Serio, con el entrecejo fruncido y a paso firme, se dirigía a su sala, dispuesto a impartir sentencia, más que justicia. Los muchos años en el tribunal habían hecho mella en sus sentimientos, limitándose a administrar penas según la letra de la ley y sus reglamentos, un ejercicio administrativo, mecánico, solo afectado cuando el involucrado le era cercano o llegaba a inclinar la balanza por efecto de la apropiada extorsión. Cuantiosa tenía que ser la cantidad para satisfacer al juez y que no resultara en un efecto contraproducente, que elevara la sentencia a la máxima pena permitida por la ley.
Ecuánime y equilibrado al principio de su carrera, pronto recibió elogios y ascensos que lo llevaron a su elevada posición, pero cuando enfrento un caso de alta corrupción en el gobierno y para el momento de dictar sentencia, recibió veladas amenazas a su familia con sobradas pruebas que las llevarían a las últimas consecuencias, algo se quebró en su interior. La justicia murió ese día, solo quedo la letra de la ley.
Desde ese día la impartía sin consideraciones o simpatías y solo a un precio de oro otorgaba un descuento, eso sí, algún avispado que pretendió burlarlo, resulto con una sentencia desagradable en extremo, multiplicando los años de la pena.
No sentía remordimientos por su actuación, desde el infortunado día en que se vio coaccionado en su decisión por el miedo a lo que le pudiera suceder a su familia, sus valores habían cambiado radicalmente. Solo sentía ternura por su mujer e hijos, para el resto estaba seco e insensible. En los momentos de reflexión llego a sentir añoranza por el tiempo, que en realidad no había conocido nunca, en que los jueces podían dictar pena de muerte. Creyente desde la infancia, buscaba explicaciones en los relatos de las sagradas escrituras y sentía en su fuero interno que las traducciones estaban repletas de errores, intencionados unos y otros fruto de la ignorancia, cuando no de la soberbia de los padres de la iglesia. Seguro de que el mandamiento "No Mataras" decía originalmente "No asesinaras". Encontraba irreconciliable lo primero con la ley de lapidación o las muertes de los primogénitos egipcios y las órdenes de exterminio total a los pueblos ocupantes de la tierra prometida. Si alguna vez llego a considerar excesiva alguna sentencia, se consolaba en la idea de que hubiera sido del infeliz en el tribunal de la santa inquisición o santo oficio, por cierto, un tribunal que continúa existiendo en la iglesia católica y sí hoy no sentencia es gracias a la perdida de poder de esa institución.
Hoy vendrían a la mente del juez todos estos pensamientos, mientras el fiscal presentaba un largo alegato de acusación de violación contra un joven médico. Ninguna prueba material se presentaba hasta ese momento y si un infinito discurso, que a veces le costaba seguir por las reiteradas alocuciones de lenguaje de género. Aburrido decidió suspender la sesión y dejar la presentación del defensor para el siguiente día.
Ya en su casa, mirando el diario, reconoció a la fiscal en una foto de una manifestación LGBT junto a las ministras de igualdad y justicia, por lo que pronóstico algunas presiones durante el juicio.
Al día siguiente, escucho al defensor con disgusto por su falta de preparación y énfasis en la defensa, a pesar de lo cual, al terminar, impuso una fianza mínima al acusado, con lo que sería juzgado en libertad mientras podría ejercer su profesión. La fiscal gritó y vocifero protestando, por lo que le impuso una multa considerable al desacato. A continuación ordeno se presentarán las pruebas o declarasen los testigos, esperando haber infundido algún valor en el defensor.
Lamentablemente, el defensor parecía aletargado y por lo general reaccionaba tarde a los alegatos. Consciente de que la acusación se sustentaba en la negativa del médico a practicar un aborto a la acusada y esta era la violación a su derecho de asesinar el resultado de su despreocupada vida sexual.
La defensa pudo haber actuado con mayor diligencia, pero el letrado aspiraba a un cargo en la maquinaria del estado y se negaba a enfrentar a la bien relacionada fiscal. Un caso claro donde una derrota sería un triunfo.
El juez perdió interés y dejo transcurrir los alegatos, apenas sin intervenir, sintiendo pena por el joven doctor, víctima de su moral.
Llego el juicio a su fin y el jurado no demoro ni una hora en dictaminar culpabilidad. La fiscal pidió muchos años de cárcel y la suspensión definitiva de la licencia para ejercer la medicina.
El juez anunció que dictaría sentencia al siguiente día, y levanto la sesión. Esa noche su conciencia no le dejo dormir y por primera vez no se presentó en el tribunal.