Mientras vamos creciendo pasa algo curioso mientras la niñez se da vamos conociendo personas, formando vínculos, introduciéndonos en la vida social por decirlo de alguna manera. Pero mientras vamos entrando en la adultez un cierto tipo de soledad muy curiosa se cierne sobre nosotros. Casi inconscientemente vamos reduciendo nuestro círculo, es que la vida adulta suele ser tan apretada que aunque suene algo cruel solo nos quedamos con las personas imprescindibles, la familia más cercana, la pareja y poco más. En la adolescencia el círculo de amigos con los que salir de fiesta, compartir las inquietudes o ganar experiencia de forma colectiva es casi una necesidad. ¿Pero que pasa cuando esa necesidad desaparece? Bueno eso es lo que aún estoy explorando.
Digamos que la media de mi grupo de amigos ya superó los 27 por ende la crisis de los 30ta ya nos respira en la nuca. La mitad de nosotros (que nos conocemos más o menos hace 12 años) está pensando en tener hijos o arreglar sus casa y la otra mitad pensando en como migrar. En esa vorágine y con la llegada de lo "digital" a nuestras vidas creamos el clásico grupo de WhatsApp donde más bien nos reímos de nosotros mismos de manera colectiva que para hablar de nuestras cosas. Ese momento sagrado lo reservamos para la presencialidad, cosa que se resumen en nuestras reuniones que se dan cada tres o cuatro meses.
Con esta dinámica más bien hemos dejado de compartir nuestra vida y hemos empezado a resumirnosla. Pasamos de acompañarnos a visitar a la chica que le gustaba a alguno a escuchar como les fue en sus citas o simplemente pasamos de ser parte de la cotidianidad de cada uno a escuchar las rutinas de cada quien a modo de resumen la parte más relevante. Algo así como pasar de ser los protagonistas de la serie a ver los resúmenes de la misma vía YouTube.
Está forma de interacción "social" crea un tipo de soledad silenciosa porque en medio de que cada reunión se da pasa mucho tiempo y ese es tiempo en "soledad" simplemente viviendo acumulando experiencia para luego contar, debatir en grupos, pero en ese proceso la realidad se siente más fría. Está forma moderna de enajenación "en línea" nos va ganando y con el tiempo va a peor encontramos menos espacios para quedar ganamos más responsabilidades, el grupo deja de sentirse como la vía de escape y queda como una responsabilidad más, como otra reunión de trabajo a la que asistir.
Este sentimiento crece, se vuelve contagioso ahoga a veces. Pero que hacer entre los años y las complicaciones cada uno en su isla enviándonos señales de humo. La soledad en mi adolescencia era de mis mayores miedo, no encontraba el norte sin mi grupo, pero con este aislamiento que nos ha impuesto la vida he aprendido y en cierta forma he crecido con ello. Encontrar el confort en esa propia isla y claro sobre todo disfrutar lo más posible esos fugaces instantes en el que nuestros pequeños mundos se vuelven un continente.