Cuando se es muy chico se ignoran totalmente los peligros. Había un grupo de muchachos de edades entre 8 y 12 años que estaban llenos de juventud pero con esa juventud venía mezclado cierto grado de inconciencia. Ellos ignoraron el peligro claro, con sus bicicletas empezaron a meterse uno a uno en el rio, con el agua llegándoles un poco más debajo de las rodillas.
Esto era un juego aparentemente inocente pero como la manada suele seguir al líder todos entraron riéndose de su gran hazaña. No tardaron en darse cuenta de que mientras avanzaban por las agua estas se volvían más rápidas y empezaron a inquietarse.
La cosa es que nadie murió, pero empezaron a perder sus zapatos por la fuerza de la corriente. Abandonando rápidamente sus pesadas bicicletas se lanzaron a recuperar su calzado pero no todos lo lograron.
El miedo de esto no era que uno de ellos se lesionara o se lo llevara el rio, las aguas eran muy bajas, el miedo era que cuando llegaran a sus casas iban a enfrentar la gran pregunta:
-¿Y tus zapatos?
-¿Por qué estás mojado?
-¿Qué estabas haciendo?
El miedo era el castigo que mamá iba a poner.
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