Sentado frente al ordenador, transcribe los versos que escribió al atardecer. El reloj en la esquina inferior derecha del monitor indica que son la una de la madrugada. La casa duerme plácidamente. Sus ronquidos silenciosos discurren entre los demás sonidos de la noche. Incluso los otros inquilinos, acostumbrados a rondar por los pasillos como fantasmas, se encuentran bajo las sábanas. No existe nadie que pueda interrumpir la quietud, ni siquiera los borrachos que a veces pasan por la calle cantando una vieja balada. Solo están él y los versos. Los versos y él. Como una relación secreta en medio de la oscuridad.
Revisa de forma exhaustiva cada estrofa, como si recorriera el cuerpo desnudo de su primer amor. Toca suavemente la piel erizada de aquella chica de ojos azules, antes de besar su cuello y enredarse con la dorada espesura de su cabello. Lame las pecas de sus senos y desciende al monte de venus, sintiendo —por enésima vez— la conexión profunda con el Ser.
Busca la belleza por encima de la máxima expresión del sentimiento. Conoce el fuego de la pasión y prefiere la quimera del artesano. Escribir con total libertad es tentador, la rima es como un detonante, sin embargo, disfruta armar los puzles que luego convierte en décimas o sonetos.
Observa el espejo compuesto de palabras y se reconoce en todas las cosas.
Sufre la desdicha del vagabundo que hurga entre la basura. Ríe junto al niño que desde el coche responde a las muecas graciosas de sus padres. Danza con la alegría de la joven enamorada que recibió su primer beso. Llora la pérdida de un hijo como si lo hubiera visto crecer desde que llegó al mundo. Grita de placer junto a la prostituta que están follando en el callejón. Siente los huesos cansados del anciano que todos los domingos alimenta a las palomas en la plaza. Respira el olor a muerte de los hospitales. Tiene miedo de encontrarse con el verdadero rostro de la guerra y agradece porque internamente ha logrado conseguir la paz.
Recorre las montañas y los bosques, libre de apegos, como el agua y el viento que corre entre los dedos. Mientras sus ramas crecen lento y muda las hojas de la vida, con las raíces clavadas en la tierra. Entiende la tristeza del colibrí por las flores marchitas. Entreteje una telaraña en rincones oscuros. Canta junto a las cigarras hasta reventar. Acecha entre la hierba como las fieras.
Y a veces, solo a veces, es el rayo de luz que atraviesa un pequeño trozo de vidrio e incendia todo.
La madrugada avanza y la conversación se extiende hasta el amanecer. Ya no se trata de imitar a los grandes, menos de querer ser un gigante. Comprende que solamente es otra partícula del universo. El único ser que pudo darle nombre y rostro a los dioses. El copista alejandrino que bebió de las filosofías antiguas. Un matemático perdido entre la infinidad de los números. El viejo loco de los libros que dedica sus poemas a la noche. Aunque solo están él y los versos. Los versos y él. Como una relación secreta en medio de la oscuridad.
Esta es mi participación en la iniciativa Escribiendo entre Poetas y Letras, organizada por la comunidad Writing Club, en conmemoración al Día Mundial de la Poesía.
La imagen utilizada pertenece a Joshua Earle, fotógrafo de Unsplash.com
Los títulos y el banner fueron creados por mí en Photoshop CS6.