La palabra más larga de mi infancia
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Luego de aquello, madre y yo volvimos a la casa de la abuela. Aunque mamá lloraba mucho los primeros meses, poco a poco, como una lluvia que va pasando y solo garúa, fue dejando de llorar. No sé cómo mi madre tomó lo que quedaba de ella y lo volvió a ensamblar para salir adelante. Eso que quedó de ella, era callado, ausente, gris. Salía a trabajar diariamente, de sol a sol, y mi abuela se quedaba en casa cuidándome, jugando conmigo, ayudándome con las tareas. En esa época le pedía a Dios ver a mi madre antes de dormirme.
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Un día, estaba yo haciendo la tarea y mi madre volvió a entrar a la habitación llorando y ahora era mi abuela la que iba detrás de ella. Tuve un deyavú. Al igual que en el pasado, madre y abuela pasaron siglos en la habitación. Abuela salió, pero madre más nunca lo hizo. Madre estaba enferma y más nunca volvió a pararse de la cama. Éramos nosotras, abuela y yo, las que entrábamos a verla. Aunque veía a mi mamá cada noche, sentía que cada día ella menos me veía. Hasta que tuve la certeza: madre cerró los ojos definitivamente.
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Ese pasaje de mi vida fue duro, pero tenía a mi abuela. Abuela se convirtió en todo lo que me faltaba y quería. Un día la encontré llorando frente a una de mis tías y mis ojos de niña, acostumbrados a las despedidas, lo entendieron todo. Al igual que en las oportunidades anteriores, no tuve oportunidad de decirle a la abuela que se quedara, pero tampoco de decirle “adiós”.