Su dedos hechos un nudo. Ramón
angustiado en el sillón de la psicóloga,
ese era él.
La joven mujer se acomodó el cabello detrás de la oreja y comenzó la consulta:
Cuéntame, Ramón, ¿qué te perturba?
Muy consternado respondió él: —no sé.
En verdad que ya ni me calma el té.
Ese sueño vil sí que me enturba.
¿Me quisieras comentar qué pasa?
—preguntó ella con mucha soltura.
Mire, lo mío es pura locura.
A punto estoy de irme de la casa.
—Eh.. sea más preciso, por favor.
Por tal motivo, Ramón vio al techo
y sus manos puso en el pecho,
sintiendo en su cuerpo mucho temor.
Primero caigo en la fría Antártida.
—decía el pobre hombre castañeando.
Hay unos pingüinos merodeando.
Me increpan con su figura ínvida.
Con su andar extraño me persiguen.
Me picotean pies y cabeza.
—decía ido, pero con certeza.
Ay, Dios, esos bien de mí se ríen.
Habló la psicóloga: ¿algo más?
Si, espere, que los recuerdos brotan.
Unos delfines, ¡zas!, me empelotan.
Juegan al voleibol.. mucho gozan.
Y, oiga bien, por si fuera poco
unos aliens me roban la mujer.
Es obra del vecino o del cajero de ayer.
Ella dice: el trabajo te lleva loco.
Escuchando la psicóloga semejante sueño, preguntó:
¿En verdad ella lo quiere a usted?
Ramón, ágil, la miró a los ojos:
—¡Qué va a querer tal saco de enojos!
De tantos años, sólo tengo sed
de vivir y me traten de merced.