Ilustración de Pixabay
Ayer me descubrí en un prejuicio. Estaba entregada a una meditación por zoom, liderada por una querida amiga. Ya habíamos pasado la primera parte con una estupenda rutina de relajación y entrega, cuando nos conectó con el hijo de un avatar hindú. Un joven con su joven esposa estaban al frente de un grupo de seguidores en un templo o ashram en la India, dando una charla sobre el estrés.
En ese instante me vi emitiendo una sentencia que tapó mis oídos y veló mis ojos: “tan jóvenes, ¿qué van a saber?”
Por unos minutos eternos quedé paralizada entre mi juicio y el estupor que me causó darme cuenta del mensaje que mi mente estaba emitiendo. Mi corazón empezó a latir con fuerza y las sienes tamborileaban. ¡Oh Dios! ¿Cómo salgo de esta trampa?...
Mientras me debatía conmigo misma, seguía la charla. Pero a esas alturas del combate ya yo no escuchaba sino mi propio tormento. En ese momento vino en mi ayuda el perdón. Perdón por tener esta memoria contra los jóvenes, perdón por el juicio hacia la espiritualidad, perdón por la desconfianza… y gracias por aparecer porque así pude pedirle a mi divinidad que limpiara mi subconsciente de esas memorias erradas almacenadas, desde quién sabe cuándo.
Y respiré. Primero entrecortada, luego, en la medida en que le entregaba a Dios mis pensamientos, más holgadamente pude expresar mi respiración y más libres salieron lágrimas de mis ojos, de mi corazón, de mi mente.
Al cabo de unos minutos, como por resonancia, mi amiga, allá en los espacios virtuales del zoom, dijo que repetiría el video con la charla de los jóvenes. Fue como una respuesta divina, me sentí muy alegre de volver a escucharlos sin el velo del prejuicio.