Esta es una leyenda que escuché en mis viajes a los andes venezolanos.
Dios hizo al Universo y luego a los momoyes. Después, muchos siglos después, hizo a los monos. Estos últimos eran desobedientes, fornidos y peleones.
En cambio, los momoyes eran apacibles. Nunca se apartaron de Dios (la naturaleza). Amaban y cuidaban el bosque y su tierra.
Los momoyes eran pequeños, median menos de medio metro de estatura, cachetones y de contextura mofletuda. Usaban sombreros de paja, de bigotes grandes y barbas largas. Sus mujeres eran bellas como diosas con rulos en sus cabellos que caían por sus cuellos y cubrían sus espaldas.
Eran los únicos que desde el principio de la tierra usaban vestimentas. Eran muy ingeniosos. Cubrieron sus cuerpos con sus propios telares que hacían con pegamentos extraídos del sagrado cipón (árbol de las maravillas) que también servía para medicinas y para bebidas espirituosas.
El pegamento del cipón lo usaban mezclando delicados hilos de algodón, con finos bejucos de camburales y árboles del pilo.
Este árbol (el pilo), era una especie de planta con grandes cogollos que producían un polvo como una fina harina de maíz. Servía para preparar atoles, chichas y amasijos. Preparaban diferentes tipos de comidas naturales. Sembraban lo que se comían: por cada alimento que se comían —sustraídos del bosque— debían sembrar tres.
Y la historia se completó: los monos, unos, se fueron a vivir desnudos en las selvas; y los otros, se fueron a construir casas, edificios, ciudades, países; y, con sus guerras, a matarse unos con otros.
Los momoyes se quedaron ocultos en el misterio del bosque y siguen allí cuidando la naturaleza del depredador descendiente del mono que la destruye salvajemente.