Como violonchelo de ondulada madera abrazo tu cuerpo caoba para dar un concierto, de sonidos cóncavos y húmedos silencios.
Separo mis piernas y muslos que destilan lumbre, contemplan atentos mientras clavo mis rodillas en los flancos de tu cuerpo.
Templo las clavijas una a una como la teoría lo enseña y sucumbe el tono discorde mientras las cuerdas se tensan. La caja de resonancia (donde los tonos se engendran) empieza a transpirar compases de impaciencia.
Acordes que no afloran a tus oídos ni los míos, vibran en el interior con sostenida fuerza, Resquebrajando el puente donde reposan las cuatro cuerdas. Lujuria. Impaciencia. Temor. Entrega
Marco el ritmo rasgando deseos a la penumbra del instinto animal. Tildando las ganas que resaltan del pentagrama Inscrito en tu piel de sal.
Con una mano sostengo el arco, mientras la otra sin clemencia sujeta el mástil apuntalando acordes, arrancando melodías a la carne hasta hacerte olvidar tu nombre.
Tus álgidas cuerdas cobran entre mis dedos vida y con pericia te arranco un si sostenido, en medio de un arpegio de cadencias y quejumbrosas armonías.
La piel transpira música, el ritmo pausado del principio inicia su crescendo. Y al unísono se funden ¡Concertista e instrumento!