Cuando Justino conoció a Consuelo apenas había sellado la puerta de las lágrimas por la muerte de Trina.
Había bajado al puerto y sintió que una ola rebotaba cerca de sus espaldas chispeándole la ropa, se volvió y presenció a la mar enamorando al malecón: Bamboleando las faldas de sus aguas rizadas se dirige hacia el malecón que en su firmeza y oscuridad brillante se deja acariciar por los encajes de espuma que ella le regala. Y al volverse y tropezar con su mirada, allí estaba ella: Consuelo.
Sintió un cariño intenso por su piel dorada por el sol y sus pestañas granizadas de salitre. La ternura de su mirada se le metió en el alma y con ella la pena culpable por la traición a la esposa muerta, la madre de sus tres muchachos.
Ese día, de vuelta a casa y tras el breve encuentro, Justino notó cambios:
Las paredes se habían blanqueado y el zócalo azul rey brillaba, las sillas se tenían fuertes en sus patas que estaban derechas y en el patio todos los rosales estaban florecidos, el aroma de la hierbabuena se metía por la ventana y la cortina se abría para darle paso.
La luz se hizo por sí misma reclusa de la estancia, los gallos todos cantaron a coro y el perro, echado sobre la moqueta, no se inmutó por su presencia.
Desde ese día y por mucho tiempo comenzó a ver la vida de otra manera, sus hijos, que eran tres, la menor era Candela, le parecieron más mayores aunque apenas alzaban unos centímetros, menos de un metro del suelo, las palabras de ellos eran ahora un poco necias y a veces resueltamente sabias.
No les oyó reñir más y plácido pasaba horas entregado a ver por la ventana hacia el cerro más allá del cual estaba ella.
Renacido al amor encaminó hacia el puerto sus pasos un domingo temprano, la buscó y la encontró cerca de la iglesia donde sellaron el pacto de honor. A los tres meses eran marido y mujer y estaban ahí instalados rodeados de paredes blanquísimas, niños y niñas un poco ajenos, un tanto propios, rosales que surgían de los matorrales y embriagados del olor a hierbabuena.
Consuelo ya había tenido una hija, muy temprano en su vida, y la sumó con una adición simple a los tres de Justino. Se ocupó de todos igual de mal ya que por su juventud lo que tenía de bella lo tenía en igual proporción de irresponsable y queriendo hacer lo mejor por lo general se encontraba ocupándose de planear grandes eventos mientras los quehaceres y los detalles del día a día se le escapaban.
Era así como las comidas no estaban a tiempo o eran muy copiosas o muy escasas, los niños y niñas se quedaban dormidos y faltaban a la escuela o las medicinas no se tomaban a tiempo y en consecuencia las fiebres no bajaban ni los glóbulos rojos subían.
Poco tiempo tardó Justino en darse cuenta que esta esposa era una niña más a quien formar y se ocupó de todo.