En el pueblo hay una señora que todos dicen que es bruja, porque sus predicciones se cumplen como un mandato divino, por lo cual nadie la visita, temerosos que lance uno de sus dardos hacia quien lo hace.
Yo soy uno de los pocos que piensan que todas son casualidades, que si tuviera el poder de adivinar el futuro no viviría en esa lúgubre choza en las afueras, sino que compraría el billete ganador del primer premio.
Un día, para corroborar mis convicciones voy hasta allá y la consigo fumando un tabaco en el fondo de su casa.
-Buenas tardes, como está señora Filomena.
-Acércate que no te distingo, ya me estoy quedando ciega.
Las arrugas en su rostro afirman las razones del evento y me acerco hasta llegar a su lado.
-No te reconozco. ¿Quién eres?
-Soy el hijo de Matilda.
Por unos segundos rebusca en su memoria y finalmente exclama.
-Caramba, como has crecido, no te veía desde hace años.
Ciertamente, todos en el pueblo eran sus amigos, pero desde que comenzó a revelar cosas fúnebres se alejaron, entre ellas mi madre.
-Recuerdo que tu mamá siempre decía que eras extraño, que deseabas ser invisible.
En verdad, en muchas ocasiones todavía lo deseo, para escapar de situaciones inapropiadas.
-¿Has venido a que te diga el futuro?
-No, vine a visitarla.
Estuve hablando con ella por unos quince minutos, nos tomamos un café amargo y al despedirme me dijo.
-No te preocupes, serás invisible.
Quedo sorprendido y me voy a la casa.
En la mañana el ruido del camión recolector de basura me despierta.
Abro la ventana gritándole improperios pero siguieron su labor sin hacerme caso.
Estoy solo, todos han salido a la iglesia ya que es domingo.
Me voy al mercado para caminar un rato y extrañamente nadie parece notar mi presencia.
Es como si no existiera, entonces recuerdo las palabras de la bruja Filomena.
¿Soy invisible?
Corro hasta la iglesia con la esperanza que el embrujo desaparezca en el lugar pero no funciona.
Mis padres y mi hermana no pueden notar mi presencia, a pesar que estoy parado a su lado.
De seguro Filomena si me verá, así que me voy hasta allá.
Ella, como si me estuviera esperando me dice.
-Yo sí puedo verte.
-Quíteme el embrujo, ya no quiero ser invisible.
-No puedo.
-Usted fue quien lo hizo.
Se va caminando al patio y allí se sienta en la vieja silla de bambú donde la conseguí.
-Yo no hago embrujos, no soy bruja como todos dicen, fumo tabaco porque me gusta no porque por medio de este llamo a algún espíritu del más allá, aunque sí puedo ver algunos.
-Usted me dijo que sería invisible.
-Sí, porque fue lo que me llegó a la mente ese momento, pero no fui yo quien hizo que lo fueras.
-¿Cómo hago para volver a ser normal?
Está un rato en silencio y como el jurado que da un veredicto me responde.
-No podrás ser normal nunca, estás muerto.