LA BOCA CALLE DE MI RIO. EXPRESIONES LITERARIAS
Absorto de la vida infinita de la tarde como ella cubre con un manto de siderales pinceladas acuarelas en el espíritu del gran río. Me mantengo parado en la estable felicidad y disfrute. Estoy frente a la calle Urdaneta que abrió mi porvenir de mi vida personal, a diez metros del costo de las torrentosas aguas la puerta de mi casa se abría para admirar el Orinoco que fluye eterno como el sol como una espiral sideral, es una perspectiva imperturbable. Hacia esa puerta llegue desde el antiguo hospital donde nací anunciando con mi primer llanto mi presencia, ocupe mi espacio en la casa con su corredor y la mesa de reunión para comer y recibir los mensajes de promoción de la civilización humana permanentes de mi padre Eloi Natalio, mi madre sentada a su lado presidiendo la mesa. Allí la puerta dirigiendo su mirada hacia el rio y hacia la escuela, me inducia al liceo, hacia el cine Tropical y después hacia el cine Orinoco; hacia las madrugadas de las misas de aguinaldos con las empanadas rellenas con el ambiente de los villancicos la iglesia del “Corre caballito” y las voces del Quinteto Contrapunto a través del equipo de sonido por el campanario de la iglesia que promovía el cura vasco Gonzalo Tosanto de Espada.
Esta hermosa calle también me condujo hacia mi familia Garrido por las noches a visitar a mis tías Elsa y Teresa y a las primas de mi madre, Marucha, Elena. Beby y a la tía abuela “Lola” y a la prima Lolita, mi hermano yo y mi hermano Amir le solicitábamos la bendición con un dogmático rigor todos las tardes, después nació Saady. En las vacaciones de la semana santa, agosto, diciembre llegaban los primos tíos Manolo y Nepo, también lo abordaba con las rígidas bendiciones.
–“Bendición tía”, bendición tío, solicitud que hacíamos con los brazos cruzados como quien va a recibir un castigo a los esposos de las primas. Estos otorgaban las bendiciones con ojos muy serios que insertaban en mis ojos como unas certeras puñaladas.
–“Dios lo bendiga” respondían las tías en un tono seco pero muy seco que daba miedo pedir la bendición aquello era un castigo pedir la bendición, pedía la bendición con un sentido protocolar a cada una por una de las tías y salía corriendo a prisa con el inconsciente ordenando.
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“Ya Salí de esas bendiciones”, me iba con mi hermano a jugar con los primos a la calle o a correr un rato en la plaza. También visitaba con mi madre a varias las familias, Elena y Nereida Carrasco, las Tabares, las Gómez, Nallya, mi tío Ramón y mi tía Chara.
Esta calle absorbió mi comportamiento infantil en los juegos de pelota con los muchachos del barrio y con las crecidas del Orinoco para irme a bañar con mi hermano y los amigos en las desbordadas aguas que se desparramaban por la calle Urdaneta con la vigilancia complaciente de mi madre para que no me aventurara a nadar hasta las extensas corrientes que se abanicaban llamando a los más audaces.
Un pescador se mantiene sobre la curiara de azabache en el lejano remanso, tomo algunas fotos con mi celular Redmi Note7, son la 7:00 de la noche. Me despido del rio, “Adiós Río”, camino desde el costo hacia la boca de la calle Urdaneta, paso por el frente de las casas de Eduvigis, Elena y Nereida, las Sandovales, Eugenia Méndez de Tovar y Cointa Vargas.
La siguiente cuadra subiendo en dirección al oeste esta la esquina del “diablo” Rengifo y su familia, ellos provenían de La cordillera de la costa venezolana, Rio chico, el diablo Rengifo a todos los moradores nos decía “guabinos”, no había un “guabino” más “guabino” que él, me dijo Sigesmundo Pérez. Todas estas casas tienen amplios y hermosos arboles de frutales de mangos, guayabas, riñones, guanábanas, lechosa`
s, cerezas, granados, corobas y sarrapias. En el patio de mi casa se destacaba una planta de Rosa de Montaña. Los recuerdos invadían mi imaginario absorbiendo con disfrute mi alma pueblerina.
Me apure para que no me atrape la noche lejos fuera de mi casa. Pase por el frente de la casa de Pancha Ramírez, ella estaba sentada afuera de la casa de su hija, la salude, le dije:
–Voy a pasar a buscar una silla para sentarme contigo un rato.
–Pasa, busca la silla. Me ordeno.
–Como están por aquí? Salude a sus dos hijas Clari, Rosi y a la nieta.
–Clari, te amos. Le dije. Ella me miro a los ojos. –Uju.
–Rosi te amo. Esta no me respondió, ni me miro. Ellas están haciendo la cena, calentaban algo en un sartén. Me despido de ellas y agarro la silla y la saco para el frente de la casa, la coloco frente a Pancha y me siento.
–¿Cuántos años tiene usted morando en este vecindario señora Pancha? Le pregunté.
