Cuando la esperanza está perdida y aparece una estrella.
Hace días estoy por escribirles y la verdad no encontraba un tema amable para compartir. Todo lo que pasaba por mi mente era poco agradable y aunque reflexionar sobre lo desagradable es sin dudas importante, muchas veces nos convierte en personas fácilmente irritables.
No me gusta ser una persona irritable, y es que la gran mayoría de veces nuestros seres más próximos terminan tóxicos con nuestro estado de incomodidad. Es por eso que trato de tener límite a la hora de analizar temas desagradable.
Gracias a la vida que hoy me regaló un gesto de esperanza y con ello un tema para ustedes, mis amigos de holu Lotus.
En la actualidad, cuando la necesidad de empatía, solidaridad, energía positiva, altruismo, confianza, colaboración, amistad, etc. es tan urgente y necesario. Cuando la burocracia, la enajenación, el desinterés, el cotorreo, la corrupción y la vagancia están al orden del día entré mis hermanos. Es difícil pensar que existe esperanza. Pero como en cualquier tragedia, al final es obligatorio el desenlace a favor de la vida y el amor. Todos los días me cuestiono la mala aptitud de las personas a mi alrededor. Trato de entender este comportamiento antisocial y poco o nada productivo, pero siempre llego a la misma conclusión; nuestro bajo nivel de instrucción cívica. Y es que más importante que crear ingenieros, médicos, intelectuales, en fin, hombres y mujeres de ciencias, es crear valores.
No sé debe cuestionar el comportamiento ajeno por el conocimiento propio, eso hace tiempo lo entendí. Y es que somos causa y efecto de nuestra cultura. No sé puede aspirar de personas con poca instrucción cívica, comportamientos responsables, actitudes positivas, independencia, ni cultura colaborativa. Es entonces que se explica como los desechos terminen fuera del bote, los asientos, paredes y ventanillas de omnibus y trenes sufran mutilación y graffiti, que exista una identificación para recordar que las embarazadas, ancianos y minusválidos requieren de un asiento, que si no se trabaja no se crea valor y como consecuencia se obtiene miseria.
Somos un estado decadente, pero no por razones económicas. Somos una sociedad decadente por nuestro mal comportamiento social, nuestra falta de civismo y nuestra evidente mutilación cultural. Vengo de una familia de campo económicamente carente, pero nunca me faltó la educación. Probablemente con métodos poco pedagógicos y duros, pero al final existía la educación cívica y el respeto a la lógica y la razón.
No sé interrumpía una conversación, no se expresaban palabras indeseables sin existir un motivo o razón, no se andaba semidesnudo ni hombres, ni mujeres en las calles, ni siquiera en nuestra propia casa si llegaba un vecino. No sé gritaba en plena avenida, tampoco se permitía ingerir bebidas alcohólicas fuera de bares o cantinas. En fin, no estoy hablando de Asia, China o Japón. Estoy hablando de Cuba, de mi patria, de mi nación.
Desafortunadamente es el día a día que me acompaña con evidente desagrado. Y podrá imaginar el lector bajo tales circunstancias, la desesperanza y la desolación que en muchas ocasiones me invade, deseando abandonar el barco a su maldita suerte, como ya por similares razones lo hicieron otros.
¿ Es el fin de los tiempos? ¡No! Solo es la transición de un estado decadente hacia una sociedad en proceso de revalorización. Así es el ciclo de la vida de las sociedades. Un proceso tan antiguo que se registra en disímiles textos antiguo, incluyendo la Santa Biblia.
Se que estás esperando el milagro en esta historia y aunque pudieran pasar por milagros las buenas acciones de alguna que otra persona en el transcurso del camino. Debo creer que fue empatía, dolor compartido, reflexión, sentido común, orden o razón, en el alma de una joven para con su pequeño receptor. Lo que provocó el milagro en mi inocente esperanza.
Está quimera se desarrolla en el tren de pasajeros Pinar del Río - Guane. Casi el único transporte seguro que conecta estás dos localidades y sus pueblos intermedios. Más de 2000 persona viajamos todos los días en cuatro o cinco vagones maltrechos y mutilados, sobre rieles desatendidos por más de cinco años y paredes de enmarañada maleza que arremete contra la locomotora y sus vagones. Dejando en los pasajeros, una lluvia de pequeñas hojas de marabú, bejuco y sereno. Dentro: la miseria humana de estos tiempos; La queja, el cuestionamiento sin aporte e irreflexivo, la falta de caballerosidad, el mal olor, el alcohólico, el vago, el sencillo, los necesitados, aquellos con esperanza que cruzamos por el mismo camino, en fin, los mal instruidos, los crecidos bajo el manto cruel de la piedad y la lastima, los desgraciados pobres mantenidos.
Todo razonablemente soportable, menos el cruel y despiadado oportunismo. Sobretodo, el oportunismo que se aprovecha de la inocencia de un niño y de la necesidad. Es lógico que el comerciante aproveche cada oportunidad posible, al final, recuperar la inversión es el objetivo y obtener una ganancia o utilidad el fin. Pero detenerse delante de los niños de forma intensional y casi poner en sus narices la caja de confituras. Aprovechar el hecho de ir en un tren, donde no hay más opciones y en un horario crítico como la seis de la tarde. Más que crueldad es falta de escrúpulos. Sin olvidar aquellas personas con cierta edad que consumen indiferentes sin saber si el padre o la madre a su lado están en condiciones de complacer a sus hijos. Así, en esta odisea casi homerica, la luz.
Una joven que apenas abandonó su adolescencia. En un acto más que piadoso, un acto digno de lo que significa ser humano. Tomó su confitura, quizás el único alimento que tomaba ese día. Estiró su mano cruzando el pasillo del vagón, hasta depositar la mitad de la misma en la pequeñas manitas de un niño de apenas 3 años, que agradecido sonreía. Sacando de quien les escribe una pequeña lágrima, imperceptible para el resto de los pasajeros ya que la pude camuflajear con una sonrisa cómplice que compartimos yo y aquel niño.
Así, casi como un milagro, la luz. Esa luz que respira en las almas inocentes, en el pensamiento sin maldad, sin vicios, sin el premeditado cálculo al provecho de lo que se puede obtener a cambio.