Siempre he tenido presente en mi mente una gran duda existencial respecto a la felicidad: La de si realmente necesitamos tener buenos momentos para ser felices, o en su lugar deberíamos enfocarnos en ser felices primero para crear buenos momentos. La verdad es que ahondando en el análisis de lo que significa considerar ambos enfoques, parece que es de esas preguntas que no tienen una respuesta única y definitiva.
Y no puede asombrarnos, ya que esta cuestión es de una profunda naturaleza filosófica y personal, y es de eso de lo que vamos a reflexionar un poco aquí hoy.
¿Qué son los buenos momentos y qué es la felicidad en el fondo?
Ahora, si nos detenemos a pensarlo por un segundo, nos daremos cuenta de que los buenos momentos son esos pequeños instantes que hacen una diferencia para nosotros, que logran que nuestras vidas se sientan emocionantes, apasionantes y llenas de color y sabor.
Son esos momentos que nos ponen de buen humor, nos sacan una sonrisa y/o nos llenan de satisfacción. Instantes o episodios de tiempo en los que sentimos que mejora nuestra calidad de vida, y que de una forma u otra nos hacen cambiar de percepción, positivamente, sobre nuestra existencia. Esto va desde disfrutar de un día en la playa con amigos hasta una plácida cena familiar llena de risas, o realizar cualquier tipo de actividad que nos guste o que disfrutemos realmente; o sea, son esos momentos que luego recordamos con cariño, ternura y nostalgia.
Por lo que entender el significado de lo que son los buenos momentos y la felicidad solo podemos hacerlo desde el enfoque de lo esencial, porque como es lógico (y cómo bien sabemos), la felicidad varía de una persona a otra, en el sentido de que lo que puede significar o proporcionar felicidad a una persona, no necesariamente lo hará para otra.
La necesidad de estos momentos felices y buenos
Ahora, viéndolo bien, es como si necesitáramos un poco de magia en nuestras vidas para sentir que realmente estamos vivos, ¿no? Claro que sí, y la felicidad es lo que da sentido a nuestra existencia (o debería serlo), porque como bien sabemos es un derecho humano natural y universal: La busqueda de la felicidad. Así que definitivamente necesitamos esos momentos felices y buenos ya que nos traen plenitud.
Pero ese sentimiento de plenitud no nace por un hecho o actividad en sí misma, sino por lo que representa y lo que nos hace sentir; y la palabra clave es... ¿Cómo nos hace sentir lo que estamos haciendo?... O ¿Cómo lo estamos percibiendo? Esto va desde las cosas más simples que nos pueden producir felicidad (tal como comer un helado) hasta las más complejas.
En el caso de que sintamos felicidad al comernos un helado, no es el helado que nos estamos comiendo lo que nos hace sentirnos felices (si bien es delicioso y nos agrada) sino el cómo nos hace sentir ese helado en el plano más profundo, o sea, es lo que representa ese helado para nosotros en un sentido esencial, que puede ser fortuna, dicha, bienestar o agradecimiento, entre otras cosas.
Ahora, de la misma manera la felicidad que podemos sentir al estar cenando y charlando con amigos no es por el simple hecho de estarlo haciendo; sino por lo que representa la amistad, el pasar ratos agradables y el hecho de sentir que tenemos gente a la que realmente le importamos, gente en quién confiar.
Mi reflexión personal al considerar todos estos aspectos de la felicidad personal
Así que por todo lo dicho, reflexiono y pienso que es completamente entendible entonces que lo que nos lleva a la persecución de la felicidad en el contexto de la vida humana, en el fondo, es lo mismo que nos lleva a buscar la prolongación del placer y la reducción del dolor (o sea, es nuestro cerebro primitivo).
Y sí, claro que los buenos momentos pueden ser considerados el impulso inicial que nos lleva a sentir una felicidad genuina y duradera. Pero, por otro lado, hay algo que me hace reflexionar sobre la idea de buscar la felicidad de manera activa. Y es que mucha gente tiene expectativas demasiado altas sobre lo que debería pasar en sus vidas para poder sentirse realmente felices, plenas y dichosas.
Esto puede tornarse en un problema que puede volver a mucha gente eternamente infeliz e insatisfecha, porque no se siente plena, ni contenta, ni dichosa con nada. Y por lo mismo, no es recomendable, ni saludable; ya que si dejamos que nuestra felicidad dependa únicamente de circunstancias extraordinarias que pocas veces suceden (o que tienen pocas probabilidades de suceder), podemos caer en la trampa de esperar que suceda algo grandioso para sentirnos bien y pasar casi toda nuestra vida siendo desdichados.