–Tengo ochenta años de edad. Dijo Pancha.
Me describió los antiguos linderos del pueblo y las familias que habitaban allí, nombró a las Garrido, las Tabares, las Ochoa, las Lovera, las Gómez, las Vargas, las Mérida.
–Las Mérida son de allí de Punta Brava, un caserío de pescadores.
–A las Garrido les decían la Garriera porque Vivían en esa casa diagonal a la Plaza, muchísimas mujeres, allí vivieron las hermanas e tu mamá, eran Alba, Lala, Elsa, La gaga; Manola, Teresa, figúrate seis mujeres y las hijas de doña Lola eran Lolita, Amelia, Blanca, Josefina, Marucha y sus cinco hijas que la gente del pueblo les decía la Garriera. Mi hermano “Checheco” doña Lola de Garrido lo mandaba todas las mañanas, compraba cincuenta arepas dulces abombadas con queso rallado para el desayuno donde doña Modesta, la fuña. Eso fue una dinámica información de Pancha que fungió como una cronista coloquial.
–En los tiempos de la vaquería la Garriera se llevaban a medio pueblo para el hato San Pablo a trabajar llano, tenían más de cuarenta mil reses, eso era mucho ganado. Eso estaba registrado por las vacunas y el acompañamiento que hacia el gobierno de Venezuela.
Pancha converso conmigo con los ojos desorbitados y moviendo los largos dedos de sus grandes manos.
–Mataban dos reses diarias para alimentar a los llaneros. Dijo ella.
–Allí comían toda la familia de Blanca de Villanueva, las de Amelia de Sandoval, la familia de Marucha que quedo viuda, ella tenía su casa; la familia de Beby también tenía su casa frente a la plaza.
–Esas mujeres salían a pasear y los hombres del pueblo ni las miraban para saludarlas. Ella dijo. ¡–Nadie les decía nada! Asevero Pancha.
Se casaron que hombres emprendedores que por su audacia de la aventura no sentían miedo y las cortejaban sin ningún temor.
–Tu mamá y tus tías salieron casadas con la autoridad de doña Lola de Garrido. Me comento Pancha con sus enormes ojos parecidos a una vaca grande.
–Esa familia vivió mucho tiempo en Caicara hasta que Cupertino saco a esas familias de aquí. Las que se quisieron ir para la ciudad. Manolo y Nepo se fueron primero. Cupertino le administro los bienes con el buen sentido de la palabra y se fueron para Caracas. Continua Pancha con el relato.
Pasamos la hoja y cerramos ese cuaderno familiar. Pancha me asomo la presencia de Plácida Rizo cuando llego a trabajar con mi familia Loreto Garrido.
–Plácida llego donde las Morales en la calle Juncal. Dijo ella.
De un solo soplo saco de los extensos capítulos de su biblioteca que había estudiado en la escuela Rafael Urdaneta por allá en 1940, en la asistencia al aula de clase le daban una comida bien resuelta con el siguiente menú: Un vaso de leche, sopa, carne, pollo, pescado, pan, arepas, granos y jugos. –Eso era comida muy buena y bastante.
Abrió otra página en sus recuerdos cuando llegaron los apureños y los colombianos a Caicara del Orinoco.
–Esos llegaron cuando se armó la revolución en Colombia, eso fue un berenjenal, hubo aquella matazón de gente y mataron a Jorge Eliezer Gaitán. Ella volvió a batir las manos.
Pancha continuo con su extensa oralidad de la región diciendo.–Aquí a Caicara del Orinoco llegaron Alfonso Elaica, el guate Rojas, Peñuela, Duarte, Luis Perdomo, Fuentes el Chichero. Elaica llego vendiendo chicha, también eran fotógrafos, trajeron unas cajas de fotografías y se la pasaban por esos campos haciendo el trabajo de las fotografías con los ganaderos, todavía hay muchos de esos cuadros fotográficos en las paredes de esos campos. Ellos se casaron acá en el pueblo y desarrollaron sus familias con sus apellidos.
Nos interrumpió Rosi saliendo del interior de la casa con un plato de comida para la cena de Pancha. Era una arepa y una tortilla.
–Me voy a comer la arepa y te voy a dar esto. Pruébalo, ¿dime que es? Me ofreció la tortilla. No se medió tiempo para que se me aguara la boca. La agarre y la pasé al interior de mi boca para triturarla y engullirla con mi especial deleite. Mi paladar al sentir el sabor dije:
–Babo! Pastel de babo esto es un manjar. Gracias, Pancha, por tu bondad de compartir tu manjar.
Esta una animada entrevista muy singular y atractiva por la hermosa información de la identidad local y regional de Caicara del Orinoco, estado Bolívar y Venezuela. Esta conversación se cierra aquí con pastel de babo.
¡Gracias Pancha te amo!
REFERENCIAS: Las muestras fotográficas tomadas con mi teléfono Redmi Note 7 son de mi propiedad patrimonial.