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Tenía casi cuatro años y su pequeño mundo había cambiado. Habían hablado el tema delante de él, pero a su corta edad no entendió ni previó lo fuerte que sería para él cuando ocurriera.
Quien lo ayudaba a vestirse, a comer, a acostarse, quien lo llevaba al kínder y quien lo recogía a la salida era su hermana mayor, quien tenía dieciocho años y tomó ese papel.
Su mamá había tenido una cesárea delicada cuando él nació, así que su hermana desde recién nacido lo atendió. Para cuando su mamá se había recuperado, su hermana ya se había encariñado con él y lo conocía mejor que nadie.
Acostumbrado a que su hermana lo atendía y cuidaba como lo hacía una mamá. Su relación entre ellos se hizo especial y la única que él conocía hasta entonces.
Su mamá había dado a luz a su hermano un mes antes de que cumpliera tres años, así que la cercanía con su hermana se había hecho aún más estrecha.
Su hermana empezó a salir con un muchacho, y poco a poco sus visitas fueron más frecuentes, y el hermanito acostumbrado a estar con ella se pegaba como chicle en esas visitas.
Cuando se tocó el tema de la boda, él no concibió la noticia, la mente de un niño a esa edad no ata cabos y mucho menos se le ocurrió pensar que siendo el novio de otra ciudad, ella se iría lejos al casarse.
Al día siguiente del gran acontecimiento vio que su hermana salió de casa con varias maletas, la familia bajó los escalones con ella, el ahora esposo se despidió de todos afuera del edificio de departamentos, y la recién casada empezó a hacer lo mismo con cada miembro de la familia. Sin preguntar, el niño se subió al auto en el asiento de atrás.
Dio por hecho que, si ella se iba, él también. Su papá al verlo dentro del auto ordenó que se bajara, todos miraron la escena con gracia, pero él totalmente confundido se bajó sin comprender.
Su hermana lo abrazó, lo besó, subió al auto y la vio partir, como un balde de agua fría comprendió en ese momento que ella se había ido sin él.
Inconsolable lloró dos días completos, desde que amaneció hasta quedarse dormido, al despertar lloró hasta el anochecer, dos días habían pasado, había sido un cambio muy fuerte en su vida que nadie pareció entender.
Algunas tardes, su papá reunía a la familia para ver diapositivas familiares, y el niño sacudido por la tristeza lloraba sin cesar, su mamá simplemente decía:
— ¡Ya, deja de llorar! — y él contestaba:
— ¡No me puedo detener! — y lloraba con más intensidad.
No supo qué año dejó de llorar, pero aquel día quedó grabado como un recuerdo doloroso.
Cierto día ya adulto con su propia familia visitó aquella ciudad y decidió pasar por el edificio de departamentos, detuvo su auto y miró justo el lugar donde se había despedido de ella, un inesperado vuelco en el corazón trajo el mismo sentimiento que había vivido aquel día, y tuvo que arrancar para contener las lágrimas, sabía que no se podría detener.
Años más tarde, en un curso descubrió que ese niñito de casi cuatro años había vivido un duelo que nunca superó, y como en aquel entonces volvió a llorar y a sentir todo hasta que por fin se liberó.
Ese niñito era mi esposo, su familia siempre supo del apego que tenía con su hermana, más no supieron lo fuerte y doloroso que fue ese desprendimiento.