Saludos, amigos.
Hoy voy a presentarles uno de los libros que clasifico como parte de mis libros preciosos.
He tenido la intención de darles el protagonismo que se merecen.
Hoy voy a presentarles uno que me ha acompañado mucho tiempo, Arte y Poesía, a pesar de la ambivalencia emocional, por razones de orden histórico-políticas, que, en algún momento, me produjo su autor, Martin Heidegger.
Él mismo asegura en El Ser y el tiempo, obra fundamental de la filosofía occidental, que el ser cuenta con el tiempo para trascender en su plena esencia. Eso lo toca toca muy particularmente.
Arte y Poesía reúne en su sintáctico título dos ensayos, El origen de la obra de arte y Hölderlin y la esencia de la poesía, en esas ideas Heidegger aborda estrictamente, y por vez única, la estética como un objeto de la filosofía, por lo que el libro es considerado como una ontología del arte.
Espero que a mis amigos en esta plataforma les interese el tema.
Heidegger comienza preguntándose por el origen de la obra de arte, por la fuente de su esencia, negando la apariencia de que es la obra la que hace al artista, así como lo contrario, que el artista hace la obra. Arte y artista son en tanto hay un tercero que los constituye en lo primordial. Esto es el arte, dice el filósofo.
Pero de ser cierto que el arte es el origen hay que cuestionar dónde y cómo hay arte. Visto de esta forma surge la pregunta de la esencia del arte. Para evitar los pensamientos circulares, que pueden hacer que nos perdamos, el autor hace una propuesta:
Para encontrar la esencia del arte que realmente está en las obras, busquemos la obra real y preguntémosle qué es y cómo es. Las obras de arte son conocidas por todos. Las obras de arquitectura y escultura se encuentran en las plazas pública, en las iglesias y en las casas. En las colecciones y exposiciones se depositan obras de arte de las más diferentes épocas y pueblos. Si las miramos en su intacta realidad, sin prejuzgar, entonces se muestra que las obras son tan naturalmente existentes como las cosas.
En este punto Heidegger nos recuerda que las obras de arte comparten la condición de cosas y que no podrían ser obras sin lo cósico (en alemán la palabra ding significa cosa, para la adjetivación Heidegger utiliza dinghaft lo que el traductor tradujo como lo cósico) que las sostiene. Así, nos recuerda como una pintura de Van Gogh que representan un par de zapatos viejos -y que han pasado a conocerse como los zapatos de la campesina, según Heidegger- vagan de una exposición a otra igualmente como viajan el carbón o los maderos. De la misma manera los cuartetos de Beethoven yacen en los anaqueles, como papas y los himnos de Hölderlin fueron empacados igual que otros objetos.
A sabiendas de que el arte se goza y se experimenta de una forma diferente a las meras cosas el filósofo pregunta por ese algo más que está encima de los cósico, lo que constituye lo artístico, lo que revela la obra de arte: la alegoría
La obra es símbolo. Alegoría y símbolo son el marco de representaciones dentro del cual se mueve hace largo tiempo la caracterización de la obra de arte. Pero esto único en la obra que descubre lo otro, este uno que se junta a lo otro es lo cósico en la obra de arte. (...) ¿Y no es esto cósico en la obra lo que el artista hace propiamente con su oficio?
Si se quiere tocar la realidad inmediata y plena de la obra de arte es necesario hacer visible lo cósico de ella, también es necesario que quede claro lo que es una cosa.
Solo entonces se puede decir si la obra de arte es una cosa, pero a la que se le adhiere algo otro, o si la obra es, en general, algo diverso y nunca una cosa.
A partir de esta advertencia Heidegger nos conduce en la clasificación de las diversas perspectivas históricas sobre la naturaleza de los entes, de los que las cosas siempre han sido un modelo.
Antes de entrar en la revisión advierte que "...todo ente que es en general recibe, en el lenguaje filosófico, el nombre de cosa" a este concepto pertenece todo, cualquier objeto, incluso y cita a Kant, la totalidad del mundo y Dios mismo.
El autor reduce las visiones a tres tipos de teorías:
La teoría sustancialista entiende que las cosas tienen un substrato o esencia permanente, aunque puedas variar en apariencia: "La cosa es, como todos creen, aquello en torno a lo cual se han reunido las propiedades", explica, haciendo alusión a la visión griega, mientras advierte que hoy hemos perdido el fondo significativo de la palabra que luego se convierte en substantia.
