Considero que el simple hecho de pensar cada mañana en escribir un texto breve es como sentir que uno está vivo. No importa qué ni para quién.
Una vez que me he despertado y tomado la primera taza de café de la mañana, me embriaga el deseo de volverse activo, ágil, sagaz.
Sólo a partir de este momento es como veo que se abre la posibilidad de un filosofar activo, desenvuelto.
Esta actividad discontinua, espontánea, suelta y ligera, surgida de mi malestar y de la idea del “eterno retorno”, que va de Heráclito a Nietzsche, tiene la finalidad de rastrear la existencia del poeta y filósofo errante.
Pero sé también, que esto mismo que estoy pensando, y continuamente buscando cada mañana ensayando, elaborando un breve texto tiene que ver con una obra de filosofía, que es ni más ni menos, el cuerpo vivo y latente y, su sangre fluye en cada mañana; es la sabia con la que se piensa y se elabora, y que hace posible el imaginar y el soñar despierto; eso es lo que me mantiene vivo…