Yo era el niño de los mandados hasta esa tarde...
Eran alrededor de las cuatro, me encontraba, como siempre, tirado de panza en el piso fresco frente al televisor, uno de mis hermanos llegó temprano a casa, mamá no estaba, mi papá dormía, pues trabajaba de noche...
A la vuelta de nuestra casa, un señor vendía jugos con frutas de la temporada, mi hermano, acalorado, me mandó a comprar uno, le reñí porque no quería ir, no quería perderme el programa de la televisión, pero me convenció cuando dijo que también comprara algo para mí...
Salí presuroso y contento, apenas alcancé a oír que me decía.
-No te tardes...
Ya me imaginaba tomándome un jugo de naranja.
Al doblar la esquina, escuché a un perro ladrar furioso, pero lejano, conforme me acercaba a la casa del señor de las frutas el ruido crecía, y de pronto lo vi parado a escasos tres metros de mí, enseñando sus filosos dientes y gruñendo furioso, me paré en seco, aterrado e inmóvil, solo lo observaba...
Detrás del animal, el señor de las frutas me miraba con cara alegre y relajada.
Al ver mi temor, dijo muy tranquilo.
-No te preocupes, no hace nada, solo es escandaloso.
Y le creí.
Todo sucedió al mismo tiempo, di un paso adelante y el animal se abalanzó sobre mí, no sé si grite, si le pegué o qué pasó.
Abrí los ojos y estaba recostado en un sofá dentro de la casa del vendedor de frutas, su esposa, me veía con cara de preocupación, cuando ella se dio cuenta que estaba despierto me preguntó qué cómo me sentía y lo único que alcancé a decir fue:
-Me da dos jugos, uno de fresa y otro de naranja.
Me senté en el sofá y un dolor en mi pierna me hizo lanzar un quejido.
-No te preocupes, ya te curamos la herida, pronto estarás bien -dijo la señora...
Me vi mi pantalón roto en la parte donde el perro me había alcanzado, era mi pantalón favorito, azul tipo jeans como los que usaban las muchachas grandes...
Me descubrí la pierna y lo único que vi fue un enorme parche en la herida.
El señor llegó y me entregó los jugos, le pagué y salí rengueando de ahí, en el corto trayecto a casa decidí que no les diría de mi accidente, me iban a regañar por no haber tenido cuidado, mejor no decía nada y todo el mundo en paz.
Pero, apenas llegar a casa mi hermano comenzó a regañarme porque me había demorado en volver, me gritaba tan fuerte, que las lágrimas corrieron por mis mejillas, y con un grito le dije.
-Es qué me mordió un perro.
Y me levanté el pantalón para enseñarle.
Con los gritos de los dos mi papá despertó, y llegó hasta donde estábamos en el momento en que le estaba mostrando la herida.
Al verme me tomó en brazos y me preguntó qué había pasado.
Le dije lo que recordaba, el perro, el señor, el sofá, la señora.
-Con razón no te encontraba, dijo mi hermano, salí dos veces a buscarte pero no te vi por ningún lado... Le grité al señor de la fruta pero no salió nadie... ¿Sabes hace cuánto tiempo que te fuiste? -me preguntó.
Negué con la cabeza desde los brazos de mi papá.
-Hace casi dos horas.
No sabía si eso era mucho o poco, recuerdo que solo pensé, ya se terminó el programa que estaba viendo en la tele.
-Llévame a dónde vive ese señor con su perro, tengo que preguntarle unas cosas y de ahí nos vamos al centro de salud -dijo mi papá, mientras me dejaba en el suelo y corría a ponerse los zapatos y una camisa.
Lo llevé hasta ahí, no sé qué hablaron, lo siguiente que recuerdo es...
El perro y yo, esperando turno en el centro de salud... él en una banca y yo en otra...
Nos revisó el mismo médico...
Después de cerciorarse que el animal no tenía rabia, lo dejaron ir...
A mí me curaron la herida de nuevo, perdí mis pantalones favoritos y me quedó una cicatriz algo extraña...
Solo dos marcas perfectamente redondas por donde el perro introdujo sus colmillos en mi pequeña humanidad.