El, majestuoso, mueve sus olas como dedos curiosos. Ella, delicada, lo mira imperturbable. Sus huellas apenas se quedan en la arena. El mar canta, en una suerte de mantra. ¿Quién la trajo? Nadie sabe. Ni siquiera ella tiene idea de cómo y por qué se encuentra allí. Mira la espuma, contempla el vaivén de aquel inmenso cuerpo de agua que se mueve seducido por una sirena terrestre. El viento, como un cómplice, agita su cabello mientras hace saltar suavemente las olas. Es una danza plena de sensualidad. El mar, hurgando en la seducción, asemeja a una fiera que espera el momento. Ella, cándida pero mágica, avanza, frena, retrocede, vuelve a avanzar. El tiempo, apenas es un destello de alguna dimensión ya casi desconocida para ellos. Sólo importan ellos y el espacio. Ellos y lo infinito.