Hoy vino la noche más última del año, la noche de fin de año. Este día, nadie entraba en la casa de Manuel Jacobo. Todo el año no fue distinto: soledad y silencio. Había espantado hasta los gatos y perros del vecindario. Nadie se atrevía a pisar las cercanías de su casa. Ese día miró el pote del café vacío. Apenas comenzaba la mañana del 31 de diciembre.
Se vistió para salir de compras, o mejor, para pedir fiado o regalado un poco de café. En sus pensamientos estaba su vecina. Pero, anduvo vagando por las calles y no se atrevía a tocar la puerta de ella. Era la hermosa mujer que —en silencio— admiraba y deseaba.
Pero decidió regresar a su casa.
Y nuevamente, en el camino, se le ocurrió la idea de tocar la puerta de la vecina. Ella, gentilmente abrió la puerta; y él le pidió algo de café.
Le dijo que no tenía; pero, observó algo extraño en la petición de Manuel Jacobo.
Era un hombre huraño; silencioso; jamás pedía café. Y ese día andaba con el deseo urgente de tomar café. Tal vez quería solamente conversar con alguien; conversar con ella.
La vecina sintió como pena ajena por las carencias de Manuel Jacobo. Era temporada de navidad y fin de año (año nuevo). Nunca, en 20 años, había pedido nada. Entonces fue cuando le explicó que ella no tomaba café, que solo bebía té. Sus padres ingleses le crearon esa costumbre.
Manuel Jacobo se marchó para su casa. En medio del camino, otra vez pensó en ella; una mujer de cultura inglesa que había adoptado las normas y costumbres de su pueblo a excepción de tomar café. Quería hablar con ella. Ya no sentía pena de haberle pedido el café.
Y comenzó a pensar en los tantos años de vecinos que tenían y no le conocía ni siquiera el nombre. No sabía cómo se llamaba. Al menos, debía tener algún nombre. Fue cuando decidió regresar a la casa de la vecina y tocar nuevamente la puerta.
Y esta vez, no le atendió ella. Al frente tenía a un hombre de aspecto inglés con grandes ojos azules. Hubo un rato de silencio. Manuel Jacobo no encontraba palabras para responder al hombre detrás de la puerta que le dijo:
—A la orden. ¿Qué desea?
Esas palabras enmudecieron a Manuel Jacobo. Pero al fin, respondió: « ¡Nada!».
Y, antes de marcharse, Manuel Jacobo le dijo: «Solo quería disculparme con la joven de la casa por mis molestias —al venir a conversar para pedir café— en este día tan importante».
El hombre le respondió que no se preocupara; no había ningún problema. Y Manuel Jacobo se retiró del lugar sin saber el nombre de la vecina.
Avanzada la noche, alguien tocó la puerta de la casa de Manuel Jacobo. Este se asomó; y abrió la puerta. Allí estaba el hombre londinense (el vecino). Tenía colocada una barba blanca y un traje rojo y blanco con una barriga abultada.
Manuel Jacobo reconoció al vecino por su voz (el acento inglés), su altura y los ojos azules que parecían hablar y repetirle nuevamente: «A la orden. ¿Qué desea?».
Pero, al contario, Manuel Jacobo, con mucha cortesía lo invitó a pasar. Pero el hombre le dijo que no entraría porque estaba repartiendo algunos regalos en el vecindario; y sacó de su mochila un trozo de pan con mortadela y se lo dio a Manuel Jacobo.
Manuel Jacobo le dio las gracias. Y el hombre se marchó.
Pero, antes de continuar su camino, regresó, sacó de su mochila un termo de café; y le dijo: «Esto, se lo envió mi hija; ella se llama María Katherine”.