Recuerdo que muchos me recomendaron despedirme de mi amada playa, yo estaba incrédula con el asunto, sin embargo hice caso y fui, me bañe, jugué y sentí el mar con la arena como aquellos amantes empedernidos que no quieren despedirse. Disfruté del sol rozando mi piel y abrazándome como si todos supieran lo que me esperaba.
Llegué a Chile con la primavera, algo bastante helada para mi, me deslumbre con la cordillera, sus verdes florales y los atardeceres entre violeta y naranja; luego vino el verano, me sentí como en casa con ese clima cálido pero de alguna manera sentía que algo me faltaba. Con el otoño me distraje viendo las hojas caer escuchando su crujido al pisarlas, ver la transición de su tonalidad desde un verde vivo hasta un marrón fuerte es realmente increíble de apreciar.
El invierno llegó con lluvia y acompañada de una paleta gris, fueron días duros, sumándole la pandemia, recuerdo que la neblina apenas me dejaba ver las montañas llenas de nieve. El frío se colaba tanto por la ventanas como por mi piel haciéndome estremecer de manera indescriptible, 5 capas de ropa era insuficiente, fue entonces cuando me hice consciente que aquello que me faltaba era: el mar.
Fue así como me refugié en las fotos de aquella despedida playera, en la galería de un buen amigo fotógrafo paisajista quien retrata ese mar como nadie, luego adopte imágenes de las Islas Griegas, todo lo que me hiciera sentir cálido el corazón, el alma, la mente y poder calentar mi cuerpo de alguna manera. Así viví mi primera vez con las 4 estaciones, surfeando cada una añorando el azul, azul, de mi tierra.
Hace menos de un mes me reencontré con el mar, en Algarrobo, Valparaíso. Lo que te voy a contar no le hace justicia a lo que sentí. Al principio ese viaje me parecía imposible por el horario, el trabajo y todo eso qué implica ser inmigrante los primeros años. Sin embargo logré solventar. Empaqué mis cosas junto a mi familia y nos encaminamos.
Después de hora y media en bus, llegamos a Algarrobo, sentí un clima distinto, respire profundo y mis pulmones agradecieron aquel aire claramente más limpio, los azules del cielo alegraron mi vista, el corazón se me contrae con tan solo recordar. En esa apreciación comenzamos a caminar el pueblo, cuando de pronto veo una diferencia de azules en mi horizonte y sin control alguno grité: ¿Ese es el mar? ¡Ese es el mar! Cómo quien se reencuentra con un viejo amor.
Todos incrédulos aceleramos el paso camino a ese encuentro, mientras el olor a mar se hacía más fuerte y su azul más cercano. Mi sonrisa se escapaba de mi cara, como el alma de mi pecho, puedo decir con toda certeza que ellas llegaron antes de mi a la orilla de esa playa y al juntarnos quedé absorta ante tanta inmensidad.
Realmente extrañaba el mar, pero no sabía cuánto lo necesitaba hasta que lo empecé a caminar, a observar, a oler, a palpar su arena y rozar su agua. mientras lo recorría el resto del mundo y personas desaparecieron; fue como hacer el amor con tu mejor amante, cuando se funden entre sí y solo está el placer, el gozo y la devoción por el otro. Puedes sacarme del Caribe pero no puedes sacar el Caribe de mí.
Retome la pasión desenfrenada, tanto que en mi arte se refleja, los azules son protagonistas, la energía del éxtasis playero me acompaña en cada pincelada y en cada puntada la vitalidad de su inmensidad. Mi piel aún se eriza y de mis ojos brotan pequeños mares con tan solo recordar aquel encuentro furtivo, apasionado.
Dos días después retorné a la ciudad, con la certeza de que esa fue otra manera de hacer el amor, aun tengo la placidez de aquel clímax. Espero me acompañe hasta cumplir la promesa de volver a encontrarme con mi amor, mi buen amor: el mar.
Viajemos que la vida es corta y el mar inmenso.
Para más inspiración visita mi perfil, todas las fotos son de mi autoría y propiedad.