Hay pasajeros que abordan nuestro tren de improvisto y nos hacen sentir vivos con su forma de ser, nos hacen recordar el sabor de la felicidad. Algunas veces nos componen canciones, nos dibujan alas o, simplemente, nos hacen vivir las mejores historias de nuestras vidas con sus tonterías. No importa lo torpes que sean, ellos hacen de lo simple algo maravilloso que nadie podrá repetir.
Ahora bien, hay pasajeros que nos sacan de una profunda tristeza, pero para ello ocultan su dolor detrás de una sonrisa que poco a poco se va apagando como si se tratase de una vela.
Algunas veces nos percatamos de ello e intentamos ayudarlos, pero no siempre logramos hacer lo mismo que ellos han hecho con nosotros. ¡Sin darnos cuenta se han marchado y los hemos dejado marchar para que mueran en soledad!
Sin ellos nada vuelve a la normalidad, nada vuelve a ser igual, dado que una parte nuestra se ha marchado para no volver. Por más que busquemos remplazarlos con otros pasajeros nadie podrá ocupar su silla. Por más que pase el tiempo nunca los olvidaremos.
No obstante, aunque nos cueste debemos comprender que nadie nos pertenece. Hay pasajeros que un día están y luego desaparecen, esta es la dinámica de la vida.
¡Nada y nadie dura para siempre! Algunas personas se bajan en la segunda, tercera o, tal vez, en la sexta estación de nuestra ruta, otras viajan toda su vida en nuestro tren y otras deben continuar el viaje en otro tren, puesto que el nuestro ha llegado a su fin y no volverá a funcionar.
Si tú quieres a un pasajero demuéstrale lo valioso que es a cada instante…