Marian era una vistosa joven de clase media que vivía con su madre y trabajaba en una oficina céntrica de mala muerte.
Todo comenzó una tarde de verano cuando al salir del empleo conoció a alguien que después de una grata velada le obsequió dos pares de calzado deportivo de excelente calidad.
Como no podía justificarlos frente a su madre, se le ocurrió decirle
-Sabes una cosa vieja, hoy sortearon esto en la oficina, son de una famosa marca y de un precio altísimo, por suerte me tocó ganarlos.
-¡Qué suerte has tenido hija! Los que tienes ya no dan más.
La joven no imaginó que aquel episodio marcaría un rumbo insospechado en su vida.
Unos días más tarde, también al salir de la oficina la chica se relacionó con un hombre que no dudó en regalarle una laptop.
Como tampoco podía justificarlo, le dijo a su madre
-Vieja, no lo vas a creer, recuerdas aquel día de lluvia, pues esa mañana estando en la estación se acercó un tipo, todo empapado, a venderme números para una rifa, me dio pena verlo temblando de frío...y tanto insistió que al final le compré uno, resultó que el que elegí salió premiado y fíjate bien mami ¡gané esta computadora!!!
-Pero qué suerte que tienes hija. ¡Estás de racha, no dejes de jugar!
Unos días más tarde, otro tipo agradecido por sus favores le regaló un refrigerador, la chica entonces para que la madre no dudara de su decencia y honestidad no tuvo mejor idea que decirle
-Vieja, esto es increíble, en la oficina hicieron una rifa. Yo no tenía pensado jugar, pero por esas cosas opté por el mismo número de la oportunidad anterior y volví a ganar, esta vez... ¡esta vez fue un refrigerador mamá!
La madre la miró de arriba a abajo y le dijo
-Nena, vaya que tienes suerte, mientras te dure aprovecha, aprovéchala. No siempre será así.
A los pocos días, la hija dirigiéndose a la madre le hizo saber que se daría una ducha rápida antes de salir.
La madre, ni lerda ni perezosa le recordó que no olvidara enjuagar bien el talonario porque todavía les hacía falta un plasma ya que el viejo televisor que ella supo ganar en un sorteo, había dejado de funcionar, y que aprovechando la buena racha, proponga en la oficina una rifa para un acondicionador de aire doble función.
-El que tenemos desde hace más de 20 años y que gané en la rifa de la peluquería cuando aún tú padre vivía, tanto en invierno como en verano echa aire tibio, ya nadie sabe si calienta o enfría.
Estás en plena racha nena, parece que hubieras nacido para jugar. Si ganaras esas tres cosas
-Mami, tú ya sabes cómo son los juegos de azar, hay que esperar el momento exacto para jugar, pero algo me dice que si elijo bien, podré ganar...
-Y otra cosa nena, si te quedaras a dormir en lo de tu compañera pégame un llamado telefónico así me voy a dormir en paz. Nada más. Hija, veo que has salido a mí, siempre esforzándote pensando en el hogar. Solo un consejo nena. No te dejes estar, gana todo lo que tengas que ganar porque te haré saber que siempre fue y será así. Los años vuelan y la competencia se torna cada día más cruel y desleal.
-OK mami. OK.
-¡Esa es mi nena! No me podía fallar. Brindo por los benditos sorteos, por la buena suerte y por tus éxitos también hija Nena, ¡por Dios te lo pido!!! Cuídate por favor, no lo olvides.
Lo que la joven no sabía es que esa misma excusa usó ella durante su matrimonio para justificar lo que sus amantes le regalaban.