Aquel día le escribí un mensaje a mi novia con Covid:
«Miro por la ventana al nuevo verano que ha llegado y se ha instalado en el patio de la casa. Ha calentado el mismo suelo del verano pasado. Me preocupa tu salud. Espero que el Covid se aparte de tu cuerpo (que te mejores). Te recuperes. Aquí está nuestro suelo calentado por el sol donde permanecen vivos los recuerdos, el bosque, el lago y la casa de campo».
Me detengo y dejo de escribir. Es que el anterior mensaje ha superado los 160 caracteres telefónicos. Voy a reducirlo. Lo reescribo, lo releo y lo envío con menos palabras:
«Amor, miro por la ventana tu ausencia. Un nuevo verano ha llegado y se ha instalado en esta casa y en todo el bosque. Te juro que, en este suelo de calenturas, aún permanecen húmedos nuestros besos y juramentos».
Y me disculpas por este otro mensaje:
«No pienses que soy mezquino para decirte que te amo; pocas son las palabras que caben en un mensaje telefónico; pero, grandota es mi palabra “amor”».
Suelto el teléfono y sigo arreglando la casa. Ya lo pactamos; estoy seguro de que ella vendrá. Estaremos, toda esta temporada, en la casa de campo (sin fríos y sin nevadas).
Este año la espero con ansiedad: quiero contemplar sus ojos claros, su mirada tierna y su cuerpo delgado y frágil con su corazón lleno de amor. Espero compartir con ella este nuevo verano.
He regresado a la casa de campo. No ha cambiado nada desde el verano pasado. El bosque y sus árboles aparecen con sus hojas multicolores: amarillas, anaranjadas, rojas. Ahí está el sol, que endurece la tierra; y las hojas secas que caen tostadas en el piso.
Ella no está. Y parece que la luz del verano se ha fugado por las ventanas de la casa. Que el bosque es un oscuro laberinto. Que las hojas de colores se van a secar de tristeza. Que el suelo reseco abre profunda sus grietas como heridas cortantes y dolorosas. Su ausencia espanta la luz del verano; y llega un frío de ansiedad que todo lo penetra. Y cuando los pájaros cantan —cuando se animan a cantar— lo hacen con cierta nostalgia.
Tengo esperanza, que llegará.
Sueño con llevarla de paseo por las orillas del lago. Y juntos respirar el rocío matutino del bosque. Sentir sus labios y su piel. Pasar mis manos por el sudor de su rostro, sus mejillas; y besar su frente.
Ella no responde los mensajes. Muchos días sin comunicación. Eso me preocupa.
Hasta que, una noche, suena el teléfono y llega su mensaje:
«Espérame, mañana voy hasta el pueblo. Te amo».
Así lo hizo; llegó y la recibí. Sentí la presencia de ella y el nuevo verano. El bosque y todos los rincones de la casa se iluminaron.
Ese día, el sol —sorpresivamente— salió antes del amanecer.