
Ok, entremos en este fascinante escenario.
La carrera espiritual, ese camino que supuestamente recorremos para "llegar a algún lado"... ¿dónde termina? La respuesta es tan improbable como inabarcable. A menos que alguien, tipo la película Martyrs (si la vieron, ya saben a qué me refiero), pudiera ver el más allá en vida —cosa que, por lo visto, nadie ha hecho ni hará jamás—, seguimos caminando en terreno incierto.
Todo y nada es posible. Pero como aquí vinimos a hablar de Dios desde un lugar más humano, más cercano, sin aureolas ni túnicas flotando, vamos a intentar desenredar algunas cosas. De entrada, basta echar un ojo a cualquier religión para notar que cada una tiene su “sistema de recompensa” al final del camino. Desde las versiones más básicas como cielo e infierno, hasta las más exóticas como reencarnar en un animal, pelear eternamente en el Valhalla, o fundirte en el Nirvana.
Visto así, se abre la pregunta que más me sacude: ¿DE VERDAD la carrera espiritual va de, recibir un premio o castigo al final? ¿Qué tal si nos despegamos por un momento de esa idea tan enfermiza y absurda? Porque si eso fuera así, todos estamos condenados. Incluido mi abuelo, lo más sagrado que he tenido en esta vida. Un hombre de fe, pero también humano. ¿O me van a decir que nunca dudó, que no tuvo momentos de debilidad? ¡Claro que los tuvo! ¿Quién no? Entonces, si vamos a jugar bajo el supuesto de un juicio basado en puntajes, bajo ese mito del “Día del Juicio”, nadie se salva.
Me viene a la mente un sacerdote que solía decir en misa: “¡Yo, que soy padre, que estoy en la eucaristía todo el tiempo… ni yo tengo el cielo asegurado!” Y lo decía así, ácido, sarcástico. Me hacía reír. Pero luego pensaba: ¿de qué sirve eso? ¿Sembró amor con esas palabras? ¿Inspiró respeto o esperanza? No. Y muchos, tal vez, salieron ese día con la idea de: “Ya valí. ¿Para qué me esfuerzo?” Y es que ese es el problema. Cuando quienes deberían guiar con amor, lo hacen desde el miedo, lo único que logran es lo opuesto. Alejan. A veces ni siquiera hace falta ser agresivo para espantar. Basta con hablar sin pasión, sin energía. Leer la Escritura como si fuera un libreto, sin conectar con lo real, con lo cotidiano.
Muchos curas se quedan tan pegados al pasado, a cómo actuaban “los santos de aquel tiempo”, que olvidan traer el mensaje al presente. A este mundo sin alma donde vivimos hoy, donde creer en Dios parece un chiste, donde los creyentes son tratados como abuelos ingenuos o monjes mojigatos. ¿Por qué? Porque no han conocido a Dios de verdad. Conocen al Dios de los castigos, de las reglas, del juicio. Y eso no es Dios. Eso es un disfraz que le pusieron.
El mundo hoy es un caos. Los corazones se están volviendo salvajes. Están confundiendo el amor con emociones instantáneas, con aceptación ciega, con pertenencia superficial. Creen que amar es dejar que cada quien haga lo que quiera sin importar el efecto que tenga en los demás. Se pierde el respeto por la vida, por la esencia. Y sí, me duele decirlo, pero eso no es amor. Eso es la ausencia de Dios.
Mucha gente odia a Dios sin haberlo conocido realmente. Odian la versión popular de Dios, la que impone, la que condena. Pero si hubieran sentido esa energía verdadera, ese Dios que transforma desde adentro, otra historia sería. Porque lo verdadero no se grita. Lo verdadero se siente. Y sí, cuando esa sensación de vacío llega —a veces antes de tiempo causando suicidios, a veces tarde causando soledad— te das cuenta de que no era real ese “amor de likes”, ese “apoyo” de masas. Era humo. Y el tiempo… pasa factura.
