siempre al acecho.
La culpa y los pliegues de la memoria
Todos somos culpables. Todos hemos sido culpables. Todos seremos culpables. La única excepción es el acto de nacer, pues desde ese primer aliento, cada gesto —incluso el más inocente— queda marcado por la inextricable relación entre causas y efectos. Vivir es, en esencia, cargar con las consecuencias de lo que hacemos y omitimos.
La memoria es un territorio traicionero. A veces nos engaña, reorganizando los recuerdos como un archivero desleal: envía al fondo los que más nos duelen y coloca en primer plano aquellos que nos permiten seguir adelante. Así crea un limbo espectral, una neblina que confundimos con luz en medio del túnel. Pero la memoria, también es un animal herido, y se vuelve contra sí misma. De vez en cuando, aflora lo detestable, aquello que nos hace humanos vistos desde el lado oscuro del espejo, donde anidan nuestras sombras.
La culpa de un hijo: entre el marabú y la impotencia
Me siento culpable como hijo y como hombre. Culpable por no haber provisto los recursos que mi madre necesitaba para vivir unos años más a nuestro lado, incluso si eso implicaba transgredir mi código ético, mi naturaleza. Tal vez debí vender mi orgullo, tal vez debí robar, tal vez debí mendigar. O quizá no. Quizá nada habría cambiado.
Cada día, cuando la nostalgia perfora el tiempo y recuerdo su partida prematura, me culpo. Sé que pude hacer más y no lo hice. En algún rincón de mi corazón, creí que sería eterna para mí, y no lo fue... aunque, en cierto modo, lo sea. Porque ella sigue aquí, en el aroma del café recién colado, en las tardes de lluvia que tanto le gustaban, en los versos que escribo y que nunca leerá.
Para un cubano sin recursos, proveer lo elemental a sus seres queridos es una batalla diaria contra molinos de viento. El sistema te enseña a sobrevivir, pero también te siembra ilusiones: "Siempre se puede dar un poco más", repiten como un mantra. Y uno lo intenta, con las uñas, con los dientes, con el alma rota. Hasta que ya no puede más. Y cede.
El reencuentro: silbos anaranjados y canciones de cuna
No sé qué ha de salvarme, más allá de los "silbos anaranjados" de que habla García Márquez en su obra monumental. Esa imagen me persigue: ¿será el amor lo que brilla en el último instante? ¿O será solo el eco de lo que perdimos? ¿Acaso la culpa?
Yo que sé.
Tampoco sé qué me espera al partir de este mundo. Quizá la nada, quizá un cielo inventado por los poetas. Pero de algo estoy seguro: allí, en ese lugar sin tiempo, estarán los brazos abiertos de mi madre...y su sonrisa franca, tan ruidosa, que hará temblar a las estrellas. Me llamará por mi nombre de niño, ese que solo ella usaba, como si el tiempo no hubiera pasado.
Entonces me abrazará, y su olor a jabón de pobre y tierra mojada me envolverá me embriagará para siempre. Pasará su mano por mi cabeza, canosa ahora, y cantará, la misma canción de cuna que entonaba en medio del marabuzal, cuando el mundo era pequeño y cabía en sus manos:
"Palmita, palmita de manteca,
mamá te da la teta
y papá te trae bombón."
Y por fin, solo entonces, tal vez, dejaré de sentirme culpable.