Apropiación cultural, un término que desde la primera vez que lo escuche solo me provocó una cosa, rechazo. Al entender desde mi perspectiva que solo existía una cultura, la humana y que por consiguiente toda manifestación cultural generada por cualquier grupo de personas independientemente de su etnía pertenecía a la humanidad toda. Perspectiva que parece correcta a primera vista, pero que oculta más claroscuros de los que se pudiera apreciar a simple vista.
Porque si desde mi experiencia la primera vez que la frase "apropiación cultural" tomo todo el sentido del mundo en mi cabeza fue cuando persivi a alguien que no entendía una manifestación cultural que desde mi perspectiva se asocia a una minoría a la cual pertenezco en beneficio propio y con un desconocimiento latente. Les cuento, con la llegada de los movimientos sociales a Internet se ha logrado visibilizar muchos fenómenos y tradiciones que antes parecían invisibles, entre estás las de origen étnico como las de este caso concreto la de los afrodescendientes.
Que personas de todas partes del mundo se identifiquen y se sumen a estas causas me parece algo genial que era necesario que pasara hace mucho. El conflicto llega cuando estás luchas se vuelven más bien un medio de explotación cultural, es decir que se emplean elementos aislados de éstas culturas en beneficio propio sin cargar con el estigma social que para las comunidades que las cultivaron por siglos cargaban. Lo chocante en estos casos es que se obtiene el beneficio, pero sin la carga negativa que esto conlleva para sus verdaderos portadores.
Sin dudas un tema complejo que por lo menos a mí me hizo volver a la raíz. Porque aunque no soy creyente de ninguna religión de extracto africano comprendo la carga social que va con muchas de sus prácticas (me ha tocado verlo desde pequeño en la piel de familiares y amigos) así que ver cómo ciertas características de éstas prácticas (no la verdadera fé) son usadas como Toque exótico en ciertos tipos de contenido de influencers de todo tipo me hizo un poco mirarme por dentro. Porque si en mi hay rechazo hacia esta mercantilización, pero en el fondo está esa voz que me dice que quizás mi visión este mediada por cierto alejamiento de éstas prácticas o cultura al querer verme desligado con los estigmas que estás mismas cargaban.
Así la reconexión con las raíces se vuelve un fenómeno transformador lento, pero necesario, porque si hablamos de fenómenos complejos, fé, memoria histórica, luchas sociales, transculturación. Pero el sentirse tocado al ver la forma en la que se usa algo que tradicionalmente debería pertenecerme abre una brecha hacia una parte de mi espiritualidad que no sabia estaba abierta. Volver a las raíces no implica solo la tregua con esos recuerdos de la abuela en un trance espiritual o la creencias de los tíos sino una parte del yo más profunda presente en la mayoría y que la modernidad pretende sofocar, pero con la misma ironía del destino esa misma modernidad trae a colación.