En el post anterior (ver aquí) solo pude presentarles una visión general y limitada de Fahrenheit 451, la novela de ciencia ficción distópica del escritor estadounidense Ray Bradbury que me interesa destacar en este momento, a propósito del libro y del homenaje al gran escritor Jorge Luis Borges.
En este post me detendré en la novela de Bradbury, por lo menos, citando tres fragmentos de los muchos relevantes. Tómese en cuenta que el título de la novela, Fahrenheit 451, es “la temperatura a la que el papel de los libros se inflama y arde”, como precisó el propio autor en la primera página de su libro.
Constituía un placer especial ver las cosas consumidas, ver los objetos ennegrecidos y cambiados. Con la punta de bronce del soplete en sus puños, con aquella gigantesca serpiente escupiendo su petróleo venenoso sobre el mundo, la sangre le latía en la cabeza y sus manos eran las de un fantástico director tocando todas las sinfonías del fuego y de las llamas para destruir los guiñapos y ruinas de la Historia. Con su casco simbólico en que aparecía grabado el número 451 bien plantado sobre su impasible cabeza y sus ojos convertidos en una llama anaranjada ante el pensamiento de lo que iba a ocurrir, encendió el deflagrador y la casa quedó rodeada por un fuego devorador que inflamó el cielo del atardecer con colores rojos, amarillos y negros. El hombre avanzó entre un enjambre de luciérnagas. Quería, por encima de todo, como en el antiguo juego, empujar a un malvavisco hacia la hoguera, en tanto que los libros, semejantes a palomas aleteantes, morían en el porche y el jardín de la casa; en tanto que los libros se elevaban convertidos en torbellinos incandescentes y eran aventados por un aire que el incendio ennegrecía.
En este párrafo, el que inicia la novela, se nos dan ya las principales líneas de la historia del horror humano que Bradbury nos quiere comunicar: la de un mundo que, en un extraño absurdo, prohíbe y quema los libros, negando así su imaginación, su memoria, su historia, pues el libro es uno de los principales instrumentos creados por el hombre, como lo consideraba Borges (ver en su conferencia ”El libro”). Y lo más ilógico es que sea una operación realizada por los bomberos, como vemos en este fragmento:
-¿No le importa que le haga preguntas? ¿Cuánto tiempo lleva trabajando de bombero?
-Desde que tenía veinte años, ahora hace ya diez años.
-¿Lee alguna vez alguno de los libros que quema?
Él se echó a reír.
-¡Está prohibido por la ley!
-¡Oh! Claro...
-Es un buen trabajo. El lunes quema a Millay, el miércoles a Whitman, el viernes a Faulkner, conviértelos en ceniza y, luego, quema las cenizas. Este es nuestro lema oficial.
Siguieron caminando y la muchacha preguntó:
-¿Es verdad que, hace mucho tiempo, los bomberos apagaban incendios, en vez de provocarlos?
-No. Las casas han sido siempre a prueba de incendios. Puedes creerme. Te lo digo yo.
-¡Es extraño! Una vez, oí decir que hace muchísimo tiempo las casas se quemaban por accidente y hacían falta bomberos para apagar las llamas.
Montag se echó a reír.
Esta es una parte del diálogo entre Montag, el bombero protagonista de la novela, y la chica, Clarisse, acerca de su irracional labor. Es Clarisse la que sembrará en él la duda y el inicio de una actitud disidente, a partir de una simple pregunta, quizás como la interrogante clave que todos podríamos hacernos frente a nuestras vidas. Hasta el momento Montag era un bombero que cumplía a cabalidad su función de incendiario de libros, pero comenzará a tener pensamientos y pequeñas acciones clandestinas (tomar alguno de los libros a quemar y esconderlos en su casa), que irán conformando su radical cambio.
Montag sintió el leve cosquilleo de las palabras, su lenta ebullición. Y cuando le llegara el turno, ¿qué podría decir, qué podría ofrecer en un día como aquél, para hacer el viaje algo más sencillo? Hay un tiempo para todo. Sí. Una época para derrumbarse, una época para construir. Sí. Una hora para guardar silencio y otra para hablar. Sí, todo. Pero, algo más. ¿Qué más? Algo, algo...
Y, a cada lado del río, había un árbol de la vida, con doce clases distintas de frutas, y cada mes entregaban su cosecha; y las hojas de los árboles servían para curar a las naciones.
Sí -pensó Montag-, eso es lo que guardaré para mediodía. Para mediodía...
«Cuando alcancemos la ciudad.»
Montag, que ha entrado en conciencia ante el absurdo de su actuación y la irracionalidad de la sociedad en la que participa, se ha retirado y unido al grupo de individuos deambulantes fuera de la ciudad, que quieren hacer perdurar los libros de la humanidad a través de la memorización de estos; cada uno debe guardar en su memoria un libro relevante.
El fragmento reproducido es del final de Fahrenheit 451. Allí el narrador omnisciente, penetrando en la mente de Montag, muestra la referencia, en el pensamiento del personaje, al espíritu relativista del Eclesiástes, libro del Antiguo Testamento, y acude a su memoria del Apocalipsis, libro también bíblico; no es nada casual que Bradbury cierre su relato con estas referencias, y en especial con esa cita del libro final de la Biblia, que sabemos habla del castigo y la destrucción, pero también de la revelación de la vida, como bien expresa lo recitado por Montag.
Así, quisiera también finalizar mi paso por Bradbury y su extraordinaria obra, con esa conciencia del porvenir posible, donde quizás nos alcancemos.
Referencias:
Bradbury, Ray (2004). Fahrenheit 451 (2ª ed.). España: Debolsillo.
https://veterinaria.uaemex.mx/images/Documentos_veterinaria/Cultura/Libros/7_Fahrenheit_451-Ray_Bradbury.pdf
Recuerde que, si le interesa, puede ver el filme basado en la novela, dirigido por el importante cineasta francés François Truffaut, con guión suyo: https://www.peliculas-hd.net/pelicula/fahrenheit-451-1966