Santiago León era comunista y ateo; pero, aquejado del cáncer, tenía el crucifijo en sus manos.
Su esposa doña Consuelo le rezaba, perteneciente a la cristiana cofradía de la Santísima y Purísima Virgen María. Lo cuidaba en su lecho de enfermo. Y estaban algunos amigos. También lo acompañaba su hija, una niña que padecía Síndrome de Asperger.
El crucifijo le brindaba paz y tranquilidad. Buscaba su salvación celestial. Se agarraba del crucifijo; presumía que al final de la vida Dios lo perdonaría y le daría como recompensa buena salud y más vida.
Aunque mucho tiempo antes de enfermar tenía una incertidumbre: era comunista y no creía en la existencia de Dios. Era ateo. No creía en religiones; a todos los curas y pastores los acusaba de pederastas. No asistía a misas ni a cultos evangélicos ni a salones de Testigos de Jehová. No se cansaba de acusarlos a todos de pederastas; pero su esposa Consuelo le recriminaba sus acusaciones infundadas porque no todos eran pederastas.
Ahora, enfermo, se aferraba al Dios de los católicos. Se agarraba duro del crucifijo.
Estaba acostado en su catre de lona, detrás de la casa, en la habitación de los huéspedes. Fue él mismo —ya moribundo— quien pidió que lo llevaran al cuartucho para no escuchar el ruido de las personas. Ahí podía escuchar solamente, por largas horas, a su hija Carol, que era gran lectora de filosofía y dotada de una portentosa memoria.
Ella, que siempre lo acompañaba, tenía 12 años de edad y no era creyente en Dios.
La niña había preguntado: « ¿Por qué lleva un crucifijo en sus manos?».
Ella vio que sujetaba el pedacito de madera que tenía la figura de Jesús crucificado. También observó que su mamá le pasaba un algodón húmedo con agua “bendita” por los labios del moribundo. Y preguntó: «Mami ¿Por qué mi papi bebe agua “bendita” para morir?».
Doña Consuelo lo atendía en su lecho de muerte. Le daba algunas gotas de agua en un algodón y mojaba sus labios.
Santiago León, desde que se acostó en el catre, guardó silencio y no pronunció más palabras. Pocas veces abría los ojos.
La excepción era cuando tenía sus pesadillas a cualquier hora del día. Las peores eran las pesadillas nocturnas; expelía palabras y gritos que despertaban a todos en la casa.
Cuando los medicamentos no lo calmaban, se acostaba en el piso. Siempre agarrado al crucifijo. Esperaba que su recuperación llegara del cielo. Y en esa tormentosa espera, hubo una noche, de las tantas noches con pesadillas, que despertó a todos en la casa y el vecindario. Daba gritos espantosos: "Quítenme al diablo de encima; apaguen la candela del infierno".
Su hija Carol enseguida preguntó: « ¿Qué le pasa a mi papi? ¿Por qué grita? ¿Anda buscando a Dios?».
Su esposa lo calmaba; le rezaba oraciones.
Carol no creía en esas plegarias; decía que eran una pérdida de tiempo; que Dios se muere en las personas cuando las neuronas se mueren; el pensamiento también se muere con Dios.
Decía que su papá no era coherente; fue ateo toda la vida y ahora, enfermo, se convertía en cristiano.
El día que se agravó apareció el cura del pueblo. Alguien lo llamó para que le pusiera la extremaunción; ya estaba moribundo. Y así llegaron las plegarias del cura. Los rincones de la casa se llenaron de rezos y oraciones:
« ¡Oh Jesús! Adorado. Vuestro último suspiro; ruegos recibáis el mío. No sabiendo actualmente si tendré libre uso de mi inteligencia cuando deje este mundo, desde ahora os ofrezco mi agonía y los dolores todos de mi muerte, y que el último latido de mi corazón sea un acto de puro amor a Vos. ¡Señor y Dios mío! Desde hoy acepto gustoso y como venido de vuestra mano la muerte que quieres enviarme, con todos sus dolores, sus angustias y penas. Amén».
Y la niña Carol, que sabía que vivir se vive es aquí en la tierra, soltó sus preguntas que se oyeron por toda la casa y todo el vecindario:
« ¿Mami para qué sirven los rezos a los moribundos? ¿Las oraciones del cura aseguran el cielo? ¿Evitan el infierno? ¿Mami, dime la verdad, no me engañes? ¿Es un fraude?
Santiago León sostenía el crucifijo en sus manos. Y, en ese momento, el cura detuvo sus oraciones. El silencio invadió la casa y el crucifijo cayó en el piso.