Mi primer empleo formal:
Al terminar el sexto grado, no tenía bien decidido si empezar la secundaria o no, en esa etapa uno de mis hermanos me pide que fuera a trabajar con él, a una vaquería (él de ordeñador y yo de auxiliar de limpieza). Como el trabajo nos quedaba como a cinco kilómetros, nos levantábamos a las dos de la mañana y nos trasladábamos en dos bestias. Me acuerdo que la de mi hermano era una yegüita blanca con algunas pintas, la mía era más grande con un lunar en la frente. Desde que salíamos de la casa empezábamos a cantar décimas aprendidas hasta llegar al trabajo. Todas esas madrugadas eran para mí como una fiesta, lamento no haber tenido en aquella época estos medios digitales para dejar constancia escrita y visual de esas controversias.
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Al llegar le echaba el pienso en los comederos y abría la puerta a las vacas, que salían disparadas a comer el preciado alimento, mientras los ordeñadores les iban pasando el seguro y quedaban presas en el cepo. Le soltaban los terneros que estaba ansiosos por salir a encontrarse con sus madres que los amamantarían con gusto. De la primera vaca que ordeñaban me daban una cubetica de aluminio (como de cinco litros y la hervía en un fogonsito que teníamos preparado. Al poco rato se repetía el ciclo de sacar las vacas ordeñadas y traer la otra tanda.
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En aquella época la adquisición del pan no estaba restringido y del día anterior llevábamos varias teleras, hacíamos café y al terminar la segunda tanda, nos dábamos un desayuno de "Rey '". Con los primeros rayos del sol ya la tarea del ordeño había concluido y el ganado disfrutaba de abundante pasto bañado de rocío, con lo cual, pronosticaban una abundante producción para el día siguiente. Mientras sus crías se afanaban en extraer hasta el último residió del blanco alimento que las vacas, como madres, al fin, guardan a sus hijos. La leche extraída se iba vertiendo en unas cantinas que poseían unos embudos con filtros de membranas finas, que retenía cualquier partícula, por milimétrica que fuera. A cierta altura del llenado se retiraba aquel aditamento y le colocaban otro embudo ciego, el cual lo llenábamos de abundante hielo y lo tapábamos a presión hasta que llegara el carro pipa refrigerada a buscar el preciado manjar.
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Mi tarea continuaba con la limpieza, valiéndome de una manguera de agua a presión disolvía el estiércol de los animales, que salían a raudales por una canal con pendiente hasta los tanques sépticos. Seguidamente esparcía cal a todo el piso y quedaba todo reluciente. Mientras los otros compañeros de labor eliminaban las malas hierbas, arbustos y chequeaban el buen estado de los corrales. Yo en mi cabalgadura me dirigía al comedor de la granja a buscar el almuerzo, que la mayoría de las veces venía bien reforzado. Me acuerdo que yo era un muchachito larguirucho y flaco (que así me dicen todavía) y al terminar aquella contienda entre buen desayuno y almuerzo reforzado, me decía el montero Abundio, que así se llamaba, cada vez que me veía (¡"alabao siadios estás sebaooo"!). Guardo con mucho cariño aquellos años, dónde adquirí la primera disciplina laboral.
Continuará.....