Por eso digo: cada decisión que tomamos, nos transforma. Nos lleva o... al abismo… o al amor. Y lo más triste: el paraíso no se está yendo… el mundo lo está destruyendo. Y quizás, al final, el premio sea no seguir aquí. Entonces… ¿qué pienso yo del premio final? La verdad es que tengo sentimientos encontrados. Fui criado bajo esa idea de cielo o infierno, bien o mal. Me aterraba de niño.
Hoy ya no me da miedo, pero sí me causa incertidumbre. Mi abuelo, en sus últimos días, me dijo algo que nunca olvidaré. Sufría. Una metástasis silenciosa lo apagó de una semana a otra. Y en medio de ese dolor, me dijo: “Yo ya viví suficiente. Dios me ha dado más de lo que imaginé. Ya solo quiero descansar. No le temo a la muerte porque sé que Jesús está a mi lado.”
Ese pensamiento me parte el corazón… y al mismo tiempo me da paz. Y sí, yo quiero creer que él trascendió. Que su espíritu amoroso, su energía de bien, se fundió con Dios. Que se convirtió en amor. Porque si no hay verdades absolutas (¡y no las hay!), entonces… ¿por qué no pensar que nos transformamos en lo que vivimos? Si fuiste amor… ¿Por qué no convertirte en AMOR?
No pensemos en un Dios con bata blanca y barba, sino en una energía viva. Una fuerza que crea, que sana, que permanece. Y si hablamos de eso… abramos un paréntesis en lo paranormal. ¿No tiene sentido pensar que los espíritus que sufren mucho en vida terminan siendo energía negativa? ¿Energías atrapadas? ¿Almas en pena?
A mí ya no me parece descabellado. Si fuimos odio, rencor, envidia… ¿No es lógico pensar que nos convirtamos en eso? Entonces sí, siento que hay un premio al final del camino. Pero no es un premio “entregado por Dios” como con palanca de arriba o abajo. Es una conversión, una transformación. Si llevaste a Dios contigo, si alimentaste tu espíritu con amor… tal vez te conviertas en eso: en energía de creación.
Al final del día, la carrera espiritual no termina en un premio o castigo literal, sino en una transformación profunda, en un camino de conversión que cada uno elige recorrer. La verdad absoluta no existe, y más allá de dogmas o teorías, está la experiencia humana real, el amor que sembramos, las decisiones que tomamos, y la energía que dejamos. Y sé que al decir esto, muchos se incomodarán. Se incomodarán porque acepto que tienen la misma razón que el resto; y para las personas que creen en la religión como si fuera su propio hijo, eso representa una herida al ego, o peor aún, un reflejo de ese comportamiento narcisista que impulsa a creer tener supremacía espiritual sobre los demás.
Pero aquí, en este espacio, estamos para mirar a Dios y a la espiritualidad desde un punto más humano. Para abrirnos a cuestionar, a sentir, a reflexionar sin miedo ni fanatismos, y para caminar hacia un amor que no divide, que no aleja, sino que transforma. Porque al final, la carrera espiritual termina donde cada uno decide que termine. Y si decides recorrerla con amor, con conciencia, y con apertura, quizás descubras que el verdadero premio está en el viaje mismo, en la energía de amor que somos y podemos dejar.
Con todo lo dicho, no quiero irme sin antes decirte que no importa la religión que te hayan inculcado o la que hayas decidido practicar… lo que verdaderamente importa es que no abandones tu lado humano, ese lado que siente y sabe cuándo algo no está bien.
Si la religión que practicas genera en ti sentimientos negativos, tristeza o miedo, entonces no es el medio adecuado para llegar a Dios. Porque aunque muchas doctrinas insistan en que Dios está solo con ellos, la verdad es que Dios está ahí contigo, en ti.
Míralo como quieras, imagínalo como te plazca, pero tienes toda la capacidad de sentirlo. Y si tu corazón palpita con energía de creación, de amar, de cuidar y de proteger… créeme, estás en el lugar correcto. Sigue ahí, alimenta esos sentimientos cada día… porque es justo eso lo que este mundo necesita:
más personas como mi abuelo, que para mí fue lo más cercano a Dios en esta tierra.
Personas que con Amor en su corazon.
personas que lleve a Dios.