Ahora, no digo que no debamos tener altas expectativas en la vida, ni que no debamos alegrarnos cuando las conseguimos, sino que lo que estoy diciendo es que debemos saber apreciar todas las cosas buenas de nuestras vidas, desde las más pequeñas, hasta las más grandes. Desde los más pequeños logros, hasta los más notables. Ya que la vida debería ser una celebración de nuestra capacidad de sentir y apreciar.
Porque si dependemos solo de que momentos extraordinarios sucedan en nuestro día a día, será problemático para nosotros; porque a nivel emocional casi siempre nos sentiremos de bajón, ya que esos "buenos momentos" si bien se dan, pueden ser escasos y raros, y es entonces que nos puede embargar una sensación muy profunda de desilusión e insatisfacción.
El agradecimiento y la apreciación: Permitirnos ser felices a pesar de todo
Creo que la felicidad, más allá de lo que pueda significar para todos en un plano personal y profundo, es algo esencial, y no debe ser una cosa rara en nuestras vidas, sino parte de nuestro día a día. Por lo que creo también que lo principal en esto es darnos cuenta de que para alcanzar la felicidad en esta vida es importante sentir agradecimiento y apreciación por todo lo que tenemos, aún si parece no ser mucho.
Esto es lo que significa trabajar en nuestra felicidad día tras día: Que podemos encontrar alegría en lo cotidiano. Una buena taza de café por la mañana, ver una serie que nos gusta, leer un buen libro o simplemente disfrutar de un rato tranquilo en el parque puede ser suficiente para hacernos sonreír. El sonreír en este contexto es el reflejo de que nos sentimos bien, y cuando nos sentimos bien debemos sentirnos agradecidos.
Y si bien para muchos puede parecer poco (o muy tonta la idea), la realidad es que la sensación de bienestar que nos produce vivir una experiencia (por simple que sea), cuando somos agradecidos por sentirla, es lo que marca toda la diferencia en nuestra percepción general de lo que nos sucede. Y entonces (y más importante aún) esto se torna en un círculo virtuoso que nos lleva a apreciar más cosas en nuestras vidas y a sentir más felicidad de manera más seguida.
La reflexión más profunda que hago respecto a todo esto
Lo que he expuesto aquí me lleva a la reflexión de fondo, de que tener experiencias extraordinarias es genial, y aún debemos procurarlas y buscarlas, pero lo que no debemos hacer es esperar a que sucedan todo el tiempo en nuestras vidas, ni hacer que nuestra felicidad dependa de su aparición, porque hacerlo es la fórmula perfecta para ser infelices la mayor parte del tiempo. Entonces, tal como dije antes, la clave es apreciar también las cosas que no son tan extraordinarias como nos gustaría que fueran, pero que también son positivas cuando las consideramos detenidamente.
Así que lo que yo creo es que debe haber un equilibrio en nuestra percepción de las cosas. Tener buenas (extraordinarias) experiencias es genial, pero no deberíamos poner toda nuestra felicidad en ellas. Porque si aprendemos a cultivar nuestra felicidad desde dentro (desde el nivel de nuestras emociones) es probable que esos momentos buenos vengan más a menudo. Claro, porque la mejor disposición ante la vida, nos lleva a ser más positivos y a buscar proactivamente lo que queremos. Por eso (como dije hace un rato), se trata de un círculo virtuoso aquí. Y por lo mismo, hacer lo contrario sería un círculo vicioso.
Por lo que la felicidad no tiene que ser algo que solo nos pase ante acontecimientos épicos; sino que puede y debe estar presente en las pequeñas cosas. Con esto, a su vez, nos iremos dando cuenta de que esos pequeños momentos cotidianos que vivimos y bien apreciamos adquirirán la capacidad de convertirse en buenos recuerdos que atesoramos a lo largo del tiempo.
Así que el enfoque correcto es lograr vivir con gratitud y apreciación hacia lo que ya tenemos y disfrutamos mientras estamos abiertos a esas oportunidades que nos brindan los buenos momentos. Ya que cuando así lo hacemos, entonces, se crea una especie de ciclo que se retroalimenta a sí mismo, donde ser felices nos ayuda a crear más buenos momentos a la par que es esos momentos a su vez alimentan nuestra felicidad.
En pocas palabras, al final del día, lo bonito de la vida es que podemos disfrutar y gozar tanto de las grandes celebraciones como de las pequeñas victorias y alegrías diarias. Así que analizándolo más a fondo todavía, quizás la clave no sea depender de los buenos momentos para ser felices, ni tampoco pretender ser felices todo el tiempo para tener buenos momentos, sino que un enfoque más realista es aprender a tejerlos (a gestionar y apreciar los buenos momentos y la felicidad) juntos como parte de nuestra experiencia vital.
Porque es necesario tener buenos momentos, pero también es esencial aprender a ser felices incluso cuando no haya razones aparentes para ello. ¡Así que a vivir cada día con una sonrisa y a buscar esas chispas de alegría donde sea que podamos encontrarlas!
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