La teoría sensualista prioriza lo que los sentidos del hombre resumen en las sensaciones: "Más tarde resulta usual aquel concepto de cosa, conforme al cual esta no es más que la unidad que se da en los sentidos"
La teoría materia y forma parece acercarnos a un concepto desde el cual puede abordarse todo, ya que todo se presenta con una forma, incluso la obra de arte. Sin embargo, Heidegger se extiende en la consideración de los tipos de cosas para diferenciar entre ellas el útil. Vale la pena detenernos con el filósofo en esta consideración:
¿Es casual que entre las interpretaciones de la cosa haya alcanzado un predominio especial la que tiene como directriz la materia y la forma? Esta caracterización se origina de una interpretación del ser útil del útil. Este ente, el útil, cuyo ser nos es más familiar, tiene a la vez un puesto peculiar entre la cosa y la obra. Seguiremos esta señal y buscaremos ante todo lo que tiene de útil el útil. Quizá partiendo de aquí se nos franquee algo de lo cósico de la cosa y lo que tiene de obra la obra.
Heidegger propone escoger un útil para describirlo, un par de zapatos. Escoge una representación pictórica, una de Van Gogh quien pintó en varias ocasiones estos útiles. Los describe: sirven para algo, la campesina los lleva a las labores del campo donde realmente son lo que son, anda con ellos... solo un par de zapatos y sin embargo la obra habla de otro modo:
En la oscura boca del gastado interior bosteza la fatiga de los pasos laboriosos. En la ruda pesantez del zapato está representada la tenacidad de la lenta marcha a través de los lagos y monótonos surcos de la tierra labrada, sobre la que sopla un ronco viento. En el cuero está todo lo que tiene de húmedo y graso el suelo. Bajo las suelas se desliza la soledad del camino que va a través de la tarde que cae. En el zapato vibra la tácita llamada de la tierra, su reposado ofrendar del trigo que madura y su enigmático rehusarse en el yermo campo en baldío del invierno. Por este útil cruza el mudo temer por la seguridad del pan, la callada alegría de volver a salir de la miseria, el palpitar ante la llegada del hijo y el temblor ante la inminencia de la muerte en torno. Propiedad de la tierra es este útil y lo resguarda el mundo de la labriega.
El ser del útil, se revela en la manera cómo se sitúa en el mundo de la labriega como un ser de confianza, verdadero ser del útil, sin ese ser de confianza el útil no sería nada.
Todo lo que se ha dicho del par de zapatos, como el verdadero ser del útil, ha sido descrito a través del cuadro. Se ha visto que solo pudimos verlo poniéndonos ante el cuadro de Van Gogh. Pero ¿se ha dicho algo de la obra?
El cuadro habló. En la cercanía de la obra pasamos de súbito a estar donde habitualmente no estamos. (...) solo en y por la obra se hizo propiamente visible el ser del útil.
¿Qué pasa aquí? ¿Qué opera en la obra? El cuadro de Van Gogh es el hacer patente lo que el útil, el par de zapatos de labriego, en verdad es. Este ente sale al estado de no ocultación de su ser. El estado de no ocultación es a lo que llaman los griegos αλήθεια. Nosotros decimos verdad y no pensamos mucho al decir esta palabra. Si lo que pasa en la obra es un hacer patente los entes, lo que son y cómo son, entonces hay en ella un acontecimiento de la verdad.
La esencia del arte sería establecer la verdad del ente. Contrario al criterio de que el arte es una copia de lo real, el filósofo hace aparecer la adecuación al ente como esencia de la verdad. No se trata de una reproducción de los entes en su singularidad, sino de hacer aparecer la esencia general de las cosas.
Ya que la verdad es algo intemporal y supratemporal miramos la realidad de la obra de arte para encontrar el arte verdadero que está en ella. Estaremos errados si miramos lo cósico de la obra, o su patente realidad, porque al hacerlo la tomamos como un útil.
Lo importante, destaca el autor, sería abrir la mirada para que destaque lo que tiene de obra la obra. No debemos negar lo que hay de cósico en la obra, sobre todo si pertenece al ser obra de la obra.
Si es así, entonces el camino para determinar la realidad cósica de la obra no va de la cosa hacia la obra, sino al contrario de la obra hacia la cosa.
La obra de arte abre a su modo el ser del ente. Esta apertura, es decir, el desentrañar la verdad del ente, acontece en la obra.
Heidegger enfatiza que "El origen de la obra de arte es el arte". Así comienza el siguiente aparte de este ensayo que abordamos una vez que hemos comprendido un camino que nos conduce a la obra en sí, librándola de las relaciones que tiene con lo que no es ella misma.
En una próxima ocasión abordaremos la lectura de La obra y la verdad, la segunda parte de El origen de la obra de arte, que conjuntamente con Hölderlin y la poesía, completan este fascinante libro que nos permite pensar, en su esencia, al arte y a la poesía.