Fuente
Deliciosa Isla
I
—¡Somos ricos! Capitán, la isla es puro diamante y sus aguas brillan como el oro.
—¿Acaso todavía está borracho, almirante? Más nunca en tu vida tomarás ron.
—Pero.. señor.
—¡Silencio! Deme esa cosa y retírese de inmediato.
—A ver.. ¿que hay en verdad frente a noso.. ¡¿QUÉ?!
Mientras unos en el navío corrieron para sujetar al capitán en su desmayo, otros se afincaron a la proa para descubrir qué había causado el asombro.
Después de un rato, el capitán volvió en sí, se paró frente a toda la tripulación, vio al cielo y de nuevo, sonriendo, los observó a todos ellos:
—¡Hoy es un gran día para estar vivos!
—Si, capitán, por fin nadaré en oro.
—Capitán, orden ya, capitán.
—Oiga, capitán, ¿usted cree que mi mujer me perdonará con las joyas de esta isla?
—Callen, bestias—gritó el capitán entre la algarabía—. Antes de soñar, hay que trabajar. Echen botes al agua.
II
Agarraron curso hacia la isla casi toda la tripulación. Remaron y remaron, hasta maravillarse con las aguas doradas que bañaban el lugar.
Los marinos no se aguantaron y con los ojos brillantes como estrellas, se sumergieron. Sacaban el oro en sus manos con sendas carcajadas o llorando. El paraíso había llegado a la tripulación, o ¿ así parecía?
El capitán, que ya tenía los bolsillos rotos de tantas monedas, lideraba la expedición. Él dio los primeros pasos en las playas de aquella isla celestial y mandó enseguida a que el grupo se dividiera, para luego reunirse cuando todo lo tuvieran.
Como era mediodía en el trópico, hacía mucho calor y humedad. Los marinos sufrían con ese clima, pero su anhelo por recoger todas las joyas preciosas los empujaba entre aquellos densos y extraños matorrales y el calor.
—Sigan echando machetazos, ya casi llegamos a lo que parece un castillo de diamantes.
—Si, querido capitán.
—Capitán, ¿no escuchó algo quebrarse?
—Debió ser una simple rama. Sigan cortando, criaturas.
III
Los gritos de júbilo y satisfacción escaparon de las bocas de todos los marinos cuando ya no hubo más vegetación de por medio, sino un enorme castillo brillante.
En el frenesí por recoger todas las joyas que formaban el castillo, muchas iba a parar al suelo. Y, justo ahí, fue cuando algunos quedaron atónitos.
—Ca-ca-capitán..
—¡Jajaja! Soy rico. Ya nadie me cobrará de nuevo. Yo seré quien cobre ahora, jajaja.
—Capitán, estos no son diamantes, ni rubíes, ni esmeraldas.
—Y yo podré.. ¿qué?¿acaso me están llamando, sabandijas?
—Si, mire capitán, como se rompen estas supuestas joyas.
—¡No! Esto no puede estar pasando. ¿Es que estamos siendo humillados por un sucio pirata?
—Mmm.. capitán, estas joyas están dulces.
—Idiota, el hambre te tiene alucinando.
—Capitán, es cierto. Este ámbar que tengo en mis manos sabe a chocolate. Lo voy a comer. Ah, ¡delicioso!
Entonces todos los marinos empezaron a lamer las joyas y luego a comérselas como si no hubiera un mañana. El capitán, sin embargo, sólo miraba estupefacto lo que pasaba sin poder controlar nada.
IV
Los marinos no paraban de endulzarse, cuando de repente vieron como las joyas que aún formaban el castillo empezaron a desmoronarse.
Fue una dulce avalancha que los atragantó y los inmovilizó por horas—es que sus pansas eran gigantes y a veces hasta dolían—.
Al día siguiente el capitán pudo salir de aquel mar de caramelos y chocolates y gritó con una sonrisa acaramelada en su cara:
—¡Si, en el mar la vida es más sabrosa!
Y, bueno, Mariana, hasta aquí llegó el cuento de hoy—dijo Roberto, su adorado hermano mayor al lado de su cama.
¿Me cuentas otro de marinos mañana, por fa?—pronunció Mariana entre diminutos bostezos.
Claro que sí, hermanita—dijo Roberto antes de darle unas palmaditas en la cabeza y apagar su lámpara de aceite.